Pieter Bruegel el Viejo, «El triunfo de la muerte» (1563) Colección del Museo del Prado.

Publicado en Crónica el lunes 13 de abril

El miedo es parte de la humanidad y de su historia. La civilización ofrece recursos para atemperar el temor pero nunca termina con todas sus causas. En vísperas del cambio de milenio el historiador Georges Duby comparó los miedos que abrumaron a la gente alrededor del año mil con los que se atisbaban en el 2000: pobreza, otredad, epidemias, violencia, muerte. Para ampararse ante los temores medievales las personas buscaban esperanza en los dioses en los que querían creer. Hoy en día nuestras búsquedas de certezas se fragmentan entre las supersticiones —incluso religiosas—, las supercherías, la ciencia y la confianza que tengamos en los gobernantes.

   En la edad media, y durante varios siglos, el conocimiento se confundía con la religión: los clérigos eran quienes sabían leer y escribir. Las fronteras entre el mundo natural y el sobrenatural se mezclaban a conveniencia de quienes usufructuaban la credibilidad de la gente. Al filo del primer milenio las catástrofes era atribuidas a castigos o advertencias divinos. Después del año 2 mil nos reconocemos como víctimas de la imprevisión, la corrupción o el descuido, pero también de perversiones de la naturaleza que produce virus que aún no sabemos aniquilar.

   El historiador francés recuerda la terrible peste negra que asoló Europa en el siglo XIV: “Se transmitía esencialmente por intermedio de parásitos, sobre todo por las pulgas y las ratas. Era una enfermedad exótica, contra la cual el organismo de los europeos carecía de defensas. Vino desde el Asia, por la ruta de la seda. La epidemia, esa catástrofe, es también, entonces, efecto del progreso, del crecimiento. Se había desarrollado el comercio europeo, los comerciantes genoveses y venecianos iban a negociar hasta los confines del mar Negro, y allí entraban en contacto con los mercaderes del Asia. Uno o varios navíos trajeron el germen de la peste al Mediterráneo desde Crimea, donde había almacenes genoveses. Hicieron escala primero en Sicilia, y el sur de Italia se contagió en 1347. La enfermedad, en seguida, se introdujo en Avignon vía Marsella” (Georges Duby, Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos. Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1995).

   Aunque por fortuna hay grandes diferencias entre la pandemia que padecemos hoy y la peste negra del siglo XIV, en ambos casos el intercambio económico y la movilidad de las personas facilitaron su propagación. La bacteria que ocasionaba la peste viajaba en el transcurso de meses y, ahora, el virus que nos agobia se transporta en días u horas de un país a otro. Las epidemias son facilitadas por la modernidad pero también los remedios para enfrentarlas. 

   En aquellos años la sede del papado se encontraba en Avignon y la epidemia se extendió desde allí. El relato de Duby remite a las vicisitudes contemporáneas. Aunque hay discusiones sobre la cantidad de víctimas que alcanzó la peste negra, “durante el verano del año 1348, entre los meses de junio y septiembre, sucumbió casi un tercio de la población europea. Imaginemos toda la región actual de París: doce millones de personas; un tercio, cuatro millones de muertos en tres meses… No se sabía donde ponerlos. Uno de los problemas era enterrarlos. No había más madera para fabricar ataúdes. ¿Cómo resistir? En esta época, la medicina y la cirugía habían conseguido una gran calidad. Hay, entonces, testimonios de médicos. Tienen alguna noción del mecanismo de la contaminación. Saben que el aire viciado propaga las miasmas. Por ello, aconsejan quemar hierbas aromáticas en las calles. Pero ignoran que es necesario evitar la plaga de pulgas. Y aquellas categorías sociales que vivían con mayor limpieza, es decir, los ricos, fueron quienes menos padecieron”.

   La epidemia no distingue edades, oficios ni condiciones sociales pero golpea más a unos que a otros. Los informes que conocemos ahora sobre la expansión del coronavirus reiteran que todos se pueden enfermar, pero daña más a los viejos. Durante esta crisis algunos podemos permanecer en casa en donde trabajamos o nos entretenemos, pero otros deben salir porque no tienen más forma de subsistencia o porque cumplen con tareas indispensables. A quienes dejan de trabajar, en muchos países el Estado los ampara con seguros de desempleo o compensaciones extraordinarias para que cumplan con la reclusión domiciliaria. Cuando no sucede así, el Estado desatiende a millares de trabajadores formales e informales.

  Dice Duby sobre los efectos después de la peste negra hace casi siete siglos: “Me parece que las repercusiones del impacto son más visibles en el ámbito cultural. En el arte y la literatura se instala lo macabro. Se multiplican imágenes trágicas de esqueletos y danzas de la muerte; ésta, pulula”. En el forzado encierro, o en las experiencias que suscita, se fraguan poemas, videos, novelas o creaciones plásticas. Los diarios que abundan en línea son catarsis ante la pandemia y memoria de sus consecuencias.

   En estas crisis se expresa, como tanto se ha dicho, lo peor y lo mejor de las personas. El temor y la ignorancia detonan las reacciones más primitivas, desconsideradas y egoístas. Duby consignó cómo, ante la peste, se manifestaban, “solapados, los reflejos de autodefensa, de repliegue, de miedo al enfermo, los deseos perversos de apartarlo”. Hoy en día, más allá de las precauciones indispensables que aconsejan la ciencia y el sentido común, se conocen vergonzosas acciones de discriminación no sólo contra personas infectadas sino contra quienes los atienden y acompañan. La hostilidad que daña a enfermeras y médicos, así como a personal de limpieza y vigilancia en hospitales, expresa las peores pulsiones de la naturaleza humana. Mientras en Madrid y Nueva York la gente se asoma a sus balcones y ventanas para aplaudir y agradecer al personal de los servicios de salud, en México hay agresiones contra médicos, enfermeras y afanadoras.

   También hay generosidad. El profesor Duby, que fue uno de los grandes historiadores de la edad media,  encontró que ante la peste negra del siglo XIV había reacciones humanitarias. “Se manifiesta, sobre todo, un aumento de los deseos de ayudar a quienes sufren. Las gentes se ofrecen de buen grado para enterrar a los muertos y cuidar a los enfermos. Saben que arriesgan la vida, pero lo hacen. Se afirmaron los lazos solidarios ante la calamidad”. La solidaridad de hoy se expresa en el acopio de víveres, las donaciones para comprar implementos sanitarios, la comprensión con quienes enferman y con sus familias y sobre todo en el acatamiento a las medidas para permanecer en casa y tener cautela dentro y fuera de ella.

  Los ritmos de expansión y difuminación de la epidemia también han cambiado, aunque las amenazas de nuevos brotes se mantienen por largo tiempo. “Durante medio siglo —explica Duby— la peste continuó en estado endémico. Regresó cada cuatro o cinco años hasta principios del siglo XV, lapso en el cual los organismos humanos finalmente consiguieron desarrollar anticuerpos que les permitieron resistir. En cada intermedio, la vida recupera su belleza. Durante los años de peste, los archivos de los notarios se van llenando de testamentos y, no bien retrocede la enfermedad, de actas de matrimonio”.

   Nuestra pandemia de 2020 ha declinado en la zona donde brotó, en China, y comienza a amainar en los países europeos a los que golpeó con más contundencia. Nos inquietan sobremanera la virulencia en Estados Unidos, el contagio inevitable en nuestra frontera norte y la debilidad de los datos que ofrecen las autoridades mexicanas para evaluar el avance de la enfermedad en nuestro país.

   Aunque no es consuelo ante la incertidumbre que nos arredra hoy, la perspectiva del historiador recuerda que las epidemias son parte de la humanidad y hasta las más devastadoras transcurren al cabo de varios años. La vida y sus atractivos vuelven a las calles.  Después de estos meses ominosos los notarios registrarán, además, nuevas actas de nacimiento.

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