De la gesta, a los gestos

En vez de construir puentes con otras fuerzas partidarias, Morena y aliados se han quedado aislados políticamente.

Publicado en La Crónica el lunes 18 de abril

Varios de los oradores que este domingo en San Lázaro defendían la reforma eléctrica propuesta por el presidente López Obrador, se refirieron a un oscuro documento atribuido al presidente Adolfo López Mateos. Se trata de una supuesta “Carta a la patria” fechada el 27 de septiembre de 1960 que acusa a los “malos mexicanos” que en el futuro intentarían entregar los energéticos a inversionistas extranjeros. 

   Esa carta no coincide en absoluto con el estilo sobrio y formalísimo de López Mateos, no se le menciona en los diarios posteriores a aquel 27 de septiembre cuando el gobierno formalizó la adquisición de las compañías de electricidad, el discurso que ofreció ese día en el Zócalo tuvo un contenido muy diferente y no anticipaba rupturas sino concordia entre los mexicanos. Sin embargo esa pretendida Carta ha sido difundida como expresión de una premonitoria advertencia de López Mateos, de quien Andrés Manuel López Obrador se considera continuador. Él mismo la presentó en una de sus conferencias mañaneras y le dio una legitimidad que no registran numerosos libros de historia.

   Ayer en San Lázaro el coordinador de los diputados de Morena, Ignacio Mier, puso al micrófono una grabación en donde se lee la presunta carta de López Mateos. Otros legisladores aludieron a ella en el largo debate que continuaba anoche. En esa errata histórica podemos identificar la ofuscación de Morena y sus aliados en el litigio sobre las reformas constitucionales acerca de la electricidad. No les importa lo que dicen, sino el sentido simbólico que quisieron imprimirles. 

   Por mucho que numerosos especialistas dijeron que esa reforma dejaría la electricidad no en manos del Estado sino del gobierno —y específicamente de la CFE—, que privilegiaría las contaminantes energías fósiles y sería muy costosa para el país, los legisladores de Morena quisieron creer que estaban impulsando una hazaña histórica. Ya instalados en esa condición de próceres inminentes, se consideraron en obligación de vencer de cualquier manera a sus colegas de la oposición. 

   Las cuentas, como mucho se anticipó, no les fueron propicias. El 66% de votos que requieren las reformas constitucionales significaba 333 legisladores en caso de que hubieran acudido los 500 diputados (por la mañana había una inusitada concurrencia de 498). Con 277 integrantes, sumando a las bancadas de Morena, PT y PVEM, al bloque obradorista le hacían faltaban 56 diputados más. 

  Los esfuerzos de cooptación e intimidación, recursos ambos de la vieja política y en esta ocasión de eficacia escasa, no lograron casi nada. Tampoco las amenazas para bloquear los accesos al Palacio Legislativo. Los diputados de PAN, PRI, PRD y MC se comportaron con admirable responsabilidad.

   Sin los votos que necesitaba, Morena demoró la sesión. A poco de haber comenzado, fue suspendida durante varias horas cuando la mayoría demandó que la diputada Margarita Zavala no participara debido a tareas profesionales que supuestamente ha desempeñado su marido, el ex presidente Felipe Calderón. La Dirección de Asuntos Jurídicos de la Cámara había considerado que no existía conflicto de interés alguno que obstaculizara la participación de esa legisladora.

  Entorpecer la discusión, y así las decisiones legislativas, es una táctica tan vieja como el parlamentarismo. En Estados Unidos a esa forma de sabotaje se le llama filibusterismo, en alusión a los marinos del Caribe que cometían pillajes de un puerto a otro. En México, aunque el reglamento del Congreso establece límites para las intervenciones, hay diputados que cuando un miembro de su bancada ocupa la tribuna le hacen numerosas preguntas para que se extienda su participación.

   Los legisladores de Morena, el PT y el PVEM, intentaron vencer por cansancio, o fastidio, a sabiendas de que la votación no les favorecería. No dejaba de ser lastimoso ese baldío empeño del partido mayoritario. En vez de construir puentes con otras fuerzas partidarias, Morena y aliados se han quedado aislados políticamente al ajustarse con tan paralizante disciplina al discurso polarizador de AMLO. 

   La imposibilidad para que fuera aprobada la reforma constitucional en la que se empecinó con tanta terquedad, es una derrota política que el mismo López Obrador construyó palmo a palmo. No comprende que en un país plural, cuya diversidad de puntos de vista se expresa (aunque con limitaciones) en el Congreso, las decisiones relevantes tienen que ser discutidas y acordadas con otras fuerzas políticas.

   El líder de la mayoría, Ignacio Mier, reconoció que allí se daría “la votación más importante de esta Legislatura”. Si, como todo indicaba anoche, el rechazo supera a los respaldos a la reforma obradorista, se puede considerar que allí hay además una lección y una exigencia para los partidos de oposición. PAN, PRI, MC y PRD, sin perder matices o posturas peculiares, supieron tener una posición cohesionada. Delante de la amenaza que constituye el autoritarismo populista, la convergencia de partidos distintos es una expresión de realismo pero también de responsabilidad política. 

   Habrá que comentar la manía de AMLO y sus seguidores para reivindicar a López Mateos, un presidente que tuvo aciertos pero que también reprimió a los trabajadores ferrocarrileros. Por lo pronto, en vez de la gesta que querían protagonizar, se quedaron  en aspavientos y bravatas: puros gestos.

ALACENA. Pablo Pascual Moncayo, 25 años

El jueves, 21 de abril cumpliremos un cuarto de siglo sin Pablo Pascual Moncayo. Dirigente de izquierda, economista, promotor y líder en el sindicalismo universitario, Pablo cultivó simpatías y respeto en todos los flancos del escenario político. Marchó en la movilizaciones de 1968, participó en la revista Punto Crítico y en la insurgencia obrera de los años 70, fue dirigente en el breve y mitificado Movimiento de Acción Popular y luego en el PSUM (por el que fue diputado federal), el PMS y el PRD. Presidió el Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Era de una nobleza sólo comparable a su encanto personal y desplegaba un sarcasmo puntilloso. Cuando supo que tenía cáncer cerebral, bromeó: “me pasó por leer el Plan Nacional de Desarrollo”.  Murió el 21 de abril de 1997, con apenas 53 años.

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