Monsiváis, hombre de ideas

Cada quien tiene sus propias reminiscencias con Carlos Monsiváis. Desde el 19 de junio, cuando falleció, han circulado centenares de historias personales que confirman la amplitud, así como la versatilidad, de las redes de relaciones amistosas que ese polifacético escritor supo construir en más de medio siglo de prolífica y constante vida pública.

Aunque me dan ganas no voy a narrar aquí varias anécdotas más, que aburrirían a los lectores en medio de la actual catarata de historias y experiencias en donde resulta que Monsiváis tenía más amigos de los que quizá nunca imaginó. Simplemente diré que siempre tuve con él un trato cordial, desde que lo conocí a comienzos de los años 70, con abundantes coincidencias pero también diferencias que nunca soslayamos y que en más de una ocasión fueron motivo de, para mí, gratificantes intercambios. Mi deuda intelectual y personal con Carlos será imperecedera.

Al pensamiento de ese abrumador y deslumbrante escritor, no se le puede entender sin dos principios: la tolerancia y el debate de ideas. La primera, solamente encontraba límites en su incansable cruzada contra los intolerantes: el pensamiento conservador de ayer y hoy, los fanatismos de derechas pero también de las izquierdas que aún suponen que el fin justifica los medios y las pretensiones de quienes se erigen como custodios de la moral pública exigiendo que todos compartan sus creencias, fueron diseccionados y denunciados por Monsiváis, a veces con puntilloso sarcasmo y en otras ocasiones en documentados ensayos.

Era un hombre de ideas, que siempre son antítesis de los dogmas. Monsiváis asumió su carácter de intelectual público como una manera no solamente de atestiguar las más variadas expresiones de la cultura social, sino además para expresar por todos los medios y en todos los foros posibles sus diagnósticos y opiniones. Muchas de tales ideas eran para el momento y en busca de interlocutores. Por eso prefería el espacio perecedero aunque de mayor alcance social que tiene la prensa, aunque luego reescribiera esos textos para nutrir sus numerosos libros. Esos volúmenes son mucho más que compilaciones de artículos originalmente aparecidos en periódicos y revistas; Monsiváis corregía de manera compulsiva sus propios textos, con un respeto diríase reverencial al formato del libro que trasciende la fugacidad de la prensa.

Lector omnívoro, era promotor generoso de muy variados espacios para que se expresaran las opiniones de otros. Suman centenares los editores de revistas que pueden dar fe de la solidaridad de Monsiváis que se las ingeniaba para entregarles un texto que, independientemente del tema, sería atractivo para impulsar o mantener publicaciones que precisaban notoriedad para obtener lectores e inserciones publicitarias. La firma de ese escritor siempre era interesante, incluso para pequeñas editoriales universitarias que publicaron las primeras ediciones de algunos de sus libros más tarde muy renombrados.

El debate de ideas, para Monsiváis, era componente imprescindible en la democracia. “Por mi madre, bohemios”, exhibió durante décadas dislates de los personajes públicos. Cierta parcialidad implícita, con frecuencia mantenía ausentes de esa columna a personajes considerados como de izquierdas, que así quedaban a salvo de los subrayados críticos de “la R.”. Eso no implica que sus simpatías políticas fueran incondicionales. Monsiváis fue entusiasta del zapatismo pero señaló abusos del subcomandante, de la misma manera que cuestionó errores garrafales de López Obrador a pesar de la querencia que tenía con el entusiasmo popular que llegó a suscitar ese movimiento.

En respaldo a la discusión así como a la elaboración intelectuales, Monsiváis animó durante 15 años (de 1972 a 1987) el suplemento “La Cultura en México” de la revista Siempre!, en cuyas páginas abundaron textos fundamentales en la formación cultural de varias generaciones. Ese mismo afán lo llevó a defender a la universidad pública, así como a preocuparse por la preparación habitualmente fragmentaria y exigua que ofrecen las escuelas universitarias de comunicación.

En 1988, con motivo de la muerte de su querido amigo Carlos Pereyra, Monsiváis escribió que un intelectual “es aquel que mantiene la voluntad de conocimiento y la autocrítica, no obstante los graves obstáculos”. Con una inagotable capacidad de asombro, respaldada en una mordaz pero antes que nada extraordinariamente sólida inteligencia, Carlos Monsiváis eludía constantemente esas dificultades.

Publicado en emeequis

Reversa del TRIFE a la reforma electoral (y elogio a Benedetti)

Con una resolución embustera y cantinflesca, los magistrados del Tribunal Federal Electoral anularon la reforma constitucional que impide la contratación de espacios de propaganda política en televisión y radio. Al revocar una resolución del IFE que sancionaba al Partido Verde y a los diputados que contrataron anuncios en televisión para promoverse con el pretexto de difundir una de sus iniciativas de ley, el Tribunal Electoral estableció un precedente de extrema gravedad.

Los partidos no han querido darse cuenta de esa decisión, que niega la reforma constitucional que impulsaron hace año y medio. Las televisoras han disimulado maliciosamente el regocijo que les suscita esa decisión de los magistrados electorales y que muy posiblemente se debe al tenaz cabildeo que los personeros de Televisa y Televisión Azteca han sostenido para acosar, y por lo visto persuadir, a los magistrados del Trife. En el terreno del análisis crítico casi nadie se ha querido dar cuenta de esa decisión, excepto comentaristas puntuales como Miguel Ángel Granados Chapa y Ciro Murayama.

El 29 de marzo pasado, el consejo general del IFE consideró que los anuncios de los diputados del Partido Verde que habían sido difundidos durante ese mes en varios canales de televisión violaban la legislación electoral y le impuso a ese partido una multa de 9 millones y medio de pesos. La nueva ley electoral, y la Constitución misma, prohíben la contratación de mensajes políticos y establecen que los partidos podrán anunciarse en radio y televisión únicamente a través de los espacios gestionados y administrados por la autoridad electoral. Ambos ordenamientos prohíben, por otra parte, la contratación de propaganda oficial que haga promoción personalizada de los funcionarios públicos.

El IFE consideró que esos spots eran mensajes de proselitismo electoral difundidos en fechas durante las cuales estaban prohibidas las campañas de los partidos. Para respaldar ese argumento, reprodujo el contenido del mensaje del PartidoVerde. Esta es la transcripción.

Voz de Mujer:

– Bueno (imagen mujer contesta el teléfono)

Voz Hombre:

– O consigues la lana o ya sabes que le espera a tu hija (imagen hombre con un cigarro)

Voz Mujer:

– Por… no le hagan nada (imagen hombre cierra teléfono celular)

Voz Mujer:

– Ten hija (imagen mujer entregando dinero a otra mujer)

Voz Hombre:

– Diles que ya saben lo que tienen que hacer con la chava (imagen hombre hablando por teléfono celular).

– ¿Qué le habrán hecho a mi hija? ¿En dónde estará? (imagen de dos mujeres junto a un teléfono)

Voz Mujer:

– Tenemos que darle al país las armas necesarias para acabar con esta plaga por eso diputadas y diputados del Partido Verde presentamos una iniciativa de ley que castiga con pena de muerte a secuestradores y asesinos (imagen mujer de pie dos hombres sentados a la izquierda y a la derecha, al fondo bandera nacional).

Texto en pantalla. En la parte inferior a la última imagen descrita, aparece la siguiente leyenda:

Diputada Gloria Lavara

Informe de labores — Diputados plurinominales del Partido Verde.

Segundos después, en la parte superior a la misma imagen, aparece un cintillo con diversos nombres identificados de Diputados del Partido Verde Ecologista de México.

Voz en off:

– Partido Verde (Imagen a la derecha emblema Cámara de Diputados LX Legislatura; a la izquierda emblema Partido Verde Ecologista de México).

Evidentemente, ese mensaje era una pieza de propaganda política y no el informe de labores de la diputada Lavara y el resto de sus correligionarios en San Lázaro. El spot está a destinado a persuadir a favor de ese partido y no a dar cuenta de la actividad de sus diputados. Allí no se menciona ninguna otra iniciativa, ni la situación de esa propuesta dentro del proceso legislativo.

Sin embargo, movido a revisar la resolución de la autoridad electoral a partir de las quejas que presentaron tanto el PVEM como esos diputados, el Tribunal Federal consideró que el spot es parte de la información que esos legisladores hacen acerca de sus actividades y no se trata de propaganda electoral.

El TRIFE sostuvo, en su sesión del 8 de mayo pasado: 1) Que ese mensaje es de los diputados federales y no del partido Verde. 2) Que se trata de un anuncio para dar a conocer una postura de tales legisladores y no de su partido. 3) Que se difundió fuera de las fechas de campañas. 4) Que en ese mensaje no hay contenido electoral.

El anuncio es, en efecto, de los diputados. Pero su finalidad no es promocionar a los legisladores sino al Partido Verde; tanto así que la voz al final del mensaje enfatiza el nombre de esa organización política. Al asunto de las fechas, el Tribunal lo utiliza para restarle gravedad a la difusión del mensaje cuando debiera implicar todo lo contrario. Según las cuentas del mismo Trife, el anuncio fue difundido 206 veces entre el 18 y el 25 de marzo en canales de televisión nacionales. En esos días estaba prohibida la propaganda electoral. Al transmitirlo durante esos días, el PVEM infringió los plazos de dicha propaganda. Sin embargo para los magistrados tal circunstancia es causa de indulgencia: como no fueron transmitidos durante la temporada electoral, sugieren, esos anuncios no pudieron haber sido propaganda electoral.

Igual de equívoca es la maroma retórica que los magistrados del TRIFE emprenden para alegar que el spot no tiene contenido electoral: “de ninguna de las aseveraciones contenidas en el promocional, ni del contexto visual que se presenta, se advierte que los legisladores inciten de manera directa o indirecta a la obtención del voto a favor del Partido Verde Ecologista de México o en contra de cualquier otra opción política”.

O sea que para que haya propaganda electoral es indispensable que expresamente se invite a votar. Con esa tesis, el Tribunal Federal Electoral podría exculpar muchas conductas y mensajes a favor o en contra de los partidos y sus candidatos.

Para los magistrados del TRIFE, el uso del emblema de ese partido en los anuncios de televisión se justifica porque los diputados forman parte del PVEM: “ello tiene su explicación en que el elemento en común que identifica a los integrantes del grupo parlamentario es el partido político que los propuso para ejercer el encargo, el cual sólo es identificable mediante su denominación y el emblema o logotipo que lo caracteriza”. Para apuntalar ese argumento muestran el sitio de Internet de la Cámara de Diputados en donde junto a los legisladores del PVEM aparece el emblema de dicho partido.

A partir de esa resolución y amparado en los mismos argumentos, el gobernador Peña Nieto podría incorporar el logotipo del PRI a los costosos anuncios en donde se ufana de los avances de su administración. El gobernador de Veracruz, Fidel Herrera, ya no tendría que disfrazar de rojo la propaganda que despliega aun en la más trivial acción de su gobierno y podría vestirla simplemente de tricolor. Los secretarios del gabinete presidencial podrían ofrecer conferencias de prensa con el emblema azul del PAN predominando en esas alocuciones ya que si se encuentran en el gobierno es porque son miembros de dicho partido. En la ciudad de México, Marcelo Ebrard podrá hacer propaganda abiertamente a favor del PRD puesto que forma filas en ese partido.

Y con la misma lógica que imponen los magistrados del TRIFE, cualquier diputado o senador, cualquier presidente municipal o cualquier gobernador, podrán comprar propaganda en televisión y radio para promover a sus partidos políticos con el pretexto de que se trata de informes de las tareas que han realizado.

La irresponsabilidad de los magistrados del TRIFE resulta sorprendente. No sólo vulneran en una sola votación los cimientos de la reforma electoral y abren la puerta para que de nuevo impere el poder de la mediocracia sobre los procesos electorales. Además alientan la compra de espacios para difundir sellos partidarios con el subterfugio de que así se mantiene informados a los ciudadanos. En su resolución del 8 de mayo, el TRIFE tuvo la desfachatez de apuntar:

“… lo considerado por el Consejo General del Instituto Federal Electoral en el sentido de que el mensaje transmitido se hizo con el fin de influir en los ciudadanos, para que éstos adoptaran una determinada conducta sobre un tema de interés social, como lo es el tema de ‘la pena de muerte’, no constituye una infracción a la normativa electoral, sino por el contrario, su difusión contribuye a la formación de una opinión pública bien informada y presenta resultados a la ciudadanía de las gestiones que una determinada corriente política lleva a cabo en el seno del Congreso de la Unión”.

Al considerar que con un spot como ése la opinión de los ciudadanos queda bien informada, los magistrados del TRIFE confirman su avasallamiento al modelo comunicacional que han querido imponer las televisoras. ¿Qué información hay en el spot antes transcrito? ¿Qué reflexión, cuál deliberación se favorece con ese anuncio? Además de las infracciones que hemos señalado, con mensajes de esa índole el PVEM y otros partidos de ninguna manera promueven la discusión pública. Lo que impulsan es la confusión y las apreciaciones maniqueas –más allá del carácter sumamente controvertido que tiene la pena de muerte–.

ALACENA: Mario Benedetti

Durante algunos años, hace demasiados, lo leímos con una intensidad que tenía algo de certezas ya previstas pero que siempre encontraba en él la frase exacta, la fórmula directa para describir emociones entreveradas con ilusiones.

Luego lo desplazaron lecturas más complejas, quizá menos axiomáticas. Pero a los libros de Mario Benedetti regresamos siempre con la sonrisa espontánea con que encontramos a un amigo al que no veíamos hace rato. Su manera franca de decir esas cosas sencillas que no siempre lo resultan tanto (el amor, la nostalgia, la amistad, el miedo, la lejanía, la libertad) nos llevó a encontrar en Benedetti un escritor fundamental y entrañable.

La reivindicación de ese valor antaño tan consistente pero ahora tan políticamente incorrecto al que antes se denominaba compromiso político, hizo de él un escritor a menudo más ideologizado por sus panegiristas que en sus propias obras. El Benedetti encarnación del espíritu uruguayo que llevó a cuestas en obras como La casa y el ladrillo y Montevideanos, el de la prosa tersa de Quién de nosotros, el de la inasible Laura Avellaneda de La Tregua, murió ayer en su Montevideo a los 88 años.

A veces se nos ha querido olvidar pero, dentro de su elemental obviedad y a pesar de la afectación con que llegamos a reiterarlo, nunca deja de ser cierto que en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos.

Publicado en eje central.

Pottermanía

La Crónica de Hoy, jueves 2 de agosto de 2007

Déjenme confesarles, con la condición de que no se lo digan a nadie, que no resistí la tentación de asomarme al final de Harry Potter antes de leer el séptimo libro de la célebre saga. Unos días antes de la aparición de Harry Potter and the Deathly Hallows encontré en Internet varias versiones sobre el esperado desenlace. Ahora que, una vez publicado el libro, doña J.K. Rowling se ha referido en público al final y ha explicado por qué no dejó morir al joven mago que gracias a esa indulgencia crece, tiene familia y ve a sus hijos acudir al Colegio Howarts, no hago revelación ni traición alguna a los lectores si menciono ese episodio. Es precisamente el que leí en varios sitios en la Red, gracias a la indiscreción de alguno de los muchos impresores, intermediarios y libreros que manejaron centenares de miles de ejemplares antes de que pudieran salir a la venta con el primer minuto del sábado 21 de julio.

Aunque la versión que encontré parecía verosímil, nunca dejé de tener cierta suspicacia y contaba las horas que faltaban para confirmar si ese era, en verdad, el final de Harry Potter. Después de haber leído los seis volúmenes anteriores con una fidelidad alimentada por la trama perspicaz que mantuvo en vilo la curiosidad de varias generaciones de lectores, no éramos pocos los que queríamos saber si el enfrentamiento último entre los paradigmas del mal y el bien, cuya evolución conocimos libro tras libro, favorecería al abusivo Lord Voldemort o al simpático aunque cada vez más angustiado Potter.

Así que el sábado 21 por la mañana mi hijo Rafael y yo, que hemos leído juntos la serie de Potter durante varios años, fuimos a un Sanborns a comprar el nuevo libro. A ese establecimiento habían llevado 100 copias y cuando llegamos quedaban solamente 20. Aunque se trata de un libro en inglés en México vendió, en un solo día, más ejemplares que la gran mayoría de los libros editados en nuestro país.

De inmediato puede comprobar que el capítulo que había leído días antes era el que ocupaba las últimas páginas –de la 753 a la 759– del libro postrero de esa dilatada serie. Pero conocer el final no le quitó un ápice al interés por leer el séptimo volumen. Aunque ya no hay partidos de quiditch –el deporte que practican los jóvenes magos trepados en escobas para darle caza a una pelotita escurridiza– y la vida en la escuela de hechicería deja de ser importante porque todo el mundo mágico está por colapsarse ante el progresivo poder del-que-no-debe-ser-nombrado, los ingredientes más arrebatadores de la serie Potter aparecen con una intensidad que resulta de especial eficacia gracias a las numerosas referencias que toma de la vida contemporánea.

La disputa por el poder en el gobierno de los magos, que ya se había manifestado desde tres volúmenes antes y fue tomada como el eje de la película más reciente (Harry Potter y la Orden del Fénix) recuerda mucho las que presenciamos a diario en el escenario público de cualquiera de nuestros países. La tirantez entre las normas que los funcionarios más rígidos aplican con espíritu burocrático y la gana de innovación y libertad, existen lo mismo en nuestras instituciones políticas que en el venerable Colegio Hogwarts.

El allanamiento de mayorías mentecatas a versiones disparatadas pero que están de moda o son políticamente correctas, se aprecia en la historia de Rowling con tanta claridad como en circunstancias que nos resultan mucho más cercanas. A Harry Potter, en la novela, lo hacen víctima de la incredulidad indocumentada de muchos e incluso lo calumnian y difaman con tanta alevosía como les ocurre en la vida fuera de la literatura a no pocos personajes públicos. En el séptimo volumen la periodista Rita Skeeter, cuyo cinismo ya ha padecido el joven mago y que se refocila en inventar versiones sensacionalistas que son exitosas en el diario donde escribe, anuncia que ahora publicará un libro que tiene todo un capítulo, desde luego repleto de falsedades, acerca de Potter.

Si las historias de Rowling son tan entrañables se debe, en buena medida, a que están plenamente asentadas en la realidad. Los hechizos, las varitas, el sombrero seleccionador, las escaleras movedizas, el espejo de los deseos, los viajes de una chimenea a otra y tantos otros recursos, son parte del universo mágico que constituye el contexto para que la creadora de Harry Potter ofrezca, con las coartadas de esa fantasía, una intuitiva sátira de los nada mágicos defectos y problemas de esta humanidad.

Rowling erigió un mundo quimérico con tantos detalles que resulta plenamente aprehensible para sus seguidores. Pero en él, recrea críticamente compasiones, ambiciones, sevicias, incurias, apetencias –virtudes, defectos, pasiones en fin– que forman parte de la vida misma. Gracias a los pormenores que nutren la narración, los aficionados de Harry Potter cuentan con pródigos asideros para sentirse parte de una cofradía que no por multitudinaria es menos excepcional. Gran parte de éxito de la saga radica en el entusiasmo con que sus admiradores han compartido y ostentado sus símbolos (bufandas, escudos, anteojos, capas, entre la parafernalia que nutre libros y películas de Potter).

La otra parte del triunfo editorial y cultural se debe a la familiaridad que los lectores, fundamental pero no exclusivamente jóvenes, encuentran en la serie de Rowling. No se trata de una simple historia de buenos y malos (aunque, como en la vida real y en las buenas novelas, hay unos y otros). Las personalidades allí descritas suelen ser complejas. Quizá no haya un solo protagonista relevante que se ciña al estereotipo con el que aparentemente quería comprometerlo la autora. El bondadoso Dumbledore es capaz de tener arranques de rabia, la cerebral Hermione incurre en torpezas elementales, el generoso Ron tiene acometidas de envidia contra su amigo Harry, el detestable Snape se revela como uno de los personajes más complejos. El mismo Potter parece condenado, más que favorecido, a tener una heroicidad que nunca busca porque lo que él quisiera es vivir en la serenidad de los desconocidos.

Nada de eso basta para explicar la peculiaridad cultural, que descansa en méritos literarios pero también mediáticos y mercadológicos, que para asombro generalizado ha tenido la serie Potter. Se han escrito toneladas de líneas ágata acerca de los millones de ejemplares, las multitudes en las librerías y la fascinación insospechada por la letra escrita que suscitan las vicisitudes del joven mago. La elección de decenas de millones de muchachos que, más allá de sus respectivos contextos sociales y culturales le roban tiempo y entusiasmo al chat, la tele y el videojuego para zambullirse en la semblanza de Potter, ha despertado perplejidades y esperanzas muy variadas. Si el éxito de Potter y su autora pudiera explicarse con una escueta fórmula el fenómeno de lectura y consumo cultural que significan estos libros no sería tan insólito. Nada garantiza que, después de Potter, los muchachos que han dedicado centenares de horas a leer estos siete volúmenes hayan brincado a otras novelas. Pero sin duda muchos de ellos lo hicieron. Y en cualquier caso, lo leído nadie se los quita.

El de Potter es, incluso a pesar de Ms. Rowling, un fenómeno que pasa por los medios y que en Internet alcanza expresiones de afición, compromiso y enardecimiento que pocas figuras o expresiones contemporáneas despiertan. Debido a la parsimonia que suele padecer la edición de libros pero quizá también a causa de inciertos cálculos mercantiles, después de la aparición de las novelas de Potter en inglés pasan varios meses para que se publiquen traducciones en otros idiomas. La editorial encargada de las versiones en español, Salamandra, anunció poco antes de que comenzara a circular The Deathly Hallows que no tenía fecha para la publicación en nuestro idioma, con la consiguiente desilusión de muchos lectores.

A esa editorial, la semana pasada se le adelantaron varios anónimos y generosos apasionados de Potter que dos días después de la publicación en inglés ya habían traducido, y colocado en la Red, los primeros capítulos. Eso había sucedido en otras ocasiones pero los libros de la serie Potter son tan voluminosos que los desconocidos traductores suspendían esa tarea por cansancio, o presionados por los abogados que defienden los derechos de autor de la señora Rowling.

Ahora sin embargo, cuatro días después de que comenzó a circular en inglés ya había en Internet una versión completa, compaginada a la manera del libro, incluso con las ilustraciones de la edición original y grabada en formato PDF, de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Más que transgresión a los derechos de autor, en ese esfuerzo podemos encontrar una profunda admiración por el trabajo de Rowling y por los personajes y el mundo mágicos que creó en sus novelas. ¡Qué enorme esfuerzo, por añadidura solidario y desinteresado, realizaron esos propagadores de Potter al traducir en unos cuantos días las 896 páginas que alcanzó la versión en español!

Me enteré de ella la semana pasada, cuando encontré en un foro de Internet una escueta referencia que decía: “Aquí Está !!! Tengo todos los libros originales. Tengo todas las películas originales y en edición de 2 dvd’s. De modo que no creo afectar a la economía de JK Rowling si paso este link”.

Con esa convincente coartada por delante, el autor del mensaje apuntaba a uno de los rasgos más sobresalientes del fenómeno Potter: por mucho que la conozcan anticipada en Internet, la gran mayoría de los admiradores de la novela seguramente comprarán el ejemplar cuando aparezca en español. Con dicha certeza, aunque con el temor de que haya sido retirado para cuando esta nota sea publicada, les informo que la versión electrónica del nuevo libro de Potter en español fue colocada en: http://spanishhallows.blogspot.com/

No se lo digan a nadie.


El Código Da Vinci

La Crónica, 24 de marzo de 2005

Gracias al Vaticano, El Código Da Vinci seguirá siendo uno de los libros más vendidos en todo el mundo. De esa novela del estadounidense Dan Brown se han impreso 25 millones de ejemplares –2 millones de ellos en español– desde que apareció en marzo de 2003. Ha sido traducida a 44 idiomas. En México se han vendido entre 300 mil y 500 mil ejemplares.

Con ese éxito, al ex profesor de literatura que ha escrito otras tres novelas no le hacía falta publicidad. Pero hace unos días el cardenal Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova, les advirtió imperiosamente a sus fieles: “No compren ni lean El Código Da Vinci

El cardenal, que tiene 70 años, podría ser él mismo personaje de alguna novela de Brown. Aficionado a las armas, es cronista de futbol en la televisión local. Pero en materia religiosa es célebre por su ortodoxia. Forma parte de la extremadamente conservadora Congregación para la Doctrina de la Fe. Y sus advertencias las hizo en los micrófonos de Radio Vaticano.

El cardenal encontró que el best seller de Brown está plagado de incorrecciones históricas y teológicas. Por eso proclama que el libro “es comida podrida, hace daño… es un costal repleto de mentiras contra la Iglesia, contra la auténtica historia del Cristianismo y contra Cristo”, según le dijo a la agencia Reuters.

Si El Código no tuviera el éxito editorial que ha alcanzado, al cardenal Bertone y al Vaticano les tendría sin cuidado. Pero no solo ha sido leído con interés por millones de personas. Además a partir de ese libro se han desempolvado añejas y por lo general desacreditadas especulaciones acerca de la historia de Jesucristo y de la iglesia católica.

Allí se encuentra la singularidad de la muy publicitada y mejor vendida novela de Brown. La enorme circulación que ha alcanzado no tiene relación alguna con su calidad. El escritor argentino Rodrigo Fresán ha dicho contundentemente: “El Código Da Vinci está tan pero tan mal escrita que produce escalofríos. Sus personajes tienen el espesor de la madera balsa, sus diálogos son de una artificiosidad pocas veces leída y oída… y su sentido del vértigo (la trama de estos libros siempre está saltando de un país a otro y ese jet-lag no es fácil de contar) por momentos recuerda a esas cámaras rápidas de El Show de Benny Hill. Y lo más importante, lo más imperdonable en estas lides: su argumento no tiene sentido alguno”.

El Código mezcla algunas referencias históricas con abundantes especulaciones. Comienza con el asesinato en el Museo del Louvre de un miembro de la secta secreta de los Templarios. Su sobrina y un detective tratarán de descifrar las claves que ese personaje dejó sembradas en los sitios más incómodos, incluyendo algunos cuadros de Leonardo Da Vinci que, por supuesto, había sido Templario. De una huella a otra, encuentran que Jesucristo tuvo por mujer a María Magdalena y que el hijo de ambos inició una dinastía que la Iglesia Católica ha tratado de ocultar. La leyenda del Santo Grial –personificada por la mismísima María Magdalena a quien Brown identifica como uno de los personajes en la célebre representación de La Última Cena– y el hermetismo del Opus Dei, congregación a la cual en el libro de atribuye la maquinación para ocultar la vida secreta de Cristo, forman parte de ese relato.

Debo aclarar que no he leído el libro de Brown pero no es difícil conocer su argumento. Como novela quizá resulte entretenida. Lo sorprendente es la gran cantidad de lectores que la han tomado como si presentase hechos verdaderos. Tantos, que El Vaticano le respondió con las torpes declaraciones del cardenal Bertone que no harán mas que aumentar las regalías de Mr. Brown.

¿Por qué tanta gente se entusiasma con ese libro y lo toma en serio olvidando que se trata, ni más ni menos, de una novela? Quizá El código ofrece un acercamiento nuevo que no pocos fieles quieren encontrar en una iglesia envejecida. Posiblemente aporta las dosis de misterio que la fe institucionalizada por esa iglesia ha dejado de tener para muchos de sus creyentes. Acaso, la obra sea tan envolvente que entre sus lectores hay quienes no advierten las fronteras entre ficción y realidad.

El Código Da Vinci ha sido tomado con tanta credulidad que ya han aparecido docenas de libros que lo refutan como si fuera un tratado de historia o que respaldan sus presunciones. En París, hay recorridos turísticos por los sitios que se mencionan en la novela como si los episodios allí relatados hubieran sido verdaderos. Los seguidores de El Código están constituyendo, así sea temporalmente, una nueva cofradía que se conmueve, fundamentalmente, debido a sus ganas de creer.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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