La propuesta de Letras Libres

La Crónica, 10 al 13 de mayo de 2004

A partir de un escrupuloso diagnóstico del estancamiento político que padece el país, la revista Letras Libres y su director, Enrique Krauze, han convocado a crear un comité que estaría encargado de organizar debates sobre los grandes problemas nacionales.

   Esa iniciativa parte de una convicción documentada en el estruendo y los escándalos que nos han entretenido tan superfluamente durante los meses recientes: si lo que falta en la democracia mexicana es elevar la calidad del debate, un grupo plural y con autoridad intelectual podría promover discusiones, para las cuales se buscaría amplia difusión en televisión y radio, acerca de los asuntos sustantivos que el país debería tener entre sus prioridades.

   La iniciativa de Letras Libres resulta sugerente. La posibilidad de llevar a los medios un auténtico debate de ideas, capaz de contrastar los contenidos habitualmente vanos o demasiado coyunturales que suelen difundirse en radio y televisión, contrasta con la ausencia de propuestas que angustia hoy al espacio público mexicano.

   Ese ánimo propositivo es, antes que nada, saludable. A diferencia de la mayoría de las revistas y diarios que habitualmente se pertrechan en temas y autores cercanos a sus intereses y simpatías y que no suelen reconocerse como interlocutores mutuos, la iniciativa de Krauze y su publicación no tendría sentido si no interesa en otros circuitos editoriales, sociales y políticos. Entenderse como parte de una sociedad en la que hay distintos puntos de vista sobre cualquier asunto de importancia, es un primer paso hacia la tolerancia y el ánimo deliberativo que Letras Libres se propone reivindicar en su edición de este mes.

   Krauze considera, con razón, que “nos urge salir de la Babel de confusión en la que vivimos”. El examen que hace del guirigay político mexicano es impecable. La conclusión en cambio, resulta un tanto discutible. Suponer que los antagonismos y la frivolidad en el discurso político serán remontados por el contraste que significarían varios debates de gran calidad y densidad, propalados ampliamente, puede implicar cierto desconocimiento del atraso que prevalece en nuestra cultura política y, al mismo tiempo, una sobrestimación de la capacidad de los intelectuales para solucionar ese rezago.

   Sobre todo confiar en la capacidad de los medios electrónicos, especialmente la televisión, para ser escenarios de una discusión racional, puede ser altamente riesgoso. Ningún asunto respecto del cual haya posiciones antagónicas, en ningún país, se ha resuelto a partir de su exhibición televisiva. Los medios electrónicos son espacios propicios para mostrar los grandes trazos de una discusión. Pero la deliberación capaz de propiciar acuerdos requiere de la holgura para expresar argumentos que puede permitir la prensa, o de la confianza para externar pros y contras que solo ofrece la reunión privada.

   Krauze reconoce a la política mexicana de nuestros días como un teatro (“mitad farándula, mitad reality show”) en donde intereses y desatinos de cada actor desplazan al guión común que debería prevalecer. El presidente Vicente Fox no ha tenido ideas capaces de dar cuerpo a su propuesta de cambios. Congreso y partidos han sido irresponsables. El Poder Judicial comienza a ganar legitimidad pero no cuenta con recursos para ser eficiente. La prensa está repleta de declaraciones y casi no tenemos periodismo de investigación. La televisión sigue “atada a su costumbre de ofrecer violencia y, ahora, vistazos a la intimidad de personajes ‘famosos’ que sólo lo son porque consienten en exhibirse”. Los empresarios, en su mayoría, no muestran compromiso alguno y transitan “por las páginas de sociales como una nueva y patética aristocracia, indiferente al país dramático en el que vive”. La Iglesia permanece anclada en la defensa de sus privilegios. Las universidades suelen enclaustrarse “en una endogamia cómoda pero estéril” (Krauze no lo dice, pero ese comportamiento resulta especialmente gravoso cuando se trata de universidades públicas, como la UNAM, en donde la autocomplacencia y la inercia mantienen un estancamiento inexcusable). Los intelectuales, suelen aferrarse a dogmas que no les permiten entender y menos aún hacer propuestas acerca de los asuntos nacionales.

   A partir de ese diagnóstico, Krauze intenta una salida racional a la confusión que domina al escenario público mexicano. Su propuesta es discutible. De eso se trata. A ella dedicaremos las próximas entregas de esta columna.

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Lo que falla es la política 

 

El Comité de Opinión Pública que propone la revista Letras Libres para organizar los debates que sus editores consideran necesarios a fin de airear la vida política mexicana, es discutible desde el nombre. Esa denominación se parece demasiado al Comité de Salud Pública que Robespierre creó a fines del siglo XVIII para perseguir a los enemigos de la revolución francesa o a otros que, con el mismo nombre, fueron creados en distintos momentos de la historia mexicana.

   Ese no es mas que un detalle pero resulta útil para enfatizar una de las debilidades en la propuesta de Letras Libres. La sola idea de constituir un comité de notables que se consideren fiduciarios de la verdad, resulta un tanto antipática.

   Desde luego el problema que señala esa revista es muy vigente. El nivel de nuestra discusión pública es ínfimo. A México le urge transitar del pantano de los chismorreos a la deliberación constructiva. “La democracia es palabra hueca si no se sustancia” dice, en su edición de mayo, la publicación que dirige Enrique Krauze.

   Pero aunque el retrato que hace de la confusión mexicana resulta escrupuloso, la conclusión que ofrecen ese escritor y su revista puede estar equivocada. El problema político central en México no es la falta de discusión, sino la ausencia de acuerdos. Lo que más necesitamos no son ideas, sino capacidad para convertirlas en decisiones.

   En otras palabras, la carencia nacional no es de carácter intelectual sino político.

   Ideas para emprender cambios, las hay prácticamente para cualquier aspecto de la vida nacional. Los mexicanos –al menos quienes tenemos la angustiosa costumbre de atender a lo que dicen gobernantes, legisladores y dirigentes en los medios de comunicación– ya sabemos cuáles son las opciones para impulsar la industria eléctrica, emprender la reforma fiscal, admitir o no el voto en el extranjero o actualizar las leyes laborales, entre muchos otros temas.

   En cada uno de esos rubros, llevamos años conociendo y considerando propuestas. En todos ellos, igual que en otros temas de igual o similar importancia, los interesados han ofrecido sus puntos de vista, quienes discrepan con ellos los han rebatido y la sociedad –o al menos los ciudadanos interesados– se han formado, cuando han querido, una opinión.

   Aunque no siempre ha sido ordenada, ni los argumentos y la información pertinentes se han expresado con claridad, en todos esos temas se han registrado extensas discusiones. Los foros y plazos para ellas no siempre han sido los que habrían resultado deseables. A veces las propuestas han estado matizadas por el estruendo que desatan esos y otros asuntos. Pero presentación de iniciativas e intercambio en torno a ellas, hemos tenido en todos los casos.

   Lo que no ha existido es capacidad para dialogar y, gracias a ello, alcanzar acuerdos. El mismo Krauze, con razón, apunta: “no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”. Allí, Cantinflas dixit, está el detalle.

   La ausencia de ese acuerdo no se origina en la pobreza o la inexistencia de discusión. Cada una de las fuerzas políticas del país sabe lo que quiere y lo que otros partidos o grupos buscan en cada uno de los temas cardinales. Si no alcanzan decisiones conjuntas es porque no quieren.

   Ese problema es, quizá, más grave que el que ha diagnosticado Letras Libres. El atasco mexicano no se debe a la pobreza deliberativa, sino a la ineficacia de la política tal y como la practican nuestras elites.

   Desde luego un debate ordenado, despejado y respetuoso, no nos vendría mal. Sería un auténtico lujo tener en los medios de comunicación –aunque había limitaciones como las que comentaremos mañana– a los mejores especialistas en cada uno de los temas nacionales que durante años hemos dejado sin resolver.

   Pero más allá de la oportunidad que significaría presenciar exposiciones razonadas y rigurosas sobre lo que tenemos que hacer con los energéticos, el campo, la legislación electoral o la política exterior, tales exhibiciones no conducirían a ningún lado si no estuvieran acompañadas de la voluntad política que tanto se ha echado de menos respecto de esos mismos y otros temas.

Subrayar los detalles 

 

En búsqueda de notoriedad, los debates cuya organización ha sido propuesta por Letras Libres podrían convertirse en un espectáculo mediático más que en el ejercicio inteligente y creativo que pretenden los editores de esa revista.

   El “Comité de Opinión Pública” sugerido por el escritor Enrique Krauze y que estaría integrado por “reconocidos intelectuales, académicos y periodistas” organizaría cada mes un debate al que invitaría a “dos o más participantes, actores centrales del tema por debatir”. A esas sesiones se les daría amplia difusión en los medios electrónicos.

   Ayer comentábamos uno de los reparos más notorios que encontramos en esa propuesta: lo que México necesita no es más discusión (aunque el debate inteligente siempre es bienvenido) sino aptitud y voluntad de las fuerzas políticas para entablar acuerdos.

   El tipo de discusión que plantean Krauze y su revista también es problemático porque, al hipotecar su eficacia a la capacidad de propagación de los medios, subordina el fondo a la forma que impondría la televisión.

   Las reglas sugeridas para esos debates podrían empobrecer las ideas en juego, en lugar de darles contexto y aliento. Se trata de encuentros concebidos como confrontaciones finales de propuestas acabadas y no como etapas de un proceso deliberativo.

   Más que de una discusión en donde pueda desarrollarse el intercambio que resulta necesario para lograr acuerdos se propone, como indica ese procedimiento, una “puesta en escena”. Cada debatiente contaría con 10 minutos iniciales, otros tres para criticar a los demás y tres minutos adicionales para responder. Se prevé un intercambio de preguntas con respuestas de dos minutos.

   Ese esquema resulta más propio de un debate de campaña política –en donde más que las ideas importan los slogans– que de una discusión que aspire a constituir “un aprendizaje práctico de la democracia” como propone Krauze. En 10 minutos (es decir, en unas cuatro cuartillas si la intervención estuviera escrita) es imposible compendiar ni siquiera los trazos más amplios de la iniciativa para resolver un problema complejo. Mucho menos se pueden aclarar dudas acerca de ella en los tiempos sugeridos para respuestas en esos debates.

   Pensemos en cualquiera de los temas posibles en la agenda que diseñaría el Comité que plantea Letras Libres. ¿Qué reforma fiscal, cuál esbozo de industria petrolera, qué concepción de política cultural o de política social podrían compendiarse en 10 minutos? Con ese corsé los expositores tendrían que eludir los pormenores de cada iniciativa y, de esa manera, prescindir de la riqueza de enfoques, las medidas específicas o las consecuencias puntuales que podría tener.

   Hoy en día las diferencias sobre los asuntos más importantes no tienden a ser tanto de fondo, como en sus particularidades. En nuestro país por ejemplo, todo el mundo dice que está de acuerdo en que haya reforma fiscal; las discrepancias surgen acerca de los impuestos y montos que cada quien propone incrementar.

   Las fuerzas políticas, en México igual que en casi todo el mundo, tienden a ubicarse en el centro del espectro ideológico y no en sus márgenes como sucedía en épocas anteriores. Las diferencias en ocasiones son de matiz y no debido a la adscripción de partidos y grupos en las derechas o las izquierdas. En los detalles no solamente está el diablo sino las distinciones entre políticas específicas. Una discusión en los términos que proyecta Letras Libres dejaría a un lado los matices que hoy en día constituyen la distinción entre las visiones de país que tienen no solo las fuerzas políticas sino, también, los ciudadanos interesados en los asuntos públicos.

   Más que propiciar acuerdos, un debate en televisión tiende a polarizar las posiciones en conflicto. Además parece inevitable que el estilo de ese medio se sobreponga a la discusión de ideas. En la misma edición de Letras Libres en donde aparece la propuesta que comentamos se publica un artículo de Sergio Sarmiento, cuya experiencia en TV Azteca le permite asegurar: “la televisión es un pésimo vehículo para la discusión de los temas importantes de la sociedad”. Más adelante abunda: “en un medio visual y emocional como la televisión, la imagen vale mucho más que los argumentos racionales”. Eso no implica que “el ejercicio de la razón pública”, como lo llama el pensador hindú Amartya Sen en un espléndido ensayo que también aparece en Letras Libres, tenga que ser imposible.  

Babel política y mediática

    Si lo que queremos es salir de Babel, como apunta Enrique Krauze en Letras Libres, lo que hace falta antes que nada es preguntarnos por qué nuestra vida pública ha llegado a este desbarajuste. Cada uno de los principales actores políticos pareciera tener códigos, proyectos y hasta normas diferentes para el intercambio de puntos de vista. Lo que necesitamos son reglas y principios comunes, no para debatir sino para tomar acuerdos que le urgen al país.

   Debatir más no empobrecerá nuestro escenario político, pero no necesariamente remediará los antagonismos que lo mantienen estancado. Para salir de Babel es preciso construir –o recuperar– una lengua y una colección de entendimientos comunes, capaces de ser compartidos por las principales fuerzas políticas y la sociedad.

   El espacio idóneo para procesar cualquier acuerdo es el de las instituciones políticas. Por muy aborrecible que nos resulte su desempeño, el Congreso es el crisol indispensable para hacer política y construir consensos. Y los partidos, con todo y su desesperante inoperancia, son los protagonistas ineludibles de esos acuerdos.

   El problema central radica, entonces, en cómo logramos que esa institucionalidad y sus organismos funcionen plenamente. Hay quienes por eso, entre otras motivaciones, hacen política y se incorporan a los partidos existentes o construyen otros. Para los intelectuales y, de manera más amplia, para los ciudadanos que no quieren hacer política activa, se presenta el eterno dilema entre presenciar los acontecimientos o hacer lo posible por intervenir en ellos.

   En los años recientes la sociedad mexicana, a pesar de las muchas limitaciones de nuestra cultura ciudadana, ha logrado influir exitosamente para ampliar condiciones y opciones de la competencia política. Los cambios que conseguimos –especialmente en la normatividad electoral– se debieron a la exigencia, tácita o explícita, que la sociedad le planteó al sistema político.

   Hoy sin embargo, por fatiga, desilusión, hartazgo o descuido, la sociedad se ha retraído de la mayoría de los asuntos públicos. El video panorama de corrupción, rencillas y cinismo que se ha conocido desde hace varias semanas, en el menos peor de los escenarios aleja aun más a los ciudadanos de esos asuntos públicos. También puede ocurrir que, tales sucesos, entretengan y confundan tanto que la sociedad deje de distinguir entre la escoria y los comportamientos reivindicables en el quehacer político.

   Una tarea cardinal para los intelectuales, en ese panorama, es contribuir a esclarecer los acontecimientos. Ofrecer elementos de juicio que permitan distinguir entre lo trivial y lo esencial, entre las codicias y los proyectos, entre la cháchara y las ideas, sería quizá la aportación más valiosa de quienes, desde el campo de la reflexión, quieren contribuir a superar este empantanamiento.   

   Krauze, en el artículo que hemos comentado en el transcurso de la semana, apunta con claridad acerca del papel de los intelectuales: “Necesitamos mucho más: solidez crítica, datos duros, imaginación editorial, incisiones limitadas pero profundas en la realidad”.

   Hoy en día el ejercicio de la crítica política es sumamente limitado. Numerosas inconsecuencias y contradicciones de los actores políticos pasan desapercibidas o, cuando mucho, alcanzamos a hacer la crítica de sus dichos. Pocas veces contamos con elementos para analizar los hechos verdaderamente relevantes. Esa es una tarea en la cual sería conveniente el ojo analítico de escritores y pensadores que reservan sus esfuerzos para temas menos coyunturales.

   La crítica del poder es escasa y habitualmente débil. Pocas veces llega al fondo de los acontecimientos. Suele cuestionar a los emblemas y responsables del poder, pero no a los poderes reales que han crecido y ganan enorme impunidad.

   Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han ofrecido un gran servicio a la sociedad al dar a conocer excesos y barbaridades de algunos personajes públicos. Pero al mismo tiempo los medios más influyentes, al mostrar esos hechos sin contexto y preocupándose más por el escándalo que por las explicaciones, han sido corresponsables del deterioro cívico y político que padecemos.

   Una hora de debate al mes sería preferible a “La jaula” o “La hora pico” pero es altamente probable que se confundiera con los contenidos que los televidentes suelen presenciar, todos los días, en la televisión nacional. Peor todavía, un espacio así les serviría a las televisoras para legitimarse y aliviar la mala conciencia que pese a todos sus operadores siempre tienen. Luego seguirían transmitiendo la programación habitual.

   El solo hecho de que Letras Libres presente su iniciativa, junto con el eco que ha tenido en pocos días, es indicativo de la preocupación que existe ante el deterioro de la vida pública mexicana. Es inexcusable, como apunta Krauze, que nuestra política se haya teatralizado de esa manera. Más que construir un nuevo escenario como el que sugiere esa revista, sería preciso exigir que la vida pública y sus protagonistas superen el juego de apariencias y palabrería que nos ha traído a esta Babel política –y mediática–.

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Henrique González Casanova

La Crónica, 28 de diciembre de 2004

Desde su fallecimiento, el viernes 17 de diciembre, se han publicado docenas de agradecidos testimonios acerca de la bonhomía y la generosidad del maestro Henrique González Casanova. Este es uno más de esos reconocimientos ante el deceso de uno de los profesores más queridos y respetados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La de don Henrique, que hace poco cumplió 80 años, fue una vida consagrada a la Universidad Nacional pero de ninguna manera encerrada dentro de ella. Entendió que el aislamiento de esa institución y sus integrantes era uno de sus riesgos más grandes. Profesor siempre, se dio tiempo para cumplir con responsabilidades en el servicio público y opinar en la prensa.

Fue embajador en Yugoslavia y Portugal y colaborador, desde fines de los años 30, en diarios y suplementos culturales. Fundó hace medio siglo la Gaceta de la UNAM y en esa institución fue director de Información y de Publicaciones, entre otras tareas.

No son pocos los periodistas y escritores que deben a la insistencia de don Henrique la publicación de sus primeros textos. Además contribuyó a la formación de docenas de generaciones de periodistas. A comienzos de los años setenta estuvo a cargo de la carrera de Periodismo y Comunicación.

El magisterio de González Casanova (“Enrique con hache” le decían en alguna época para subrayar la singularidad de su nombre propio) fue notable en las aulas y constante fuera de ellas. Quienes lo tuvieron como profesor en alguna asignatura recuerdan la explicación, siempre antecedida de ejemplos históricos, que solía dedicar a sus estudiantes. Nunca llevé clase con él pero puedo decir que en varios sentidos fue uno de mis maestros más apreciados.

A don Henrique le debo la oportunidad de trabajar como profesor de carrera en la Universidad Nacional. Ya era ayudante de investigación pero con una situación laboral precaria cuando en 1975, poco después de que presenté mi tesis de licenciatura, el maestro González Casanova se interesó en ella y gestionó la apertura de un concurso de oposición con ese tema. Gracias a ello gané mi primera plaza de tiempo completo.

En numerosos momentos de la vida de la Universidad coincidí –muy ocasionalmente para intercambiar discrepancias– con el maestro González Casanova. Lector atento pero además amable, de cuando en cuando tenía la generosidad de comentarme alguno de mis textos. Hace como tres años tuve el privilegio de coincidir con él en una mesa redonda. Repleto el auditorio principal de Ciencias Políticas, para referirse a la influencia de las nuevas tecnologías y la enseñanza de la comunicación don Henrique dio un enorme e intensamente pedagógico rodeo que lo llevó hasta las épocas de Sierra, Vasconcelos y otros momentos sobresalientes en la historia de la Universidad.

A don Henrique los méritos de la Universidad le enorgullecían y sus pesadumbres lo afligían profundamente. Entendió a tiempo los apuros que implicaba la prolongada huelga que un grupo impuso en 1999 y participó de los esfuerzos para resolverla.

Un año después del término de aquel conflicto, en febrero de 2001, varios profesores de la Facultad fueron vejados por algunos de los antiguos huelguistas. En solidaridad con esos académicos y para demostrar que la comunidad de Ciencias Políticas repudiaba el atentado se organizó un mitin al que cada asistente debía acudir con un libro en la mano. Aquella concentración estuvo encabezada por don Henrique. La transcripción de su discurso en esa ocasión comienza:

“¡Universitarias y universitarios! Quiero votar por la palabra como fundamento de la democracia. Quiero afirmar que la mayoría de los votos decide dentro de la ley la designación de representantes públicos, pero no resuelve los problemas que competen al conocimiento y a la razón. Por mayoría de votos se llevó a cabo la condenación de Galileo (permítanme recordar su nombre); por mayoría de votos llegó Mussolini y el fascismo a Italia; por mayoría de votos llegó Hitler y el nazismo a Alemania; por mayoría de votos, armados, llegó Francisco Franco con la Falange a España”.

Interrumpido por gritos de miembros del CGH y aplausos de alumnos y profesores el discurso continuaba: “Voto por la comunicación como medio indispensable para el aprendizaje como adquisición del saber, como aplicación y extensión del saber… Voto por el diálogo y la conversación; voto por la concordia entre los universitarios y el respeto mutuo. Estoy con Justo Sierra cuando afirma: ‘la palabra es el fundamento de la democracia’… Admito el derecho a equivocarse de todos los aquí presentes, incluyéndome a mí mismo. Pero no admito que se use la libertad de la Universidad para violarla en su derecho social, en su derecho individual y como institución nacional, a ser una institución pública a la que tenga acceso todo el que quiera ejercer la libertad dentro de las libertades universitarias”.

A esa concentración don Henrique no llevó uno sino tres libros que mostraba con orgullo: los Escritos sobre educación de José Martí, el México social y político de Justo Sierra y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

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Harry Potter, éxito y provecho

La Crónica, febrero 23 de 2004

Los 11 mil ejemplares de Harry Potter y la Orden del Fénix que llegaron a Montevideo se agotaron en unas cuantas horas. En Buenos Aires había filas desde la noche anterior para adquirir una de las 60 mil copias que los argentinos recibieron de esa obra. En Madrid las librerías organizaron festivales para coincidir con la aparición del quinto volumen de la saga escrita por J.K. Rowling. A México llegaron 198 mil ejemplares que el sábado ya se exhibían por todas partes.

   Lejos de cesar después de cuatro tomos –cada uno más abultado que el anterior– la fiebre global por las aventuras del mago matriculado en el Colegio Howarts de Magia y Hechicería parece crecer con cada libro.

   La pottermanía, naturalmente, ha sido espoleada por la propaganda. Sus lectores han podido enterarse de la aparición del nuevo título gracias a la publicidad, respaldada por una poderosa estructura editorial. Los libros son una mercancía. Pero casi nunca estamos ante libros que se vendan de esta manera.

   En junio pasado, cuando apareció la edición en inglés de La Orden del Fénix, en un solo día se vendieron 14 (sí, catorce) millones de ejemplares. Un millón de ellos estaba comprometido antes de que el libro comenzara a circular. Hasta ahora, en diversos idiomas, se han vendido más de 250 millones de copias de ese título.

   De la edición en español, que circula desde antier, se imprimieron 950 mil ejemplares. 500 mil de ellos se quedaron en España y el resto llegó por barco a diversos puertos en América Latina. La operación para ponerlos a disposición de los lectores el mismo día no debe haber sido sencilla. Las ventas están compensando tal esfuerzo.

   Hay tres películas sobre las andanzas de Potter. La más reciente, dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, se estrenará el verano próximo. La cuarta comenzará a rodarse en breve. Alrededor de ellas y del personaje de las gafas redondas y la bufanda amarillo y magenta se ha desarrollado una versátil industria que va desde utensilios escolares hasta juegos electrónicos, todos con la imagen de Potter y comercializados por la Warner Bros.

   Pero la mercadotecnia intensiva y expectación de los medios no bastan para explicar el interés, que cruza fronteras y rebasa idiomas, por esos libros. Centenares de millones de lectores, muchos de ellos menores de 15 años, buscan los textos de Ms. Rowling con un ahínco que constituye, por sí solo, uno de los grandes acontecimientos culturales y sociales de nuestros días.

   Las frecuentes descalificaciones a esos libros no llegan a explicar el arrebato que provocan en niños y adolescentes –y en no pocos adultos– de todo el mundo. No son literatura barata, si de esa manera se define a la que explota la sensiblería con recursos dramáticos y retóricos muy elementales.

   Tampoco son de lectura rápida. La versión en español de La Orden del Fénix tiene 893 páginas (casi tantas como la primera edición en inglés que, en otro formato, alcanzó 877 páginas). El título anterior, El cáliz de fuego, tenía 635 páginas. Su éxito no se debe a una simple moda. Ya han pasado casi 7 años desde que apareció La piedra filosofal, el primer libro de la serie, y sus aficionados no se cansan.

   Parte de la magia de Potter se encuentra, precisamente, en la fantasía que desbordan esos relatos. Los hechiceros con los que aprende y de los cuales desciende Harry Potter viven en el mismo mundo que el resto de las personas pero tienen escuelas, formas de transporte, tiendas, torneos deportivos, periódicos e incluso gobiernos propios. En cada uno de esos espacios hay personajes y comportamientos –afectos, envidias, traiciones, afinidades– similares a los que todos conocemos y experimentamos.

   El de los magos, en tales relatos, no constituye un universo distinto al nuestro. Esa imbricación con su realidad es uno de los atractivos que cada lector identifica en tales novelas. Los niños, además, encuentran asideros de complicidad al ver que alguien de su edad, mago por añadidura, es regañado, se entristece, juega, se regocija e incluso quiere y desea.

   Gracias a Potter y su creadora, millones de niños y muchachos han dejado de considerar a la lectura como un ejercicio ajeno y pesado. Los gobiernos y organismos internacionales tendrían que estar diseñando programas para profundizar esa afición a la letra impresa en vez de presenciar, con incómoda estupefacción, el éxito global del joven Potter.  

 

ALACENA: También música

   En diciembre pasado un concierto de la Filarmónica de la Ciudad de México estuvo atestado de jovencitos, muchos de ellos vestidos como Harry Potter, porque entre las interpretaciones anunciadas estaban los temas de las películas de ese personaje. La fama del mago de la cicatriz en la frente también sirve para promover la música de calidad.

He tenido que cerrar los comentarios a este texto porque la gran mayoría de las entradas que colocaban eran de publicidad y/o spam. Lo siento.

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La memoria de Gilberto Guevara

La Crónica, 23 de noviembre 2004

Cinco años después de haber salido de la cárcel –fue preso político entre el 2 de octubre de 1968 y el 5 de mayo de 1971– Gilberto Guevara Niebla se marchó a estudiar a París. El visitante que acudía a verlo al pequeñísimo departamento que ocupaba cerca del Boulevard Montparnasse se encontraba con una decoración inesperada. Las paredes estaban repletas con centenares, quizá millares, de pequeñas tarjetas que consignaban hechos, nombres, fechas: allí se hallaba, cambiante según la reconstrucción que Guevara iba haciendo, la ruta política del movimiento estudiantil de 1968.

El ex representante de los estudiantes de la Facultad de Ciencias vivía obsesionado con la historia de aquella lucha de la que fue uno de los dirigentes más lúcidos e importantes. Quería recordarlo todo, día tras día, para entender la dinámica que hizo de esas jornadas el movimiento social más vigoroso por lo menos en la segunda mitad del siglo XX mexicano y que, también, lo condujo a la colisión con el gobierno que lo reprimió y desarticuló.

Guevara quería registrar en un libro los momentos climáticos, así como las contradicciones del movimiento del 68. Buscaba, más allá de la mitología que construyeron tanto fallidos detractores como frecuentes apologistas de aquella lucha social, el rastro de tendencias, líneas políticas, comportamientos personales y circunstancias que definieron el rumbo del movimiento.

Contaba con toda la información posible. No solo había participado en las decisiones más importantes del movimiento. Además, Guevara siempre ha sido un observador cuidadoso de las condiciones que lo rodean. Pero escribir aquel recuento analítico no era solo cuestión de fuentes documentales.

Al para entonces profesor de la UAM, le faltaba tomar distancia respecto de aquella gesta social de la que fue protagonista muy destacado. Los borradores de su historia política del 68 variaron del recuento autobiográfico a la descripción en tercera persona pero ninguno de esos enfoques le resultaba satisfactorio.

Solo con los años Guevara lograría la perspectiva necesaria para referirse, de manera crítica, al movimiento en cuya dirección participó. En el transcurso de ese tiempo Gilberto Guevara publicó otros libros, que forman parte de la bibliografía indispensable para entender los asuntos educativos en este país. Su interés en la formación ciudadana y magisterial lo ha llevado a emprender esfuerzos académicos y editoriales, entre ellos la revista Educación 2001 de la que es director.

Pero Guevara se debía a sí mismo su libro sobre el 68 y hoy cumple con ese compromiso. La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (Cal y Arena, 336 páginas) es una historia a la vez política y personal. Apuntalado en fuentes documentales, el libro ofrece además el testimonio de quien condujo asambleas, encabezó manifestaciones, atendió negociaciones e insistió en imprimirle una dirección juiciosa a aquel movimiento de los estudiantes del 68.

Las tensiones entre la inexperiencia, el aventurerismo y los afanes para encauzar políticamente al movimiento, la presencia de provocadores tanto en el núcleo directivo como en las movilizaciones, la fuerza política de la autonomía y de la Universidad, la dignidad del rector José Barros Sierra y la paranoia autoritaria del presidente Gustavo Díaz Ordaz son algunos de los rasgos que Guevara describe en ese recorrido cuyos problemas, día tras día, va identificando.

La decisión del gobierno para enfrentar y a la postre reprimir a los estudiantes en vez de simplemente atender algunas de sus sencillas demandas (todas ellas en reivindicación de la legalidad) se explica como resultado de “la falta de democracia y la incapacidad del gobierno presidencialista para entablar un diálogo, negociar y acordar con una fuerza que no hubiera sido previamente ‘domesticada’ por el PRI”.

El otro polo de reflexión se encuentra en la heterogénea y composición de la dirección estudiantil. Al Consejo Nacional de Huelga

le costaba enorme trabajo tomar decisiones. “Con los años –explica Guevara– se haría un mito del CNH, pero en sentido estricto se trataba de una asamblea elemental, con enormes dificultades para desarrollar una discusión ordenada, susceptible a los recursos oratorios y cuya voluntad se movía de un lado a otro dependiendo de la influencia personal de tal o cual líder, o de los acuerdos de cúpula que adoptaban los grupos y organizaciones”.

Con La libertad nunca se olvida –frase tomada de un discurso de Miguel Eduardo Valle al cabo de la enorme manifestación silenciosa del 10 de septiembre– Gilberto Guevara Niebla cumple con una asignatura personal pero también intelectual y política. Se trata de un libro honesto, extraordinariamente meticuloso y serio, que no busca glorificaciones sino respuestas. Guevara ya puede archivar, con satisfacción, aquellas tarjetas que colmaban su departamento en París. La libertad nunca se olvida es, quizá, el libro más importante que se ha escrito sobre el movimiento de 1968.

(El libro de Gilberto Guevara será presentado hoy a las 19 horas en la Casa Lamm por su autor junto con Raúl Álvarez Garín, Rolando Cordera y Carlos Monsiváis).

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García Márquez y la bella durmiente

La Crónica, 21 de octubre 2004

Pues sí, también hay buenas noticias. El hecho de que la aparición de una novela sea acontecimiento público, acapare titulares en los diarios y entusiasme las conversaciones radiofónicas es noticia relevante.    La publicación del nuevo libro de Gabriel García Márquez es suceso social, cultural y mediático. El tiraje munificente que fue cuidadosamente distribuido para el debut del libro el día de ayer –una primera edición de un millón y medio de ejemplares de los cuales cien mil están destinados a México– es correlativo a la importancia de esa obra y viceversa.

   Prodigio de la mercadotecnia el éxito anticipado del libro es, antes que nada, consecuencia de la fama pública, que va de la mano con su maciza reputación literaria, de ese entrañable Nóbel latinoamericano. Todo nuevo libro de García Márquez vende cualquier cantidad de ejemplares. Pero en este caso el anuncio de que se trata de la primera novela que publica en 10 años y la eficaz estridencia del título contribuyen a la notoriedad del libro.

   Memoria de mis putas tristes es un homenaje a Yasunari Kawabata, el novelista japonés que también fue Premio Nóbel pero en 1968 (catorce años antes que García Márquez) y que escribió La casa de las bellas durmientes y otras historias (1961). La historia que le da título a ese volumen es tan sencilla como sobrecogedora: cerca de Tokio se ha instalado un serrallo a donde acuden ancianos de clase acomodada para observar, mientras duermen, a hermosas muchachas vírgenes. No las pueden tocar, el único cauce para el deseo es la mirada –ansiosa, triste, melancólica, según la biografía de cada uno– mientras ellas permanecen aletargadas por algún somnífero.

   La novela de García Márquez comienza con una cita de aquella obra de Kawabata. Antes, en uno de los relatos de Doce cuentos peregrinos publicado en 1992, el escritor colombiano había anticipado esa admiración. En “El avión de la bella durmiente”, el narrador tiene la fortuna de volar al lado de una joven muy hermosa en un recorrido de París a Nueva York. Ella duerme durante todo el viaje: “la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua”.

   La misma enternecida contemplación desvela las noches del protagonista de Memoria de mis putas tristes, un viejo periodista que el día que cumple 90 años decide celebrarlo en una casa de citas y con una muchacha virgen. “Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle”, narra el viejo.

   Solterón y aburrido, el anciano encuentra en la devoción por la muchacha la vitalidad que no le dan su trabajo periodístico ni los pequeños gustos musicales de los que se rodea. “Los adolescentes de mi generación –explica– avorazados por la vida olvidaron en cuerpo y alma las ilusiones del porvenir, hasta que la realidad les enseñó que el futuro no era como lo soñaban, y descubrieron la nostalgia”. Así le sucede a él con la muchacha, que lo provee del anhelo necesario para sentirse entusiasmado.

   Memoria de mis putas tristes es una historia de amor aunque desde la perspectiva de un afecto que no se realiza a plenitud. Es un relato sobre la vejez pero acerca de un viejo con aliento suficiente para construirse una ilusión y denodarse en ella. Se trata de una narración que va de la soledad, a la sorpresa y la esperanza.

   No es, en cambio, una historia de putas, ni de burdeles ni, después de todo, una novela triste. Unas y otros son parte de la tramoya con la que García Márquez construye una historia íntima e intimista con el sosiego de quien narra sin prisa, pero sin exceso alguno, un relato en el que se encierra el sentido de una, de muchas vidas.

   Otras obras de García Márquez acerca del amor en la vejez son harto conocidas. Esta, aunque se trata de un libro de pocas páginas, no solo se ocupa de las maneras que asume la pasión madura sino, junto con ello, de las formas de ser viejo. El periodista relata como se acostumbró a medir las edades por décadas: “La de los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la última”. Pero llegó a la década previa al centenario y desde allí narra su reencuentro con la vida.

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