Populismo, cáncer de la democracia

¿Se puede decir que después de la caída de Boris Johnson en el Reino Unido y si Jair Bosonaro pierde la reelección en Brasil, estaríamos ante el final del populismo como farsa para acceder a otra fase, con un populismo menos incompetente?

Publicado en La Crónica el lunes 18 de julio

Los gobernantes populistas por lo general son desmañados y necios, destacan más por sus desplantes de estridencia y demagogia que por su habilidad para resolver asuntos públicos. A esos líderes los distingue su capacidad para mantener la adhesión de sus seguidores, a pesar de los insuficientes resultados de sus gobiernos. 

   ¿Qué pasaría si en vez de esos populistas ineptos en el gobierno, aunque de imagen sobresaliente, hubiera gobernantes populistas con destreza técnica y capacidad para gobernar de manera menos excluyente? El otro día, en su programa de radio, Carlos Loret de Mola me planteó esa pregunta y recordó el texto del columnista político Janan Ganesh que el Financial Times publicó el martes 12 de julio. Allí se dice que después de la caída de Boris Johnson en el Reino Unido y si Jair Bosonaro pierde la reelección en Brasil, quizá “estemos viendo el final de la primera ola del populismo: el populismo como farsa”. 

   Ganesh escribió que el líder que se comporta como bufón (o como iracundo intolerante, podríamos añadir) no es capaz de desarrollar un proyecto de gobierno; en cambio el competente, sí: “Hay una cosa peor que el populismo incompetente y esa es el populismo competente”. Ganesh dice que en Estados Unidos un líder como Ron de Santis, el gobernador de Florida, tiene los rasgos de derecha de Donald Trump pero con mejores habilidades para autocontrolarse y apoyarse en especialistas.

   Esos populistas de segunda generación no son necesariamente moderados, pero regulan su desmesura y no la anteponen a las necesidades del gobierno. Si llegara a ser una tendencia, quizá podría pensarse que no se trata de una nueva fase del populismo sino de una reconversión. El populismo se distingue, entre otros rasgos, porque promueve la escisión de la sociedad. Buenos y malos, aliados e infieles, conforman dos artificiales bloques según la retórica populista. Una administración eficiente, tendría que gobernar para todos y esa peculiaridad del populismo se desdibujaría.

   Hace unas semanas, el 20 de mayo, el politólogo australiano John Keane publicó en su blog el sugerente ensayo “El populismo y sus patologías” en donde recuerda que el populismo implica la sacralización del pueblo, pero sólo como pretexto. Detrás de la retórica populista, esos gobiernos privilegian a viejas o nuevas élites. La fotografía del presidente López Obrador con hombres y mujeres de negocios mexicanos en el Instituto Cultural Mexicano en Washington refrenda la satisfacción que, pese a variados desencuentros, mantienen los empresarios más poderosos (en primer lugar Carlos Slim) con el actual gobierno. Los gobiernos populistas pueden ser competentes para favorecer a quienes ya tienen privilegios, pero enfrentan las crisis con gran torpeza.

   Así ha sucedido en la pandemia. Ya circula, aunque tiene fecha de 2023, el libro Populists and the Pandemic. How Populists Around the world Responded to COVID-19 editado por Routledge y coordinado por los profesores Nils Ringe y Lucio Rennó. Esos académicos recuerdan que un manejo eficaz de la pandemia ha requerido tener y difundir información, consultar a expertos, gobernar para todos. Pero una atención improvisada, que no reconoce diagnósticos científicos y no convence a la sociedad,  en ocasiones deriva en comportamientos no democráticos. 

   “En el extremo —escriben esos investigadores— la crisis del COVID-19 puede fortalecer las fuerzas política y socialmente regresivas e incrementar la aceptación del autoritarismo. Sin embargo, una respuesta exitosa a la pandemia requiere una acción estatal decisiva, la confianza en la experiencia y los datos científicos, así como la evaluación cuidadosa de las opciones de política en desacuerdo con la retórica y las agendas de los populistas”.

   Para enfrentar una crisis como esta pandemia, es indispensable procurar la cohesión de la sociedad. Pero eso no es posible cuando el gobierno se empeña en polarizar. En el capítulo dedicado a México en ese libro Nicolás de la Cerda y Cecilia Martínez Gallardo, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, dicen que a pesar de los altos costos que la pandemia ha significado en nuestro país, Andrés Manuel López Obrador y su gobierno “han navegado en la crisis sin pagar un severo costo político”. Gracias a que su respuesta a la pandemia fue centralizada y politizada, explican, López Obrador pudo crear la sensación de que su gobierno funcionaba, a pesar de numerosas limitaciones.

   “La respuesta de AMLO a la pandemia estuvo determinada por el hecho de que en el horizonte había una elección intermedia. Es probable que la renuencia del gobierno para imponer confinamientos y el deseo de centrarse en cambio en los efectos económicos de la pandemia se deban, al menos en parte, a preocupaciones electorales”, consideran de la Cerda y Martínez Gallardo. En este caso, la eficacia para atender la emergencia sanitaria estuvo supeditada a las necesidades políticas del gobierno y su partido.

   En la conversación del miércoles pasado con Carlos Loret, en W Radio, dije que el populismo es un cáncer de la democracia. Más tarde encontré el mencionado texto, en donde Keane apunta: “El populismo es en sí mismo una problemática respuesta democrática que inflama y daña de forma autodestructiva las células, los tejidos y los órganos de las instituciones democráticas”. 

   Explica ese politólogo, autor de la formidable Vida y muerte de la democracia:“El populismo se asemeja a una mala mutación dentro del cuerpo político conocido como democracia. Se aprovecha de sus mecanismos inmunológicos (libertad de reunión pública, comunicaciones abiertas, elecciones libres y competencia multipartidista) para sobrecargar tales mecanismos con ataques que paralizan esos mecanismos inmunológicos y amenazan a todo el cuerpo político”.

ALACENA. Diputados en Ucrania

Sólo dede la ignorancia, o la mezquindad, se le pueden regatear méritos a la visita que hicieron a Ucrania cuatro legisladores. Los diputados Salomón Chertorivsky, Jorge Álvarez Máynez y Julieta Mejía de Movimiento Ciudadano, así como Riult Rivera del PAN, expresaron en Kiev la solidaridad mexicana contra la intervención rusa. La visita fue de especial pertinencia porque el gobierno mexicano ha escatimado el respaldo al pueblo de Ucrania y la condena al invasor ruso.

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