Leer es protestar

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Publicado en emeequis

Ilustración tomada de http://www.vivirmexico.com

En medio de un panorama nacional plagado de crímenes, los dislates bibliográficos de Enrique Peña  Nieto contribuyeron a relajar el ánimo de la sociedad más activa –que suele ser la más crítica–. Algunos defensores del precandidato priista, la mayoría inopinados aunque tal vez no improvisados, se apresuraron a decir que el sarcasmo en las redes sociales fue exagerado, que un tropiezo cualquiera lo tiene, que la capacidad para gobernar no depende de los libros leídos.

Me detengo en ese argumento. El oficio de gobernar requiere de inteligencia política, aptitud decisoria, talante negociador, ideas claras y, en estas épocas de sociedades irremediablemente plurales, paciencia y tolerancia. Tales virtudes no se adquieren automáticamente en los libros. Pero la lectura no solamente no estorba sino que, en numerosas ocasiones, resulta necesaria para obtener y cultivar esos atributos. Seguir leyendo “Leer es protestar”

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Vargas Llosa y las escuelas de comunicación

Ayer por la mañana en la Universidad Iberoamericana, miraba los rostros de medio millar de estudiantes que asistían a una de las mesas redondas en el encuentro del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación. Vienen de todo el país para experimentar varios días de talleres, conferencias, advertencias y reventón.

 

Mesa redonda en el Encuentro del CONEICC. Foto de Gabriela Warkentin tomada de Twitter

 

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Monsiváis, hombre de ideas

Cada quien tiene sus propias reminiscencias con Carlos Monsiváis. Desde el 19 de junio, cuando falleció, han circulado centenares de historias personales que confirman la amplitud, así como la versatilidad, de las redes de relaciones amistosas que ese polifacético escritor supo construir en más de medio siglo de prolífica y constante vida pública.

Aunque me dan ganas no voy a narrar aquí varias anécdotas más, que aburrirían a los lectores en medio de la actual catarata de historias y experiencias en donde resulta que Monsiváis tenía más amigos de los que quizá nunca imaginó. Simplemente diré que siempre tuve con él un trato cordial, desde que lo conocí a comienzos de los años 70, con abundantes coincidencias pero también diferencias que nunca soslayamos y que en más de una ocasión fueron motivo de, para mí, gratificantes intercambios. Mi deuda intelectual y personal con Carlos será imperecedera.

Al pensamiento de ese abrumador y deslumbrante escritor, no se le puede entender sin dos principios: la tolerancia y el debate de ideas. La primera, solamente encontraba límites en su incansable cruzada contra los intolerantes: el pensamiento conservador de ayer y hoy, los fanatismos de derechas pero también de las izquierdas que aún suponen que el fin justifica los medios y las pretensiones de quienes se erigen como custodios de la moral pública exigiendo que todos compartan sus creencias, fueron diseccionados y denunciados por Monsiváis, a veces con puntilloso sarcasmo y en otras ocasiones en documentados ensayos.

Era un hombre de ideas, que siempre son antítesis de los dogmas. Monsiváis asumió su carácter de intelectual público como una manera no solamente de atestiguar las más variadas expresiones de la cultura social, sino además para expresar por todos los medios y en todos los foros posibles sus diagnósticos y opiniones. Muchas de tales ideas eran para el momento y en busca de interlocutores. Por eso prefería el espacio perecedero aunque de mayor alcance social que tiene la prensa, aunque luego reescribiera esos textos para nutrir sus numerosos libros. Esos volúmenes son mucho más que compilaciones de artículos originalmente aparecidos en periódicos y revistas; Monsiváis corregía de manera compulsiva sus propios textos, con un respeto diríase reverencial al formato del libro que trasciende la fugacidad de la prensa.

Lector omnívoro, era promotor generoso de muy variados espacios para que se expresaran las opiniones de otros. Suman centenares los editores de revistas que pueden dar fe de la solidaridad de Monsiváis que se las ingeniaba para entregarles un texto que, independientemente del tema, sería atractivo para impulsar o mantener publicaciones que precisaban notoriedad para obtener lectores e inserciones publicitarias. La firma de ese escritor siempre era interesante, incluso para pequeñas editoriales universitarias que publicaron las primeras ediciones de algunos de sus libros más tarde muy renombrados.

El debate de ideas, para Monsiváis, era componente imprescindible en la democracia. “Por mi madre, bohemios”, exhibió durante décadas dislates de los personajes públicos. Cierta parcialidad implícita, con frecuencia mantenía ausentes de esa columna a personajes considerados como de izquierdas, que así quedaban a salvo de los subrayados críticos de “la R.”. Eso no implica que sus simpatías políticas fueran incondicionales. Monsiváis fue entusiasta del zapatismo pero señaló abusos del subcomandante, de la misma manera que cuestionó errores garrafales de López Obrador a pesar de la querencia que tenía con el entusiasmo popular que llegó a suscitar ese movimiento.

En respaldo a la discusión así como a la elaboración intelectuales, Monsiváis animó durante 15 años (de 1972 a 1987) el suplemento “La Cultura en México” de la revista Siempre!, en cuyas páginas abundaron textos fundamentales en la formación cultural de varias generaciones. Ese mismo afán lo llevó a defender a la universidad pública, así como a preocuparse por la preparación habitualmente fragmentaria y exigua que ofrecen las escuelas universitarias de comunicación.

En 1988, con motivo de la muerte de su querido amigo Carlos Pereyra, Monsiváis escribió que un intelectual “es aquel que mantiene la voluntad de conocimiento y la autocrítica, no obstante los graves obstáculos”. Con una inagotable capacidad de asombro, respaldada en una mordaz pero antes que nada extraordinariamente sólida inteligencia, Carlos Monsiváis eludía constantemente esas dificultades.

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¿Canal 11 en cadena nacional? Dudas e interrogantes

Cinco semanas después de haberlo creado, el gobierno federal sigue sin ofrecer una explicación clara acerca del “Organismo Promotor de Medios Audiovisuales”. La opacidad que lo ha rodeado, su nacimiento tan súbito como ayuno de precisiones, la actitud tan equívoca que pareciera culposa del secretario de Gobernación cuando acudió a San Lázaro no a ofrecer sino a eludir las aclaraciones que le pidieron diputados de casi todos los partidos, son parte de una operación política confusa y desmañada.

Si el gobierno apuesta a la transparencia en el manejo de sus medios de comunicación, podría hacer públicos los proyectos que tiene para el nuevo organismo que presuntamente coordinará varias de las televisoras y radiodifusoras que se encuentran en la administración pública federal. La ausencia de claridad ha propiciado especulaciones que posiblemente no apuntan a los propósitos reales del OPMA pero que encuentran caldo de cultivo en la vaguedad de la Segob cuando se refiere al nuevo organismo.

Nueva imagen de Canal Once

El decreto presidencial que establece el Organismo Promotor de Medios fue publicado el 31 de marzo, miércoles de semana santa. Si en Bucareli no había el propósito de dar un albazo, lo disimularon con gran tenacidad. Durante las semanas siguientes, en los medios del gobierno federal se extendió una inquietud que no ha cesado. Trabajadores, pero también directivos de los canales 11 y 22, de Radio Educación y del Instituto Mexicano de la Radio, han compartido y sobrellevado toda clase de suposiciones y dudas. Ante el vacío de explicaciones de las autoridades federales, prosperaron las versiones que le asignan al OPMA la función de centralizar, con propósitos de manipulación y censura política, los contenidos de esos medios de comunicación.

A trasmano, funcionarios de Gobernación cercanos a la creación del nuevo organismo insisten en que lejos de cercenarlos, el OPMA les dará recursos adicionales a los medios de la administración pública federal. De manera específica, se reitera, se trata de hacer del Canal Once una cadena de alcance nacional que contribuya a equilibrar el panorama televisivo capturado por las dos empresas que acaparan la mayor parte de las concesiones.

Si ese es el propósito del OPMA, ¿por qué no lo ha explicado así el secretario de Gobernación? Pero antes que nada, ¿por qué se trata de un proyecto en manos de la Segob y no del Conaculta o la Secretaría de Educación Pública?

La oscuridad de la información gubernamental en este asunto obliga, ni modo, a conducirnos en el resbaladizo terreno de la especulación. Si el OPMA es para que el Canal 11 tenga señal nacional, ¿por qué es necesaria la creación de un nuevo organismo? ¿No es más adecuado que el Estado le asigne nuevas concesiones de manera directa al Canal 11 en vez de que esa emisora transmita por una red que, en las condiciones así planteadas, no sería suya sino de otra entidad del gobierno federal?

Surgido en 1959 el Canal 11 se ha forjado, en medio de frecuentes cuan abundantes restricciones financieras y a veces también políticas, una imagen de nobleza y respetabilidad, en contraste con la televisión comercial. Se trata, como es bien sabido, de una emisora adscrita al Instituto Politécnico Nacional aunque la designación de su director suele ser una decisión presidencial que no es consultada con las autoridades del IPN.

Actualmente el Canal 11 tiene repetidoras en 14 ciudades, ubicadas en 10 estados del país. Su señal, además, es retransmitida en sistemas de cable y satélite que la llevan a otras localidades. Sin embargo la cobertura de la televisión de paga aún es tan insuficiente, pues apenas llega a 3 de cada 10 hogares, que en México no hay televisión nacional si no se difunde en señal abierta. El Canal 2 de Televisa tiene 128 repetidoras en el país; el 13 de Televisión Azteca, cuenta con 89. Si al Canal Once se le asignan nuevas frecuencias, junto con los recursos para transmitir esa señal en cada una de ellas, su red tendría que incrementarse con varias docenas de repetidoras.

Sería una espléndida noticia que el noble Canal 11 alcanzara presencia nacional. Pero si el gobierno va a financiar –con nuestro dinero, desde luego– esa plausible expansión, tendría que responder, ahora sí de manera clara, por lo menos a dos inquietudes fundamentales.

En primer lugar ¿es el Canal Once, tal como lo conocemos ahora, la mejor opción para una televisión nacional orientada por intereses no mercantiles? ¿Qué cambios tendría que haber en la programación, el organigrama y desde luego en las decisiones de esa emisora para ofrecer una televisión en donde la calidad esté aunada a la pluralidad?

Y por otra parte, ¿de qué manera se garantizaría que el gobierno federal, engolosinado con una televisora nacional, no quisiera hacer de ella un instrumento de propaganda? Las abundantes suspicacias que se han manifestado a ese respecto no son gratuitas. La administración del presidente Calderón ha colocado y mantenido al frente de los medios bajo su responsabilidad, a profesionales de la comunicación a quienes les ha reconocido comprobables márgenes de libertad y respeto. Pero nada asegura que eso seguirá ocurriendo, sobre todo en los turbulentos tiempos políticos que se ven aproximarse y especialmente en caso de que, como es muy posible, el gobierno cambie de manos dentro de dos años.

¿Está la administración de Calderón creando una cadena nacional para que el PRI tenga su propia televisión a partir de 2012? Es posibilidad quizá parezca ominosa pero está a la orden del día.

La única manera para que esa televisora nacional mantuviera el prestigio ya ganado por Canal Once y además con tal autonomía que la colocara al margen de tentaciones burocráticas y jugarretas políticas, radicaría en una renovación de su estructura y su situación jurídica. Podría pensarse, por ejemplo, en un esquema similar al que tiene desde hace varios años la agencia de noticias Notimex, cuyo director general es nombrado por el presidente de la República con la posibilidad de que el Senado objete esa designación. Ese director dura seis años en tal encargo.

Esa sería una vía para darle transparencia, estabilidad y credibilidad a un nuevo Canal Once. De ocurrir un cambio de esas dimensiones, tendría que estar precedido por una decisión generosa –y realista– del Instituto Politécnico Nacional para dejar que la emisora que nació bajo su cobijo siga creciendo y adquiera el estatus jurídico necesario para que ofrezca un mejor servicio a la sociedad.

La decisión fundamental tendría que ser del gobierno del presidente Calderón: más repetidoras, para un Canal sometido a la supervisión de Bucareli, no sería avance sino involución.

El gobierno puede impulsar una televisora auténticamente pública, aunque las definiciones recientes del presidente y su partido en materia de medios de comunicación no dejan mucho margen para suponer que apostarán por la pluralidad, la competencia y la calidad en la televisión.

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