Lucía Morett, víctima del aventurerismo

Este texto fue publicado en marzo de 2008. Cobra alguna actualidad debido al regreso a México de la srita. Morett y a la versión distorsionada que algún articulista hizo de estas opiniones sobre la frágil distancia que suele haber del voluntarismo al aventurerismo.

Los nuevos beatos cristeros

La historiadora Laura Campos, que ha tenido un persistente y fructífero interés para desmitificar la historia de los presuntos mártires a quienes homenajea ahora el gobierno de Jalisco (véase nuestro comentario sobre el gobernador González Márquez como promotor del odio) ha puesto en línea su libro Los nuevos beatos cristeros. Seguramente, ahora en la Red, esa autora y su trabajo de investigación histórica seguirán contribuyendo para atajar el fanatismo y afianzar los valores cívicos de la separeción entre Estado y creencias religiosas.

González Márquez, promotor del odio

La Crónica, 8 de mayo

Un millón de pesos diarios. Esa es la cantidad que el gobernador de Jalisco ha regalado a instituciones y empresas privadas desde que tomó posesión de ese cargo, en marzo del año pasado. Los 90 millones de pesos que decidió donar a la iglesia católica para la construcción de un santuario cerca de Tlaquepaque constituyen el obsequio más cuantioso y polémico, pero no el único, que Emilio González Márquez ha otorgado con dinero público.

Donativos a las televisoras, transferencias a firmas privadas, un regalito que mandó hacer para entregarle al Papa en El Vaticano y gratificaciones varias a fundaciones identificadas con grupos católicos, son parte del derroche del cual se ufana el gobernador de Jalisco. Se trata de 420 millones de pesos hasta fines de abril. El reportero Alejandro Almazán hizo el detallado recuento de esos gastos en la edición más reciente de la revista emeequis.

A quienes han cuestionado la discrecionalidad con que gasta dinero que no es suyo, sino de los ciudadanos, el gobernador González Márquez respondió el 23 de abril con la ordinariez que ha sido profusamente comentada en todo el país. Las mentadas de madre le han sido revertidas por muchos de sus conciudadanos en diversos actos públicos realizados para reclamarle no sólo por lenguaraz, sino por abusar de su cargo al frente del gobierno jalisciense.

También debido a la presunción de uso inadecuado de recursos públicos los donativos del gobernador, especialmente los 90 millones de pesos que prometió al llamado Santuario de los Mártires, han sido causa de una averiguación que la Cámara de Diputados solicitó, por unanimidad, la semana pasada. Esa indagación, que les fue requerida a las secretarías de Gobernación y de la Función Pública, tiene sustento en la normatividad para el ejercicio de recursos a cargo de los gobiernos estatales y, además, en la legislación para las corporaciones eclesiásticas.

Aunque dice que es para alentar al turismo, el donativo de 90 millones de pesos estará destinado a respaldar la construcción de un recinto religioso (“el más grande de América Latina”, se ufana la jerarquía de la iglesia católica en Jalisco) en el cerro del Tesoro, cerca de la capital tapatía. Quizá al gobernador González Márquez y a quienes con tanto fanatismo como el suyo defienden esa donación les resultaría útil atender al artículo 3 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público expedida en 1992:

El Estado mexicano es laico. El mismo ejercerá su autoridad sobre toda manifestación religiosa, individual o colectiva, sólo en lo relativo a la observancia de las leyes, conservación del orden y la moral públicos y la tutela de derechos de terceros. El Estado no podrá establecer ningún tipo de preferencia o privilegio en favor de religión alguna. Tampoco a favor o en contra de ninguna iglesia ni agrupación religiosa”.

Evidentemente la entrega de una suma de dinero, del monto que fuese pero especialmente si asciende a la cantidad que González Márquez autorizó para sus amigos de la Diócesis de Guadalajara, constituye un gesto de favoritismo. Cualquier otra corporación eclesiástica podría considerarse con derecho a recibir un regalito similar para no padecer discriminación por parte del gobernador de Jalisco.

Con ese donativo, González Márquez confirma la subordinación que tiene respecto del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el jactancioso patriarca de la iglesia católica en Jalisco. La proclividad de ese personaje para lucrar políticamente con el falseamiento de asuntos públicos se ha confirmado con las versiones distorsionadas que ha propalado acerca del asesinato de su antecesor, el arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo.

Así también, la construcción del llamado Santuario de los Mártires dista de ser un proyecto para favorecer al turismo en Jalisco. Se trata de una obra para respaldar a los segmentos más conservadores de la iglesia católica. Es decir, el gobernador González Márquez no solamente ha transgredido la Ley de Asociaciones Religiosas al destinar dinero público a una corporación eclesiástica. Además apoya, con recursos del Estado, a una de las facciones más retardatarias de la iglesia católica. Eso es jugar con fuego.

Los mártires a los que se pretende recordar con el presunto santuario no se distinguieron por sus obras piadosas, ni por contribución alguna a la doctrina de la iglesia católica. Se trata de fieles que se alzaron en armas contra el Estado mexicano con motivo de las restricciones al ejercicio de los ritos religiosos que impuso el gobierno de Calles a fines de los años 20 del siglo pasado.

El encono entre defensores y antagonistas de la iglesia católica constituyó una fase de auténticos desgarramientos en la sociedad mexicana hace ocho décadas. En ambas partes de ese diferendo hubo fanatismo y excesos, en ocasiones de notable violencia y arbitrariedad. Con la construcción del Santuario en Tlaquepaque el clero de Jalisco reanima esas discrepancias y lo hace de la peor manera, exaltando a personajes respecto de los cuales existen juicios históricos bastante contradictorios.

Los llamados mártires de Jalisco fueron víctimas pero, antes que nada, corresponsables de la conflagración social y política que anidó en ese y otros estados en los años de la guerra cristera. Entre la docena de militantes católicos que recientemente fueron beatificados y en cuyo honor se quiere erigir el nuevo monumento, destacan José Anacleto González Flores y Miguel Gómez Loza. El primero de ellos apuntaló en Jalisco uno de los bastiones más intolerantes y –literalmente– belicosos de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa. Gómez Loza lo respaldó y según diversos testimonios participó en acciones de violencia como el asalto, el 19 de abril de 1927, al ferrocarril que iba a la ciudad de México.

La historiadora Laura Campos Jiménez, en su libro Los nuevos beatos cristeros. Crónica de una guerra santa en México, relata que Gómez Loza respaldó a los sacerdotes José Reyes Vega, Jesús Angulo y Aristeo Pedroza así como al guerrillero Victoriano Ramírez, apodado “El Catorce”, que descarrilaron el tren a 7 kilómetros de La Barca, en Jalisco.

Al día siguiente, 20 de abril de 1927, El Universal Gráfico reseñó: “El criminal acto que hizo víctimas no sólo a la escolta, que se batió heroicamente, sino a una parte del pasaje, fue consumado por la gavilla capitaneada por los curas Vega, Pedroza y Angulo, el licenciado Loza y el cabecilla apodado ‘El Catorce’. La escolta sucumbió ante la superioridad numérica de los levantados y la fiereza de estos que hizo víctimas, en forma espantosa y con una crueldad subleva, a una parte del pasaje”.

Campos Jiménez explica: “La gavilla de cristeros que llevó a cabo este salvaje atraco, tuvo conocimiento de primera mano a través de Miguel Gómez Loza (ahora beato) que la sucursal Guadalajara del Banco de México, enviaría por ferrocarril una importante suma de dinero a México el citado 19 de abril, el cual habrían de asaltar y hurtar”.

Allí mismo se transcribe el testimonio del miliciano cristero Luis Rivero del Val: “Los cristeros se apostaron bien parapetados en ambos lados de la vía, dominando el convoy. El destacamento a cuyo cuidado iban los pertrechos se diseminó por todos los carros y ocupó las ventanillas, desde las cuales hicieron fuego incesantemente, sin importarles la seguridad del pasaje, el cual tirado contra el piso de los mismos carros, quedó expuesto a las balas de los atacantes. El combate duró casi tres horas, hasta que sucumbió el último hombre de la escolta, que dicho sea en su honor, se portó con fiera valentía. Una vez dominada la situación subieron los rebeldes al tren, se apoderaron de las armas, pertrechos y dinero que en él se conducían… posteriormente regaron los carros con el combustible de la máquina y les prendieron fuego”.

Lo hicieron con todo y muchos de sus ocupantes. El Universal Gráfico del 21 de abril informó: “Subieron los rebeldes sin escuchar a las mujeres que pedían piedad. Bajaron del tren los pasajeros que pudieron hacerlo, pero se quedaron los niños y heridos. Los asaltantes, sin miramiento alguno, regaron de chapopote los carros y les prendieron fuego, consumiéndose por completo y oyéndose en medio de la hoguera los gritos de quienes se quemaban vivos”.

La investigación de Campos Jiménez ofrece otros ejemplos de la saña de quienes luego serían beatificados por la iglesia católica. Seguramente de la otra parte también hubo excesos. Así fue, deplorable y absurdamente, la guerra cristera.

Esas cenizas son las que remueve el “santuario” de Sandoval Íñiguez. Esos abusos de los cristeros en Jalisco son los que respalda el gobernador Emilio González Márquez. El gobernador de Jalisco no solamente utiliza dinero público para respaldar una causa particular. Además a esa causa la singularizan la división y el odio entre los mexicanos.

Resignación en la Catedral

La Crónica de Hoy, 22 de noviembre de 2007

   Los mitoteros que irrumpieron en Catedral no tienen disculpa: violentaron el derecho de los fieles que había en ese recinto a celebrar sin sobresaltos una ceremonia religiosa y, con amenazas e improperios, manifestaron una lamentable cuan significativa intolerancia.

   Tampoco tienen disculpa los dirigentes eclesiásticos que han querido aprovechar ese incidente para decirse perseguidos e intimidados. Ninguna autoridad puede, sensatamente, garantizar que no se repita un episodio como ese. La única manera de impedir una nueva agresión radica en desarrollar una auténtica cultura de la tolerancia. Pero la jerarquía de la iglesia católica está muy lejos de la civilidad y el respeto a las posiciones de otros que se requiere para contribuir a esa distensión.

   El PRD quedó colocado contra la pared de exaltaciones y autoritarismos que ese partido, y especialmente el presidente legítimo, han cultivado particularmente desde el año pasado. El mesianismo de Andrés Manuel López Obrador se encuentra tan debilitado como las audiencias que reúne en el Zócalo, pero dejó sembrado un rencor colmado de agresividad que será parte de la sociedad mexicana durante mucho tiempo. Reacio a las soluciones políticas el discurso de un fraude que jamás fue comprobado, pero que en algunos sectores ha tenido el efecto de la mentira repetida un millar de veces, no deja más salida que la confrontación.

   El cacique perredista, cuya hegemonía se mantiene gracias a la condescendencia de todas las corrientes dentro de ese partido, se confronta en el terreno de la retórica y los gestos simbólicos. Pero algunos de sus seguidores más primitivos son capaces de exhibir una intolerancia como la que mostraron cuando entraron en Catedral. Si el PRD fuera una organización seria, el suceso del domingo estaría siendo leído por sus dirigentes como advertencia de un desbordamiento que, aunque protagonizado por grupos minoritarios, podría maltratar muy seriamente la capacidad política de ese partido. Como no lo es, sus líderes consideran que basta con las disculpas a cargo nada menos que de Gerardo Fernández Noroña –profesional de la provocación– y con el sometimiento del secretario general de ese partido a las exigencias de los obispos.

   La Arquidiócesis se ha empeñado en exprimirle todo el jugo político que sea posible a esa inexcusable torpeza de algunos seguidores del PRD. Por primera vez en mucho tiempo la iglesia se puede decir acosada, aunque sea solo por un incidente tan circunstancial como el que suspendió durante 10 minutos la misa del domingo.

   Si la rabia ante las insistentes campanadas que incomodaban a los asistentes del mitin en el Zócalo fue espontánea, confirma el espíritu soliviantado que se mantiene en algunos segmentos de los militantes de ese partido y que se nutre en panfletos como el que ahora lleva a la cinematografía el otrora respetado director Luis Mandoki. La (in) cultura del fundamentalismo político se reproduce, con ánimo autocomplaciente, dentro del PRD y en las periferias de ese partido.

   Y si, como sugieren algunos comentaristas, el piquete de enardecidos aguardaba a las puertas de Catedral esperando la señal para entrar con gritería prefabricada, se habría tratado de una triple torpeza de ese partido. El episodio dominical lesiona la de por sí mala fama del PRD. Además desplazó de la información periodística el mitin y el discurso de López Obrador. Y en tercer lugar le regaló a la jerarquía eclesiástica un pretexto casi inmejorable para fortalecer su presencia pública.

   La cúpula de la iglesia católica y los líderes del PRD, especialmente el ahora ex candidato presidencial, no han tenido malas relaciones. Cuando gobernó la ciudad de México, López Obrador invitaba con frecuencia al cardenal Norberto Rivera y otros clérigos a inauguraciones y convivios significativos para su precampaña política. En reconocimiento al trato deferente que le dispensaban, el entonces jefe de Gobierno les regaló cinco predios en los que se había proyectado la Plaza Mariana, ampliación de la Basílica de Guadalupe, y que tenían un valor de 156 millones de pesos (como informó con todo detalle La Crónica de Hoy el 20 de febrero de 2004). La construcción de ese proyecto quedó congelada y actualmente el destino de esas 3 hectáreas es incierto.

   Mantener esa relación le interesa más al PRD que a la Iglesia Católica. Por eso ayer el secretario general de dicho partido fue al Ministerio Público a presentar una denuncia, por los hechos del domingo, junto con el presidente del “Colegio de abogados católicos”. Armando Martínez Gómez se ha convertido en uno de los personajes más conspicuos del flanco derecho de la vida mexicana: ha estado en la primera línea en el combate contra iniciativas como la ley de sociedades de convivencia y la despenalización del aborto, se opone militantemente a la eutanasia y en julio pasado anunció que presentaría, a nombre del Arzobispado, una iniciativa de reformas constitucionales para que el Estado ofrezca educación religiosa en las escuelas y para permitir que los sacerdotes hagan prédicas políticas desde el púlpito.

   Esta semana, Martínez Gómez acusó a la señora Rosario Ibarra de Piedra de haber instigado la agresión del domingo pasado. El sentido de responsabilidad de esa abnegada luchadora contra la represión es bastante peregrino, pero considerar que dio la voz de alerta para el asalto a Catedral resulta desmesurado. Como es sabido, la señora Ibarra estaba en plena alocución cuando tañían las campanas de Catedral y se preguntó en voz alta a qué podría deberse que el repiqueteo durase tanto. Pero en ningún momento arengó contra la iglesia. Sin embargo el dirigente de los “abogados católicos” denunció que la iniciadora de la irrupción había sido ella. Y ayer el secretario general del PRD lo acompañó a presentar una querella judicial, contra-quien-resulte-responsable, por ese incidente.

   Aunque no es reciente, la avenencia del PRD con la jerarquía eclesiástica nunca había llegado tan lejos. El hecho de que Guadalupe Acosta Naranjo, secretario general de ese partido, se ponga al servicio del abogado de tantas causas conservadoras, da cuenta de la desesperación que ha cundido en la dirigencia perredista a causa del altercado en Catedral pero, sobre todo, de la profunda confusión que domina las coordenadas políticas de ese partido.

   Por lo general, el PRD ha sido más que condescendiente con los intereses e incluso con el siempre insatisfecho afán de la jerarquía eclesiástica para ganar más presencia e influencia públicas. A contrapelo de las tradiciones laicas que mantienen las izquierdas en casi todo el mundo, en México el PRD y varios de sus principales dirigentes han confundido la defensa de la democracia con las prerrogativas políticas de la iglesia católica. No han querido entender que el laicismo implica separación entre la religión y la política y, también, respeto a las convicciones religiosas –o a la ausencia de ellas– de cada individuo.

   Con la sencillez de quienes tienen conceptos claros, el filósofo Fernando Savater ha escrito sobre tales principios: “Vivir en una sociedad laica significa que a nadie se le puede impedir practicar una religión ni a  nadie se le puede imponer ninguna. O sea, que la religión (incluida la actitud religiosa que niega y combate las doctrinas religiosas en nombre de la verdad, la ciencia, la historia, etc…) es un derecho de cada cual, pero nunca un deber de nadie y mucho menos de la colectividad. Las jerarquías eclesiásticas –ninguna, nunca– no tienen derecho a convertirse en una especie de tribunal general de última instancia que decida lo que es moral e inmoral en la sociedad, lo que debe ser legal o lo que ha de ser prohibido, quién es digno de gobernar y quién debe ser éticamente repudiado. Las autoridades religiosas no son autoridades morales ni legales: pueden establecer lo que es pecado para sus feligreses, no lo que ha de ser delito para todos los ciudadanos ni indecente para el común del público”.

   En la más reciente de sus obras, el pequeño Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (Ariel, Barcelona, 2007), Savater precisa: “El laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal”.

   Así que los vocingleros del domingo, al violentar la misa, atentaron contra uno de los fundamentos del Estado laico que es el derecho de todos a profesar las creencias que quieran. Pero también los obispos y sus acólitos violentan frecuentemente esos principios cuando intentan imponer sus concepciones morales al resto de la sociedad. Ahora el representante legal de los intolerantes obispos es escoltado por el secretario general del PRD para presentar una denuncia judicial. Si alguna vez se habló de la iglesia en manos de Lutero, ahora podríamos reconocer que al menos una parte de la izquierda se encuentra en manos… de Norberto.

Humo blanco, augurios negros

La Crónica, 20 de abril de 2005

Cuando se decía que el cardenal Joseph Ratzinger era la mano derecha del papa Juan Pablo II no se expresaba solamente la cercanía personal de esos dos dirigentes de la Iglesia Católica sino, además, la ubicación política de ese teólogo de origen alemán.

   La designación de Ratzinger como sucesor del Papa recién fallecido confirma decisión de la cúpula eclesiástica para darle continuidad a las posiciones ideológicas y a los equilibrios internos que procuró Juan Pablo II dentro de esa Iglesia. Y significa, también, un enfático respaldo a las tesis más conservadoras en materia de derechos individuales para los fieles católicos.

   Juan Pablo II tenía un discurso avanzado en asuntos de política social –particularmente en su insistencia para combatir la pobreza– y conservador en temas relacionados con decisiones personales como el aborto y la homosexualidad. Esa segunda vertiente es la que sale fortalecida con la elección de Ratzinger.

   El humo blanco tras la cuarta votación ayer en El Vaticano confirmó la solidez de las redes políticas que Ratzinger construyó durante casi un cuarto de siglo como prefecto de la poderosa e intransigente Congregación para la Doctrina de la Fe. Esa dependencia de la jerarquía católica representa las tendencias más atrasadas de una iglesia empeñada a ser reconocida como tradicionalista.

   La censura como costumbre, la intolerancia como método y la imposición dogmática en contra de la razón y la deliberación, han sido históricamente definiciones centrales de la Congregación que Ratzinger no tuvo interés alguno en modificar. Se trata del “Santo Oficio” que tantas persecuciones desató, en distintas épocas, con el pretexto de reivindicar la fe.

   Tales han sido la escuela política, los usos principales y las cartas que avalaron a Ratzinger ante el Colegio Cardenalicio. Si algo se puede agradecer en una trayectoria tan insistentemente comprometida con la reivindicación dogmática de los principios más atrasados de la Iglesia es su incuestionable claridad. La biografía de Ratzinger, particularmente en las últimas décadas, no deja lugar a duda alguna: se trata de un personaje convencido, promotor y militante de posiciones de derechas.

   No hay estereotipos gratuitos en ese diagnóstico. Ratzinger ha mantenido una trayectoria comprometida con las vertientes fundamentalistas –con frecuencia sectarias– de la Iglesia Católica. Su combate al reconocimiento de las parejas de homosexuales, la negativa recalcitrante a reconocer el derecho al aborto cuando así lo consideran necesario las mujeres y sus compañeros, el rechazo a discutir siquiera la posibilidad de resolver las simulaciones que con frecuencia acarrea el celibato de los sacerdotes o a tomar en cuenta las propuestas para abrir el ministerio sacerdotal a las mujeres, han formado parte de las cruzadas de Ratzinger contra la actualización de la Iglesia Católica.

   A él le correspondió enfrentar, en décadas recientes, la heterodoxia de sacerdotes que buscaban una teología o una práctica pastoral comprometidas con los requerimientos sociales de nuestro tiempo. Amenazas y censuras, así como excomuniones, expulsiones y persecuciones, han sido recursos empleados por ese personaje –adverso, además, al diálogo con otras iglesias cristianas–.

   Reacio a distinguir entre religión y asuntos terrenales, Ratzinger es partidario de que la Iglesia presione a los dirigentes políticos para que se comporten de acuerdo con los dogmas de esa corporación. El año pasado el cardenal Theodore McCarrick, arzobispo de la Arquidiócesis de Washington, le preguntó qué debía hacer ante posiciones como la del senador John F. Kerry, candidato presidencial del Partido Demócrata, que respetaba el derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto.

   Ratzinger aclaró esas dudas en una carta privada dirigida a McCarrick y al presidente de la Conferencia de Obispos estadounidenses, Wilton Gregory. A los políticos que respaldaran acciones como el aborto y la eutanasia, indicó, la Iglesia debía negarles la comunión.

   “No todos los asuntos morales –aclaró Ratzinger– tienen el mismo peso que el aborto y la eutanasia”. La Iglesia Católica está por la paz pero si un gobernante declara una guerra o decide la ejecución de un prisionero, esos no son motivos para que se le regatee la eucaristía. “Entre los católicos puede haber una legítima diversidad de opinión acerca de emprender una guerra o aplicar la pena de muerte, pero de ninguna manera en relación con el aborto y la eutanasia”, dijo en aquella carta.

   Esas son algunas de las posiciones que Joseph Ratzinger ha impulsado en y a nombre de la Iglesia Católica. Con esas coordenadas se inicia el pontificado de Benedicto XVI.

 

ALACENA: Ratzinger Fan Club

Ayer el sitio web de The Cardinal Ratzinger Fan Club quedó saturado. Se trata de un espacio no oficial que, además de remitir a discursos y textos de ese personaje, ofrece cachuchas con el nombre de Ratzinger (11.99 dólares ) y camisetas o tarros de cerveza (14.99 dólares) con la efigie del hasta ayer cardenal nacido en Bavaria.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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