El presidente enfermo

No hay una pizca de autocrítica, ni de respaldo a los enfermos y sus familiares, ni siquiera el gesto simbólico y pedagógico que sería el uso del cubrebocas

Publicado en Crónica el lunes 1 de febrero

La enfermedad ratifica que el presidente es vulnerable. Lo humaniza, aunque no por ello López Obrador se ha vuelto más sensible al sufrimiento de tantos otros a causa del virus. Su reaparición en un video, cinco días después de que anunció que tiene Covid-19, amainó las murmuraciones que proliferaban debido a la desinformación y al desconcierto acerca de su estado de salud. Hay que desear que el presidente se restablezca. Hay que seguir exigiendo que se comporte con responsabilidad, aunque sea una tarea tan infructuosa.

   El video de 13 minutos por los pasillos de Palacio Nacional muestra el esfuerzo de López Obrador para resultar afable. Esa aparición contuvo a los especuladores en redes digitales y en mercados financieros. Qué bueno. Por desgracia no hay una pizca de autocrítica, ni de respaldo a los enfermos y sus familiares, ni siquiera el gesto simbólico y pedagógico que sería el uso del cubrebocas, en esa reiteración del fallido triunfalismo delante de la pandemia.

   En todo el mundo, y a estas alturas de la epidemia se conocen varios casos célebres, la enfermedad de los gobernantes inquieta a sus sociedades y es noticia. La mejor manera de enfrentar esa preocupación es difundir la verdad. Pero no todos se animan a ello.

   Una de las diferencias entre la democracia plena y las derivaciones autoritarias y populistas es la manera como los gobernantes consideran a los ciudadanos. Cuando se les trata como iguales se les dice la verdad porque esa, siempre, es la mejor salvaguarda para evitar desconciertos y crisis políticas. 

   En otros casos hay gobernantes que prefieren atenuar, encubrir o de plano ocultar los problemas. Creen que los ciudadanos son menores de edad a los que hay que resguardar de sobresaltos. Con el mismo paternalismo de quienes cuando hay contratiempos disimulan ante los niños para que no se asusten, a esos gobernantes les gusta edulcorar sus mensajes, disfrazan las dificultades, prefieren la (in) cultura del secreto.

   Ahora mismo, en la pandemia, los gobernantes más prestigiados le llaman a la crisis por su nombre, explican con claridad los aprietos que impone la expansión del virus, muestran responsabilidad para exigírsela a los ciudadanos. Así hizo Churchill cuando, en mayo de 1940, les anunció a los británicos que habría sangre, sudor y lágrimas. Ocultar la gravedad de los problemas sólo dificultaría la capacidad del país para enfrentarlos.

  Ese realismo y honestidad no son atributos de quienes prefieren decir que la pandemia está domada y que divisan al final del túnel un resplandor que no alcanza a advertir la mayoría de los ciudadanos. Con ese mismo paternalismo se ocultó la información sobre la enfermedad del presidente.

   La salud del titular del Ejecutivo Federal resulta de especial importancia en los sistemas presidencialistas. En el nuestro, las atribuciones oficiales e informales del presidente crearon un poder desmesurado que, mal que bien, comenzó a estar acotado por contrapesos en la sociedad y por la solidificación del Legislativo y el Judicial, así como por la creación de nuevas instancias en el Estado mexicano. El actual gobierno, como es bien sabido, ha querido capturar o debilitar a esos poderes y contrapesos. 

   La centralidad de la figura presidencial, incrementada por el personalismo, el caudillismo y el autoritarismo de López Obrador, es hoy mayor que en décadas anteriores. La salud del presidente siempre es importante pero más ahora, debido a que quien ocupa ese cargo ha concentrado tantas funciones y poder que sus colaboradores han quedado marginados.

   En otros tiempos, nada lejanos, los secretarios de Estado tenían capacidad de decisión y presencia públicas equivalentes a sus destacadas responsabilidades legales. Hoy, con pocas excepciones, son apenas actores de reparto en una coreografía política diseñada por y para un solo protagonista. El desconcierto de la señora Sánchez Cordero cuando después de asegurar que el presidente se encontraba en su domicilio particular le aclararon que estaba a unos metros de ella, en sus habitaciones en Palacio Nacional, manifiesta la desinformación de la mismísima secretaria de Gobernación.

   La opacidad contamina el conocimiento público sobre las vacunas. Ya estamos en el segundo mes del año y no sabemos con qué criterios serán aplicadas entre los mayores de 60, ni cuándo, ni siquiera cuáles vacunas. La de fabricación rusa suscita inquietudes porque tanto sus fabricantes, como el gobierno mexicano, hablan de protocolos cumplidos y pruebas satisfactorias que nadie más conoce. 

   La Sputnik V se ha convertido en asunto político de manera tan evidente que la embajada rusa y las agencias de propaganda de ese país, comenzando por la televisora RT Noticias, encabezan la defensa de esa vacuna. No será con ironías, ni con descalificaciones a quienes manifiestan dudas, como se podrán esclarecer las reservas sobre tal vacuna. Pruebas, documentos científicos, informes públicos, son los únicos recursos aceptables para que haya confianza en esa y el resto de las vacunas. En ese tema, como acerca de la salud del presidente, la propaganda no reemplaza a la verdad.

ALACENA. Maltratado Canal Once

   Cuando Pablo Marentes llegó a la dirección del Canal Once en 1978 tenía tres posgrados y había sido profesor en la UNAM en donde fue Director de Información, cargo que también había ocupado en la SEP. 

   Alejandra Lajous había sido investigadora en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, era autora o coautora de una decena de libros y había estado a cargo de la Crónica de la Presidencia de la República cuando, en 1991, ocupó la dirección del Canal Once.

   En 2001, cuando fue designado director de ese canal, el ingeniero Julio de Bella había dirigido la empresa Telecable del Centro y había sido director general de Radio y Televisión de Guanajuato durante tres años.

   Fernando Sariñana había estudiado Comunicación, tenía una maestría en Cine y había sido director y productor de varias películas premiadas cuando, en 2008, ocupó la dirección de Canal Once.

   Rafael Lugo Sánchez tenía licenciaturas en Comunicación y en Literatura, fue director de Noticias de Grupo Fórmula y más tarde en MVS, trabajó en Televisa y luego en Radio Centro y fue director de Noticias en Canal Once durante siete años, todo ello antes de que, en 2011, fuera designado director de esa emisora.

   Enriqueta Cabrera, antropóloga, fue subdirectora de El Día y directora de El Nacional, corresponsal de Radio Francia Internacional, responsable de prensa del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear, directora de Comunicación en la Secretaría de la Reforma Agraria, profesora en la UNAM, Cónsul General de México en París, autora y compiladora de varios libros, comentarista en medios como Radio Mil, el IMER y Canal Once, así como directora del Museo de las Intervenciones antes de que, en 2013, fuera nombrada directora de Canal Once.

   Jimena Saldaña, ingeniero en Sistemas, había sido presidenta adjunta de la Organización Editorial Mexicana, vicepresidenta del del Comité Olímpico Mexicano y secretaria general de la Organización Deportiva Panamericana cuando, en 2015, llegó a la dirección de Canal Once.

  José Antonio Álvarez Lima estudió Ciencia Política y Administración, fue director de Noticias de Canal 13, Director General de Imevisión, director de Radio Educación, embajador en Colombia y Portugal, gobernador de Tlaxcala, diputado federal y senador, profesor en la UNAM y la Iberoamericana, presidente del Colegio Nacional de Ciencias Políticas y era de nuevo senador cuando, en marzo de 2019, fue designado director de Canal Once.

   Hace tres años Carlos Brito Lavalle estudiaba en el ITAM. Luego trabajó en dos empresas consultoras. En octubre de 2018 el senador Álvarez Lima lo invitó a ser asesor y luego secretario técnico de la Comisión de Radio, Televisión y Cine del Senado. En mayo de 2019 después de que, un tanto a su pesar, fue designado director de Canal Once, Álvarez Lima nombró a Brito como director de Adquisiciones de Producción. Luego lo hizo Coordinador de Operaciones del Canal. Ahora Brito Lavalle es el nuevo director del Canal Once.

   Brevísima, la experiencia de Brito parece insuficiente para encabezar una empresa de televisión pública tan relevante y compleja como esa. Si se encuentra en tal posición no es por sus méritos, sino por la cercanía de algo más de dos años con Álvarez Lima.   

   Obligado a volver al Senado porque su suplente, Joel Molina Ramírez, murió a fines de octubre, Álvarez Lima dejó en su lugar a Brito Lavalle que cumplirá 26 años a fines de este mes. No es cuestionable la juventud del nuevo titular de esa televisora, pero sí su corta experiencia en los asuntos que deberá atender. 

   En su momento, esta columna ha discutido la falta de conocimiento específico de algunos directores de Canal Once y otros medios públicos. Sin embargo nunca antes un medio de las dimensiones, la presencia nacional y la relevancia cultural que tiene Canal Once había sido encabezado por alguien con tan escasa idoneidad.

   Eso no es culpa de Brito Lavalle sino del presidente de la República que lo designó y muy posiblemente del senador Álvarez Lima (sin cuya recomendación es impensable ese nombramiento)  y de quienes se ocupan de la comunicación social en el gobierno. La ignorancia, el desprecio y el ventajismo con que la manejan, ha convertido a la televisión pública en instrumento de propaganda, a contrapelo de sus mejores tradiciones. Los medios públicos no son, no deben ser, medios del gobierno.

Un comentario en “El presidente enfermo

  1. Una pena lo que le está pasando al Canal 11, que es o era mi canal favorito ya que yo soy egresado de esa institución, se nota la diferencia de liderazgo entre el nuevo director y los anteriores, aún más es lamentable que se incline a favor de aspectos del gobierno y no permanezca como antes imparcial y objetivo.

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