Sociedad y poder

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Mercado, política de izquierdas

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Publicado en emeequis

La política era antes más sencilla. Las izquierdas encarnaban el afán de cambio, la justicia social, el  respeto a los derechos humanos. Las derechas proponían el mantenimiento de privilegios, que pareciera que las cosas cambiaban para que todo siguiera igual. Por supuesto ese mundo jamás era tan esquemático; en las izquierdas siempre había cacicazgos y autoritarismos, en el flanco derecho surgían  esfuerzos por la democracia.

Sobrevinieron los derrumbes ideológicos y políticos que a partir de 1989 homogeneizaron, casi, el

Estereotipos. Imagen tomada de http://desculturizate.blogspot.com

antaño polarizado escenario global. En México, las izquierdas más destacadas se mimetizaron con un segmento del viejo PRI y afloró lo peor de ellas: clientelismo, demagogia, corrupción en ocasiones; es decir, los mismos síntomas del antiguo sistema político, ahora con otras siglas. Entre las derechas asomaron sectores modernos para allanarse a la propuesta neoliberal que campearía en el mundo.

El mercado se convirtió en dogma, como decíamos recientemente en estas páginas. O más bien, la idea del mercado que han querido imponer las grandes empresas y sus afanosas expresiones tanto en la academia como en los medios de comunicación, ha pretendido que libre competencia significa hegemonía de las corporaciones más poderosas. Leer el resto de esta entrada »

Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 28, 2011 at 3:41 pm

El dogma del Siglo 21

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Publicado en emeequis, 15 de mayo de 2011

Así como en los años setenta (por supuesto, del siglo pasado) había legiones de comentaristas y académicos forjados en el catecismo marxista y para quienes la lucha de clases era ineluctable, hoy el nuevo dogma es el llamado libre mercado. La discusión pública o las pobrezas en ella, así como las decisiones políticas, suelen tomarse a partir de una esquemática colección de creencias propagadas con tanto fanatismo como hace tres o cuatro décadas se proponían versiones bastante elementales del materialismo histórico.

Esa analogía la ha subrayado Fernando Escalante en un artículo reciente (La Razón, 8 de mayo). El marxismo setentero que anidó en nuestras universidades propició la lectura crítica de una realidad a la que había muchos motivos para abominar, pero que no lográbamos entender con fórmulas de manual como las de aquel compendio de rimbombantes pero limitadas obviedades que era el librillo de Marta Harnecker. Leer el resto de esta entrada »

Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 25, 2011 at 8:26 pm

IETD. CAMBIAR A MÉXICO: EQUIDAD SOCIAL Y PARLAMENTARISMO

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Documento del Instituto de Estudios para la Transición Democrática presentado el sábado 5 de junio de 2010

La democracia mexicana se encuentra estancada. La desigualdad social crece y escinde cada vez más al país. La sociedad está desmoralizada, atemorizada y desconfiada. La clase política, ensimismada en rencillas domésticas, deambula en la incertidumbre más preocupada en su próxima cita electoral que en los problemas esenciales del país. Y la política es vista por la gran mayoría de los mexicanos, como un espacio ajeno a sus intereses.

Conferencia de prensa del IETD en el Hotel Meliá. R Trejo, José Woldenberg, Ricardo Becerra y Enrique Provencio

En ese panorama, han aparecido propuestas de soluciones aparentes para resolver el deterioro de nuestra vida pública. A partir de diagnósticos sesgados por el interés político, la simpleza analítica o la desmemoria histórica, se ha puesto de moda considerar que las decisiones que hacen falta solamente puede tomarlas un gobierno homogéneo y fuerte, que no tenga contrapesos eficaces en la diversidad de los partidos que se expresa en el Congreso de la Unión. Nos parece que ese punto de vista se encuentra profundamente equivocado y que, lejos de remediar los problemas de nuestro sistema institucional, conduciría a un retroceso autoritario, acentuando las capacidades discrecionales de un presidencialismo del que, a fuerza de cambios parciales aunque insuficientes, nos hemos venido liberando en las décadas recientes.

La sociedad mexicana es más diversa que nunca. El único camino para consolidar un sistema político capaz de representarla y gobernarla, radica en reconocerla, llevando a partidos y al Congreso, esa diversidad. Estamos convencidos de que la pluralidad, lejos de amenazarlos, constituye la mejor garantía para la estabilidad y el desarrollo de la sociedad y la política.

La pluralidad no tiene la culpa de los desaciertos y las insuficiencias de los políticos. El reconocimiento de la pluralidad constituye la conquista más importante del tránsito democrático que los mexicanos hemos experimentado y consolidado en los lustros recientes. Ahora es tiempo de que, asumiéndola como parte de nuestra naturaleza política y social, le demos plena presencia en las instituciones que nos gobiernan.

Hacia una segunda transición

La población mexicana experimenta un sentimiento de fracaso generalizado que se trasmina en casi todas las áreas de la vida nacional: la económica, la política y aún la actividad cultural: abstenerse de invertir; cancelar proyectos para tiempos mejores; incursionar en los circuitos de la informalidad o la ilegalidad; marcharse del país; renunciar a tomar riesgos; excluirse de la vida pública; una moral social cargada de valores negativos y proclives al conservadurismo o incluso, a la superstición; retroceso de los valores laicos. Se trata de un círculo vicioso que alimenta permanentemente la desconfianza de los ciudadanos en sus dirigentes y en las instituciones políticas.

El cambio democrático ocurrido en México, la salida del autoritarismo, la histórica conquista de libertades políticas, la transición en síntesis, ocurrió en un contexto adverso que acentuó la vulnerabilidad y la precariedad social para la mayoría, aceleró la desintegración y minó las bases de la propia democracia, sobre todo para las generaciones que han empezado a ser adultas después del año 2000.

El desencanto se debe, aunque sea en parte, a las desmedidas expectativas que se desarrollaron ante la alternancia en el gobierno y las nuevas reglas para la competencia política. La democracia es, no menos pero tampoco más, el régimen que permite la convivencia de la diversidad política, que construye candados para acotar a los poderes constitucionales, subordinar  a los poderes de hecho y potenciar los márgenes de libertad. Pero en México no pocos protagonistas, así como diversos comentaristas del cambio democrático, llegaron a idealizarla como la estación de llegada del desarrollo político mexicano en donde la sociedad se encontraría reconciliada y sin fisuras y en donde bastaría la acción tutelar de los gobiernos electos bajo las nuevas reglas para que tuviéramos un porvenir dichoso y sin conflictos graves.

La realidad ha confirmado que la democracia, cuando existe, permite dirimir conflictos de manera civilizada pero no garantiza el bienestar de la sociedad. Si a esa realidad añadimos el hecho de que hemos padecido gobernantes inexpertos o mimetizados con la vieja cultura política y cuyas gestiones no han significado cambios sustanciales en comparación con el régimen autoritario que prevaleció durante todo el siglo 20, tenemos las claves de un escenario propicio para la insatisfacción y el enfado sociales.

Para hacerla sustentable, eficaz y compartida por la sociedad, la democracia requiere de un horizonte de todos y para todos. Y no es ese el perfil que ha tenido el quehacer político preponderante durante los años recientes. La democratización del país fue posible gracias a los esfuerzos conjuntos de gobiernos y oposiciones, además de la contribución de organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, académicos e intelectuales. Hoy se requiere un esfuerzo similar para edificar una casa común que logre trascender el archipiélago de clases, nuevas castas, grupos, tribus y pandillas en el que se está transmutando el país. Es hora de emprender una “segunda transición”, ahora desde la democracia, hacia una sociedad cohesionada e igualitaria en sus derechos.

Pese a reformas, desigualdad social

En los partidos hegemónicos y en algunos segmentos de la opinión publicada, se ha desarrollado la presunción de que la diversidad política impide que se acuerden y aprueben las reformas que le hacen falta al país. También se llega a decir que en México no hemos tenido reformas importantes en las décadas recientes.

La historia contemporánea desmiente esas suposiciones. Desde los años 80 y especialmente en los 90, cuando el régimen de partidos comenzaba a fortalecerse y luego fue una realidad inevitable en el Congreso, el Estado pudo aprobar importantes –aunque con frecuencia discutibles– reformas estructurales para la economía. Las políticas de privatización que crearon nuevos polos de poder financiero, los acuerdos comerciales que nos involucraron en una globalización sin desarrollo suficiente, la apertura a la inversión extranjera de diversas áreas de la economía, la contracción del Estado y a pesar de ello la transformación en deuda pública de importantes adeudos financieros privados y el nuevo esquema de pensiones han sido, junto a otras más, reformas estructurales surgidas bajo gobiernos de distintos signos políticos y por lo general precedidas de intensos debates. Llevamos un cuarto de siglo de reformas profundas cuya sola enumeración demuestra la capacidad estatal para hacer ajustes y cambios.

El problema entonces, no ha sido la ausencia de reformas, sino su completa indiferencia para enfrentar la desigualdad social, que constituye la dificultad mexicana más apremiante. A pesar de las reformas económicas (y también debido a ellas) México se encuentra estancado desde hace casi tres décadas, con todos sus efectos distorsionantes: pobreza indisoluble, polarización social, migración masiva, multiplicación de la informalidad, cancelación de la movilidad social. Toda una generación ha escuchado la misma promesa que se repite hoy: “tan pronto como pongamos en marcha las reformas estructurales necesarias, México tomará la senda de prosperidad”. Los jóvenes de hoy, igual que los jóvenes de ayer que crecieron confrontados con el incumplimiento de esa promesa, tienen fundado derecho al escepticismo.

La capacidad reformadora, por otra parte, también ha logrado crear instituciones democratizadoras que además de proteger derechos fundamentales logran fiscalizar la gestión de las autoridades. De eso se trata la vida democrática aun cuando los contrapesos legislativos, judiciales, regionales, se multiplican y gravitan a cada paso complicando el gobierno y las decisiones esenciales.

Cualquiera que compare la política de hoy y la de hace veinte o treinta años notará las diferencias: asentamiento de la diversidad, ejercicio más franco de la libertad, contrapesos en las instituciones estatales, coexistencia de la pluralidad, ejecutivo acotado, federalismo real, mayor publicidad de las decisiones y rendición de cuentas. No obstante, ese proceso democratizador se encuentra erosionado porque en muchos otros terrenos de la vida social las realidades son más oscuras. El tránsito democratizador ha sido acompañado no sólo por un crecimiento económico magro, sino también por una persistente desigualdad social y los fenómenos de exclusión asociados a ella, como el incremento notorio de la delincuencia, un frágil y contrahecho Estado de derecho, una vida pública estridente y, en suma, una escasa cohesión social.

Legitimar al Estado, en una sociedad plural

El pluralismo que se ha instalado en el estado nacional y que determina la vida pública mexicana carece de aliento, sus ideas relevantes son escasas y manifiesta una reiterada incapacidad para deliberar de manera franca e ilustrada. El narcisismo de los partidos, la creencia de que el control de los aparatos burocráticos es fuente de impunidades y la propensión a la discusión irrelevante, han equiparado a la pluralidad con la banalidad. A pesar de todo ello, el pluralismo es necesario en la democracia contemporánea. Si el pluralismo que hemos tenido en México resulta insatisfactorio, no ha sido por carencias de la democracia sino debido a incapacidades e impericias de la mayor parte de los actores políticos que lo han encarnado.

Esas insuficiencias del pluralismo en la vida mexicana reciente, pero además una inquietante nostalgia por las mayorías excluyentes, han conducido a la reivindicación del monolitismo en el Estado. Al confundir gobernabilidad con uniformidad, se ha llegado a suponer que la única manera eficaz de gobernar en nuestro país radica en la conformación de un bloque capaz de imponerse sobre los demás.

Esa noción de gobernabilidad es antidemocrática pues supone la supresión de la pluralidad y es contradictoria con una realidad ineludible. Aunque seguimos teniendo un régimen presidencial, desde 1997 las fuerzas políticas que llegan al Congreso están obligadas a formar coaliciones para tomar decisiones. El pluralismo que tenemos, con todos sus defectos, es una adquisición democrática de nuestra transición: puso fin al presidencialismo autoritario singularizado por numerosos abusos y arbitrariedades. Cuando se pretende restringir el pluralismo para forjar mayorías artificiales mediante dudosas reglas electorales –que buscan fortalecer un gobierno supuestamente capaz de sacar adelante, sin problemas, algunas célebres pero discutibles “reformas estructurales”– se olvida que venimos de un sistema que garantizaba mayorías automáticas para un presidencialismo sin contrapesos. Abolir el pluralismo que significa la existencia de partidos de ideologías, proyectos, dimensiones y presencia pública diversos, es una solución falsa que sólo conduciría a mayores polarizaciones y a una menor legitimidad democrática de los gobiernos sustentados en esas mayorías.

Lo que hace falta es vigorizar y hacer cada vez más representativo al Estado. Necesitamos instituciones estatales con legitimidad suficiente para que sea efectivo el imperio de la legalidad, para garantizar la seguridad y los derechos de los ciudadanos e incluso para establecer y recaudar impuestos y desarrollar una política distributiva de las dimensiones que exige la profunda desigualdad social que agobia a nuestro país. Sólo un Estado fuerte, eficaz y eficiente, crea las condiciones de una sociedad civil fuerte, exigente y organizada, así como una verdadera y cabal ciudadanía. Sólo un Estado que garantiza universalmente los derechos sociales hace posible el ejercicio igualitario de los derechos de libertad, de los derechos civiles y de los propios derechos políticos. Y sólo un Estado legitimado por su capacidad de garantizar esos derechos puede regular con eficacia y eficiencia los poderes fácticos que inevitablemente surgen de una sociedad abierta y plural.

Esa tarea requiere de coaliciones y mayorías capaces de trascender intereses puramente electorales y de coyuntura. Pero no de mayorías al servicio del presidente en turno, sino de verdaderos gobiernos de coalición sustentados en acuerdos públicos y transparentes y en proyectos de largo plazo. El mayor obstáculo no es el pluralismo político sino un presidencialismo que a lo largo de toda la historia mexicana ha mostrado sólo ser eficaz cuando se vuelve autoritario.

El reto es compartir el poder

La construcción de un verdadero Estado social y democrático, garante efectivo de los derechos fundamentales de todos los mexicanos, exige reemplazar el régimen presidencial por un régimen parlamentario, que entre otras cosas haga posible distinguir claramente a los gobiernos y sus mayorías contingentes, del Estado y sus funciones permanentes.

Esta operación requiere de un salto cultural y político de la mayor importancia. Las bases sociales de los partidos no parecen preparadas para encarar ese desafío, pero tampoco las dirigencias, los líderes y menos aún los candidatos. Hacia las elecciones del año 2012, cuando la democracia mexicana haya cumplido 15 años, el único vaticinio cierto es éste: ninguno de los partidos obtendrá mayoría congresual; gobernar sin mayoría volverá a ser condición ineluctable en el ejercicio del poder en México. Para resolver ese acertijo, sería preciso arriesgar un tipo de gobierno de coalición inexplorado en nuestra historia política.

Si los actores políticos no son capaces de extraer las lecciones básicas de la post-transición, viviremos una nueva versión de los sexenios previos, sea cual sea el partido que resulte ganador. Pero si el país es capaz de abandonar el libreto de la era política anterior, entonces México sería testigo de un proceso inédito, pluralista, más propiamente democrático: la construcción de una mayoría legislativa entre partidos diferentes, o hasta enfrentados, para poder gobernar. Allí está el hecho político que abriría una nueva época en México: compartir el poder.

Se trataría de crear una alianza legislativa, que se reflejase en la integración del gabinete y que impulsara un programa de gobierno común. No habrá popularidad ni capital político que valga, si no se sabe crear esa coalición. Existen numerosas experiencias exitosas de esa índole, en países con regímenes parlamentarios (Alemania, Reino Unido, España, Bélgica, Holanda, Dinamarca, etcétera) en los cuales resulta ineludible construir una coalición. Si no la hay, si nadie tiene mayoría en el parlamento, el gobierno es imposible.

Las recientes iniciativas legislativas presentadas por los grandes partidos (PRI, PAN y PRD), tienen la virtud de poner en el centro la discusión acerca de la “forma de gobierno”, abandonando el reiterado debate sobre las cuestiones electorales. Pero casi todos esos planteamientos acuden a “salidas mixtas” que no encauzan ni resuelven el nudo esencial: la existencia de la pluralidad política. Se recurre a fórmulas ingeniosas (segunda vuelta con elección congresual) o a fórmulas artificiosas (cláusulas de gobernabilidad) que la democracia mexicana alguna vez abandonó precisamente porque adulteraban la expresión política legítima del país real.

Parlamentarismo, para la equidad

Ya es hora de repensar el arreglo institucional en su conjunto. El formato que debemos imaginar y ensayar para resolver el problema de gobierno y la ecuación pluralista en México, es el Parlamentarismo. Ese régimen necesita que haya coalición cuando ningún partido alcanza la mayoría absoluta de escaños; una coalición para formar gobierno sin desplazar o abatir los intereses y las visiones distintas que requieren ser representadas.

El parlamentarismo exige y ofrece a la vez, precisamente eso: conversación y compromisos entre adversarios, naturalización del acuerdo, política de coalición, todas ellas prácticas ausentes en la realidad política de México. Aunque no cambiase el formato presidencial, aunque no transitáramos a un régimen parlamentario, de todos modos el futuro de nuestra democracia va a depender, cada vez más, de saber gobernar en coalición, de compartir el poder con un aliado a menudo incómodo.

Y no habrá tema de intercambio y decisiones compartidas más importante que las medidas legislativas y políticas para reorientar la economía y atemperar la desigualdad social. Al país se le está acabando el tiempo. En las dos últimas décadas, de 1990 a 2010, la población ha aumentado en 24.5 millones de personas, y en los siguientes veinte años crecerá unos doce millones más. La transición poblacional sigue madurando y estamos perdiendo el bono demográfico ante la falta de inversiones y la escasa generación de empleos. No es casual que en la última década hayan emigrado, cada año, alrededor de 450 mil mexicanos en promedio.

La experiencia internacional indica que los gobiernos plurales están mejor preparados para desarrollar cambios de esa índole. Un estudio reciente de la OCDE indica que siete de las 10 mayores consolidaciones fiscales llevadas a cabo en los países desarrollados desde 1970, se han producido bajo gobiernos de coalición. Las grandes coaliciones políticas pueden enfrentar mejor los desafíos y las resistencias de los poderes de hecho que, tradicionalmente, constituyen el principal freno a las reformas fiscales, las únicas capaces de crear las estructuras de protección y de igualdad social.

Por primera vez en la historia estamos obligados a resolver, en democracia, los problemas de la pobreza y la desigualdad. Es una oportunidad y un desafío que tienen plazo: si no logramos cambiar la estructura del ingreso en la década que comienza, México habrá dejado de ser un país de jóvenes sin empleo, para convertirse en una nación de viejos empobrecidos y sin seguridad ante la vida. La riqueza para preparar y sostener a esa generación y a ese futuro debe ser creada y distribuida desde ahora, creciendo, echando mano de aquello con lo que contamos y hemos producido en las transiciones del nuevo siglo: márgenes de libertad y pluralismo como nunca los tuvimos pero escuchando, ahora sí, el mensaje igualitario de la democracia.

México D.F., 5 de junio de 2010

Instituto de Estudios para la Transición Democrática

IETD, A.C.

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 5, 2010 at 8:07 pm

Ante Cuba, silencios y doble moral

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Varios lectores reaccionaron con virulento encono al comentario que apareció en este espacio a comienzos de la semana pasada, cuando me referí a la muerte del disidente cubano Orlando Zapata. Las apostillas desbordantes de ira son frecuentes en el periodismo en línea, en donde las reacciones de los lectores pueden quedar registradas y junto con ellas sus pareceres y animadversiones. Cuando se abordan temas sensibles y respecto de los cuales hay opiniones contrapuestas, las réplicas suelen estar cargadas mucho más de emociones que de razones. En este caso me llamó la atención el enojo de algunos y el asombro de algunos otros lectores que coincidían en rechazar mi interpretación de la muerte de Orlando Zapata.

Guillermo Fariñas, también en huelga de hambre

Recluido desde hace 7 años por delitos menores, Zapata fue radicalizando su oposición al régimen cubano conforme aumentaban las sentencias en su contra. Albañil, negro y perseguido por el gobierno, mantuvo varias huelgas de hambre para ser reconocido como preso político hasta que en la última de ellas, al cabo de 86 días de ayuno, falleció el 23 de febrero. La precaria oposición al gobierno de la familia Castro ha denunciado que a Zapata las autoridades de la cárcel le llegaron a negar agua para beber, lo cual precipitó su desfallecimiento. Esa circunstancia, las torturas y los golpes que padeció por años, la negativa a satisfacer cualquiera de las modestas exigencias de ese prisionero e incluso la persecución a quienes intentaron asistir a sus funerales, permiten afirmar que a Orlando Zapata lo asesinó el gobierno de Cuba.

Los lectores que están en desacuerdo con esa interpretación se dividen entre quienes consideran que soy “un vocero de la gusanera de Miami” y aquellos que, con más indulgencia, suponen que estoy mal informado. A los primeros, bastaría con mandarlos a freír espárragos (o lo que puedan) porque con las necedades y los insultos es imposible polemizar en el terreno de las ideas. A los otros, le agradezco su comprensión pero me parece que en todo caso no soy el único que considera, a partir de hechos ampliamente conocidos, que Zapata fue víctima de un crimen del Estado cubano.

Las reacciones de esos participativos lectores son sintomáticas del ánimo que prevalece en México acerca de la situación cubana. Durante décadas hemos sabido que en esa isla no hay libertades ciudadanas, a la disidencia se le persigue sin atender a formalidades legales, la prensa libre y la competencia política son prácticamente inexistentes. Apenas desde hace pocos años, gracias a Internet, algunos cubanos que no han querido allanarse al pensamiento único que propaga e impone su gobierno han dejado testimonio de esa situación.

En Cuba, al mismo tiempo, la desigualdad social no adquiere la ofensiva polarización que hay en el resto de América Latina. La gente tiene educación, salud y alimentación aunque sea con grandes privaciones. La revolución ha implicado cambios sociales aunque con regresión o estancamiento de la política.

Para no pocos mexicanos, los méritos sociales del régimen cubano son suficientes para dispensar las prohibiciones políticas. Esa condescendencia se fortalece debido a la simpatía que le hemos tenido a Fidel Castro debido a su enfrentamiento con Estados Unidos. Lo que no hemos querido reconocer, por lo general, es que ese atractivo antiimperialismo es acompañado de un comportamiento autoritario y despótico respecto de la sociedad cubana.

La izquierda mexicana ha sido especialmente esquizofrénica respecto del régimen de la familia Castro. La lucha por los derechos políticos, que es una bandera de las izquierdas en nuestro país, enmudece cuando se trata de Cuba. Los dirigentes reputados como de izquierda suelen exigir, y en buena hora que lo hagan, respeto para la democracia en cada uno de los municipios mexicanos y en cada país del mundo en donde las tensiones políticas ponen en riesgo las libertades de expresión, organización y participación. Pero se cuidan mucho de referirse a Cuba cuando levantan esos, por lo demás, plausibles reclamos.

Tales izquierdas llegan a ser no solamente omisas –o remisas–, sino incluso traicionan sus principios cuando se refieren a episodios como la muerte de Orlando Zapata. La reivindicación de los derechos humanos es condición esencial del pensamiento de izquierdas en cualquier latitud. Las izquierdas mexicanas son muy vigilantes de esas prerrogativas de los ciudadanos. Pero el discurso humanitario, que debiera existir en todas las circunstancias para serlo realmente, queda suspendido a propósito de Cuba.

Un patético cuan vergonzoso ejemplo de moral a medias –es decir, de plena inmoralidad– en este campo, lo acaba de ofrecer la senadora Rosario Ibarra de Piedra. Esa defensora de numerosas causas humanitarias, considera que el gobierno cubano “es honrado y no es asesino”. Y, peor aún, sostiene que en la muerte de Zapata “no hay responsabilidad, ellos quisieron ponerse en huelga de hambre, fue un hecho que le nació de su manera y de su conciencia”. Así nomás.

La senadora Ibarra ha defendido presos políticos, ha estado ella misma en varias huelgas de hambre y sabe que ese es un recurso último de los luchadores sociales no porque tengan vocación martirológica sino porque buscan presionar a sus gobiernos. ¿Qué diría la senadora Ibarra si hubiera fallecido alguno de los participantes en las huelgas de hambre que ella ha patrocinado? Seguramente no declararía, con tanta irresponsabilidad, que se habría tratado de muertes voluntarias.

Junto a la locuacidad de esa izquierda botarate, se puede apreciar también el silencio del gobierno mexicano. Ni la Cancillería, ni el presidente Calderón, han deplorado el deceso de Zapata y mucho menos han condenado las circunstancias que provocaron esa muerte. Otro disidente cubano, Guillermo Fariñas, está en huelga de hambre desde hace 16 días y ha tenido que recibir atención hospitalaria debido a la debilidad extrema que lo está aquejando. Fariñas, que mantiene la huelga de hambre en su casa en Santa Clara, exige la libertad de 26 presos políticos en ese país.

Una auténtica izquierda, exigiría que esas demandas fueran tomadas en serio y auspiciaría la apertura política en Cuba. Un gobierno verdaderamente comprometido con los derechos humanos, habría expresado su malestar por la muerte de Zapata y estaría preocupado por el destino de Fariñas. No son esas las izquierdas ni el gobierno que tenemos en México.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

marzo 12, 2010 at 4:18 am

Enríquez-Ominami, una izquierda capaz de esperanzar

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Ayer por la mañana en Santiago de Chile, antes de ir a votar, Marco Enriquez-Ominami fue a visitar la tumba de su padre como él mismo relata en su espacio en Twitter: “es más joven que yo y le hablé de él a mi hija de 5, de lo que sonaba él. Emocionante. Ahora a votar”. Diez horas más tarde, sabría que perdió las elecciones presidenciales por un margen considerable.

Sebastián Piñera, el candidato de derechas que hizo campaña apoyado en los medios de comunicación de los que es propietario, obtuvo el 44% de los votos. Eduardo Frei, que ya fue presidente hace 10 años y encabeza a la Concertación de Partidos integrada por socialistas y demócrata cristianos, alcanzó casi 30%. Ellos disputarán el 17 de enero la segunda vuelta de la elección presidencial.

El candidato comunista Jorge Arrate recibió casi el 6% de los votos y Enríquez-Ominami, algo más del 20%, de acuerdo con el cómputo que se realizaba anoche.

Ese porcentaje pudiera ser exiguo para una candidatura que en algún momento pareció competitiva, pero al mismo tiempo resulta cuantioso si se toma en cuenta que hace un año Enríquez-Ominami no era candidato presidencial.

La postulación de ese cineasta de 36 años, conmovió al panorama político chileno porque rompió con la ortodoxia de las viejas izquierdas y utilizó de manera intensiva los nuevos medios de comunicación en busca del respaldo de los electores más jóvenes.

Marco Enríquez-Ominami es hijo de Miguel Enríquez, el dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que apoyó muy activamente al gobierno de Salvador Allende y que después del asesinato del presidente socialista chileno se dedicó a luchar en la clandestinidad contra la dictadura militar. Un año más tarde, el mismo Miguel Enríquez fue asesinado en un enfrentamiento con la policía de Pinochet. Tenía 30 años. Menos, en efecto, que los que tiene ahora su hijo.

Marco Enríquez había nacido tres meses antes del golpe militar. Junto con su madre, la periodista y organizadora social Manuela Gumucio (que hoy es una de las promotoras más tenaces de la radiodifusión comunitaria en América Latina) estuvo asilado en París, donde hizo sus primeros estudios. Su madre se casó más tarde con Carlos Ominami, economista chileno que luego sería secretario de Estado y senador en su país. Marco Enríquez-Ominami asumió los apellidos de sus dos padres y encuentra en ambos parte de sus motivaciones políticas: “De Miguel, aprendí la rebeldía. De Carlos, la tenacidad”.

A su regreso a Chile, después de la dictadura, Enríquez-Ominami hace cine –con éxito constatable en diversos premios internacionales que recibió– y se involucra en política desde la Universidad. En una breve autobiografía que publicó ayer en el periódico El Mercurio, relata lo difícil que inicialmente le resultaba hacer política: “Defraudé a más de alguien que esperaba encontrar en mí al reflejo de las mismas ideas que sostuvo mi padre casi 20 años antes. Sospecho que la intensidad de las convicciones de Miguel es siempre una vara muy alta y creo que nadie puede prejuzgar qué haría él si por estos días estuviera con nosotros. Pero también creo que ser de izquierda, ser demócrata, ser radical y ser progresista, no pueden ser lo mismo en el siglo XXI que en plena Guerra Fría”.

Ser de izquierda pero tratando de sacudirse dogmas e inercias, ha sido una búsqueda difícil para Enríquez-Ominami. En 2006 fue  diputado por el Partido Socialista. La notoriedad que alcanzó gracias a su actividad legislativa pero también debido a sus apellidos, lo convirtió en símbolo de un estilo fresco en el quehacer político. En enero de 2009 intentó registrarse para competir por la candidatura presidencial del Partido Socialista y de la Concertación pero las rígidas normas que existían para esa postulación, en donde solamente podrían competir los precandidatos propuestos por los dirigentes nacionales de los partidos, lo dejaron fuera de la competencia. En junio pasado, Enríquez-Ominami renunció al Partido Socialista y reunió las firmas ciudadanas que requería para, de acuerdo con la legislación chilena, presentarse a las elecciones presidenciales como candidato independiente.

La intensa e inteligente utilización de Internet, la construcción de un discurso contra las desigualdades sociales gracias a la solidez del Estado pero sin prescindir de las fuerzas del mercado y la apuesta por un estilo que rompa la esclerosis que identifica en la clase política, hicieron de esa una candidatura mediática pero también socialmente atractiva.

En 2003 Marco Enríquez-Ominami dirigió el documental “Los héroes están fatigados” en donde parte del recuerdo de su padre para preguntarse qué fue de esa generación de luchadores por el cambio social. Unos, fueron asesinados por la dictadura militar. Otros más, terminaron en las burocracias políticas. “Los héroes están fatigados” puede verse en línea y, relatado por el propio Enríquez-Ominami, comienza explicando quién fue su padre, el secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Miguel Enríquez. “Era una suerte de Che Guevara un poco más austral”, dice. Pero lejos de la consagración hierática, añade: “sus seguidores aun le cantan con fervor en algunas salas municipales. Pero sus ideas ya no entusiasman”.

Desde la época en la que murió Miguel Enríquez, en Chile, dice el cineasta, “el verdadero cambio es que los ricos son aun más ricos. En cuanto a los chilenos, no son ni más suicidas ni más rebeldes que en su época. Pero han perdido toda esperanza. Con el tiempo aprendieron que para hacerse escuchar por el poder, no pueden contar más que con ellos mismos”. Con ingeniosos recursos narrativos, el documental recoge el testimonio de algunos de aquellos militantes socialistas y narra la negativa del entonces presidente, Ricardo Lagos, a conceder una entrevista para ese trabajo cinematográfico.

A Enríquez-Ominami le parece que el cine, “no es algo tan lejano a la política, ya que el realizador cuenta historias, plasma perspectivas, maneras de mirar lo que pasa alrededor y muchas veces intenta expresar lo inexpresado. En el cine, como en la política, hay momentos para los grandes temas y también para los que parecen menores y el talento está en ser capaz de vincularlos y darles sentido”.

A lo que dio sentido, por lo pronto, fue a una atractiva y renovadora campaña. En unos cuantos meses, Enríquez-Ominami catalizó el desencanto de un segmento importante de los electores y construyó una opción distinta de la derecha y la izquierda tradicionales. La votación que alcanzó ayer lo hace aspirante demasiado prematuro a las elecciones presidenciales de 2014. Antes de eso, tendrá que resolver qué hace con ese capital político en la segunda vuelta electoral que tendrá lugar dentro de cinco semanas.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 14, 2009 at 5:16 am

Publicado en América Latina, Izquierdas

Realmente existente

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Texto publicado en emeequis

Los amigos que conducen un instituto de estudios relacionados con asuntos de la democracia organizaron para este fin de semana una mesa redonda en la que participarían un representante del PRD y otro del PSD. A esa reunión la denominaron “La izquierda electoralmente existente”.

Con mucha frecuencia y más por flojera analítica que como resultado de un diagnóstico escrupuloso al PAN se la ubica en la derecha, al PRD en la izquierda y al PRI, casi por omisión, en el centro. Otra clasificación, con mayor intencionalidad pero tampoco rigurosa, considera que hay un polo conservador dominado por PAN y PRI.

Decir que el PRD y el Socialdemócrata son de izquierda puede ser resultado de la costumbre y la inercia pero también de un indulgente voluntarismo, sobre todo cuando hay elecciones cercanas. Buena parte de los votantes de esos partidos considera que, respaldándolos, enfrenta a la derecha panista-priista. Y en contraposición a esas opciones, considera que está votando por la izquierda.

Si la izquierda contemporánea es el compromiso con la democracia y la vocación por la justicia social se necesita cara dura, o confiar en la desmemoria de la gente, para postularse como tal desde partidos que rebosan de artimañas y chanchullos  como el PRD, o que han sido asaltados con persecuciones y porros como el Socialdemócrata.

Hay un amplio catálogo de valores que las izquierdas de todo el mundo comparten, ciertamente con inconsistencias, en su práctica política. Las izquierdas suelen reivindicar el papel del Estado en la economía, pero en la crisis financiera y ahora productiva que recorre al mundo ese ya no es un signo peculiar. Las distinciones radican en la manera como se asume esa conducción estatal.

Por lo general las izquierdas plantean mayores impuestos para que, así reforzadas, las finanzas públicas estén en condiciones de respaldar el desarrollo de la sociedad. Sin embargo en México es infrecuente que los partidos, incluyendo a los que algunos consideran de izquierdas, propongan incrementos de impuestos.

La ausencia de una auténtica política fiscal no es un dato menor. Quizá debido a que muchos de sus integrantes se formaron en el sistema priista, y en el otro extremo porque algunos más lo hicieron en constante contraposición con el poder político, en partidos como el PRD no suele haber confianza en el Estado. Al Estado, una gran cantidad de dirigentes y adherentes perredistas lo ven como fuente de utilidades privadas y casi nunca como institución capaz de beneficiar a la sociedad.

Entreveradas así sus tradiciones priista y revolucionaria (una, solidificada al amparo del Estado mexicano; la otra, encandilada con la posibilidad de acabar con él) el PRD y sus satélites carecen del compromiso programático que en otros sitios define a las izquierdas. En casi todo el mundo las izquierdas se apoyan en movimientos de masas o promueven su desarrollo. En México, los partidos considerados de izquierda solamente buscan clientelas.

Hay demandas de las izquierdas que a veces pasan por esos partidos. El derecho al aborto es una de ellas. Pero una golondrina no hace programa.

Curándose en salud, los organizadores del seminario al que me he referido aludieron a PRD y PDS como “La izquierda electoralmente existente”. De entrada, descartaron al PT y a Convergencia que tienen casi los mismos méritos para ser considerados de izquierda. Es decir, prácticamente ninguno.

Ese título remite a la manera como durante muchos años se denominó, precisamente en el campo de las izquierdas, a los regímenes burocráticos, sobre todo de Europa del Este, que como tenían o decían tener economía planificada eran considerados socialistas. Pero como además eran autoritarios –y a veces profundamente sanguinarios– fueron calificados como “realmente existentes”.

El socialismo realmente existente era un eufemismo para soslayar la antidemocracia de aquellos gobiernos. Con el mismo método podríamos considerar que bajo la égida corporativa del SNTE, en las escuelas mexicanas hay una calidad de la enseñanza realmente existente. O que el gobernador de Puebla, o el policía que nos extorsiona, practican una honestidad realmente existente. O podría considerarse que en las calles de nuestras ciudades padecemos una seguridad realmente existente.

Antes de resolver nuestras nostalgias ideológicas con fórmulas retóricas, convendría apostar por el significado estricto de las palabras.

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 14, 2009 at 8:25 am

Publicado en Izquierdas

Othón Salazar

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emeequis, 14 de diciembre

Mostrador

Cansado de lidiar con un contexto político que le desagradaba pero que sobre todo le resultaba inútil para bregar por las causas sociales que le interesaban, el 14 de octubre de 1998 Othón Salazar Ramírez renunció al Partido de la Revolución Democrática. “Poco a poco, sentí que la política perredista se alejaba de mi pensamiento marxista, de mis ideales socialistas y de los planteamientos de fondo sin los cuales nada puede decirse del futuro revolucionario de la sociedad mexicana”, dijo en aquella ocasión.

Othón Salazar había cumplido 74 años y como se dice en estos casos, aunque tratándose de él era una descripción puntual, tenía toda una vida de lucha. Nació en Alcozauca, el pueblo en La Montaña de Guerrero al que en los años ochenta colocó en la geografía política cuando logró que el Partido Comunista ganara la presidencia municipal. Diputado federal en 1979 y 1991, quiso vivir para las causas de izquierda desde que, muy joven, se acercó a los comunistas.

Maestro normalista, desde comienzos de los años 50 Salazar coincide con los grupos de profesores que pugnan por mejores salarios a la vez que intentan democratizar a su sindicato. Participa en la creación del Movimiento Revolucionario del Magisterio y en junio de 1958 es electo secretario general de la sección IX del SNTE, en la ciudad de México. En septiembre de ese año es encarcelado.

Dos años después sería destituido como profesor. Durante medio siglo, esperó en vano que la SEP lo rehabilitara en su plaza magisterial. Sucesivos secretarios de Educación rechazaron o esquivaron esa petición. Todavía recientemente, el diputado Carlos Rojas le solicitó a la titular de la SEP la reinstalación del profesor Salazar. La respuesta de Josefina Vázquez Mota, si la hubo, no se conoció.

Su oratoria elegante y rotunda, el profundo compromiso con los pobres y quizá, sobre todo, una sencillez forjada en las penurias económicas pero especialmente en las convicciones igualitarias, hicieron de Othón Salazar un personaje querido, respetado, convincente, entrañable. Una vez excarcelado, participó en campañas y esfuerzos del Partido Comunista. Luego transitó por fusiones y alianzas de las izquierdas que lo llevaron al PSUM, al PMS, al PRD.

“Finalmente salí del PRD porque en sus filas no tenían cabida los ideales por los que he luchado toda mi vida”, le dijo a la socióloga Amparo Ruiz del Castillo que recogió sus memorias en el libro Othón Salazar y el Movimiento Revolucionario del Magisterio (Plaza y Valdés, 2008). En aquella renuncia, presentaba un retrato enterado y crudo de lo que desde entonces era ese partido: “Espíritu electoralista, intereses particulares y de grupo, vacío de identidad ideológica son, entre otros, rasgos dominantes de la vida actual del PRD. Cada día más, las diferencias políticas entre PRD y PRI se van reduciendo a cuestiones de forma”.

El destinatario de aquella renuncia era el entonces presidente nacional perredista, Andrés Manuel López Obrador. Ni él, ni ningún otro de los dirigentes del partido, hicieron algo para disuadir a Salazar. Les resultaba incómodo. Entonces ingresó a Democracia Social, el partido encabezado por su antiguo camarada Gilberto Rincón Gallardo y que en 2000 perdió su registro por falta de votos. Cuando Rincón se fue a trabajar al gobierno del presidente Fox, Salazar se distanció de él. Años más tarde abrigaba la quimera de refundar el Partido Comunista.

Los pobres de La Montaña fueron empeño y tristeza constantes para Salazar. Hace apenas un mes, en un hermoso artículo, Julia Carabias relató cómo, a comienzos de los 80, el maestro Othón la persuadió para desplegar en Alcozauca un proyecto de desarrollo sustentable que sería el punto de partida para una línea de políticas ambientales que se extendería en los siguientes años.

Con la misma preocupación, en sus últimos años Othón Salazar gestionaba recursos para paliar la pobreza infinita de sus paisanos, lo mismo que levantaba iniciativas para acercar a las fuerzas de Guerrero y el país capaces de postular una nueva coalición política. Enfermo desde hace algún tiempo, se fue a morir a Tlapa en donde falleció el 4 de diciembre.

De cuando en cuando, el profesor Salazar me llamaba para platicar sus proyectos. Voy a extrañar pero también a recordar siempre, con emoción y orgullo, aquellas llamadas colmadas del entusiasmo que solamente brindan las convicciones macizas y las esperanzas diáfanas y que invariablemente comenzaban con un cálido y generoso: “¡Hermanito, ¿cómo estás?!”.

Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 14, 2008 at 12:30 pm

Publicado en Izquierdas, Sindicatos

El reventador

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emeequis, 2 de noviembre

Mostrador

Si López Obrador hubiera sido presidente, es altamente posible que el gobierno hubiera aceptado la participación de inversionistas privados en tareas de expansión y modernización de Pemex. Así lo anticipaba su “Proyecto Alternativo de Nación”. Pero como la iniciativa legal para que esa inversión fuera posible la presentó por Felipe Calderón, entonces se le tildó de antipatriótica, neoliberal y embaucadora.

No es esa la única, ni la más importante, de las inconsecuencias del cada vez menos denominado “presidente legítimo”. Pero permite ilustrar las torceduras de la discusión que se libró durante varios meses en torno a la reforma petrolera.

Las propuestas del gobierno fueron ideologizadas. Más que opciones técnicas y financieras, se discutieron escenarios maniqueos. Ante la indolencia argumental del gobierno que pretendió defender sus posturas a golpes de spots pero sin explicaciones ni datos claros, terminó por predominar el activismo retórico y callejero de sus antagonistas. Tanto así, que ahora el presidente Calderón festeja la reforma que aprobaron los partidos y que es notablemente más limitada y modesta en comparación con la que él propuso en abril pasado.

La reforma tiene avances que no son desdeñables. Pemex podrá desarrollarse sin que el país signifique un lastre para esa empresa y tendrá nuevos espacios de supervisión y gestión. Pero no se ha precisado de qué manera compensarán las finanzas públicas el boquete que abre la ausencia del respaldo hasta ahora otorgado por la renta petrolera.

Tampoco es claro si los recursos que deje de entregarle al Estado serán suficientes para que Pemex –sobre todo ahora que se desplomó el precio del crudo– emprenda las tareas de exploración y expansión a las que se pretendía apuntalar con inversión privada. Varios de quienes, dentro y fuera del gobierno, sostuvieron durante varios meses que únicamente la asociación con empresas privadas le permitiría a Pemex buscar y extraer crudo en aguas lejanas y profundas, ahora se dicen satisfechos con la reforma. Exageraron antes, o mienten ahora.

Para mentiras, sin embargo, las de López Obrador. Nunca quiso promover reformas de ley. Por varios meses, apostó a un discurso remolón y equívoco. Su único afán era bloquear las propuestas del gobierno y hacer de este largo y complejo episodio un nuevo fracaso para Felipe Calderón. Por eso, como relata el espléndido reportaje publicado la semana pasada en emeequis, cuando le explicaron los avances que el PRD y la propuesta diseñada por varios especialistas habían logrado en la negociación con otros partidos, el ex candidato presidencial insistió: “¿Y no hay manera de reventar la reforma?”.

Esa, la de reventador, es la vocación en la que ha resuelto encasillarse López Obrador. A los dirigentes de la corriente renovadora dentro del PRD, que promovieron cambios importantes en la reforma petrolera, les costó varios desencuentros y desaires constatar que con ese personaje es imposible hacer política. Aun está por verse, sin embargo, si se hacen cargo de ese aprendizaje o terminan disimulándolo como han hecho en otras ocasiones.

También aprendieron algo de la reticencia de López Obrador y los suyos para respetar acuerdos los diputados que aceptaron recibirlo el martes 28 de octubre, horas antes de aprobar la reforma petrolera. Quizá llegaron a suponer que la comparecencia en San Lázaro del personaje que dos años antes mandó al demonio a las instituciones, tendría un pedagógico simbolismo. Sin embargo la cara dura de López Obrador está a prueba de cualquier ejercicio de memoria y congruencia. Llegó a endosarles a los legisladores un rosario de exigencias y amenazas. Más tarde, los diputados que le siguen siendo incondicionales ocuparon la tribuna para entorpecer los trabajos de la Cámara.

Hay quienes consideran que, gracias a la intensa exposición pública y a la docilidad con que los medios de comunicación se mimetizaron a su agenda en los días recientes, quien más réditos políticos cosechó en este proceso fue López Obrador. Pero si recordamos que al “presidente legítimo” no le interesaba promover modificaciones legales sino impedir cualquier reforma, quizá se pueda advertir que, en realidad, López Obrador es el gran perdedor de este episodio. Por lo menos, y a pesar de la vocinglería de sus seguidores más exaltados, parece claro que se está quedando cada vez más solo.

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Written by Raúl Trejo Delarbre

noviembre 3, 2008 at 2:01 pm

Nostalgia por la izquierda

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La Crónica, jueves 24 de julio

A la izquierda, a las izquierdas mexicanas, se les puede reconocer en su historia. Pero resulta prácticamente irremediable desconocerlas en sus prácticas más extendidas y distinguidas. Durante décadas de sobrevivencia a persecuciones y coacciones de toda índole, las izquierdas en México se singularizaron por la tenacidad militante, la solidez discursiva, la integridad política. Trosquistas y maoístas, socialistas y comunistas, exégetas de las masas y marginados de la sociedad real, a los hombres y las mujeres de izquierda en México los singularizaban la ideología y la actitud. No se trataba necesariamente de personas templadas en el acero de convicciones inflexibles sino simplemente de mujeres y hombres para quienes el compromiso era más importante que las componendas. Abrigaban, cada cual según la corriente, el referente o la secta de sus preferencias, un cuerpo doctrinario al cual ceñían sus concepciones de la realidad. Y por lo general conservaban una conducta distinta del convenencierismo y el pragmatismo predominantes. Las izquierdas en México contaban con ideas, aunque a menudo fuesen discutibles. Y tenían autoridad moral delante de un sistema político de prácticas tan descompuestas como el que ha prevalecido en este país.

Eso terminó, pero no necesariamente en beneficio de los ideales ni de la integridad que singularizaban a nuestras izquierdas. La transición política mexicana fue en alguna medida resultado del empuje de las izquierdas, que no vacilaron en acortar o aplazar algunas de sus esperanzas e incluso en renunciar a sus identidades políticas con tal de impulsar nuevas opciones y ensanchar los márgenes para la democracia electoral. La generosidad con que el Partido Mexicano Socialista contribuyó con registro, patrimonio, historia, infraestructura y afiliados para la creación del PRD en 1989, a menudo se olvida cuando repasamos qué ha sucedido, y por qué, con nuestras izquierdas. Aquel PMS aportó el vehículo, el motor, la gasolina y parte del camino andado para impulsar al nuevo partido. Pero apenas comenzaba a circular, otros conductores se apropiaron del volante y la ruta que tomaron se entrecruzaba con los tortuosos senderos de la vieja política.

Por méritos propios gracias, fundamentalmente, al desarrollo que experimentaron entre las clases medias y al envión que encontraron en nuevos movimientos sociales, pero también merced a connivencias y clientelismos que en nada se distinguieron de los que durante largo tiempo habían practicado el gobierno y su partido, las izquierdas experimentaron un auge inédito y alcanzaron posiciones de poder político. En dicho tránsito, expuestas a las dificultades que siempre implican la gestión y las responsabilidades públicas, esas izquierdas mexicanas en vez de transformar al poder político se mimetizaron con él.

Cada vez ha sido más difícil encontrar diferencias de fondo entre la supuesta razón de Estado con que trataban de justificar excesos los presidentes bajo el régimen del PRI y las coartadas políticas con que no pocos gobiernos del PRD, entre ellos los que han estado a cargo de la ciudad de México en los años recientes, intentan legitimar abusos, tráficos de influencia y exacciones a los recursos públicos. Cada vez ha sido menos clara la diferencia auténtica entre el fanatismo manipulador con que la derecha suele tratar de imponer sus creencias morales al resto de los ciudadanos y el fundamentalismo autocrático que gobiernos, partidos y grupos pretendidamente identificados con estas izquierdas acostumbran tratar al resto de la sociedad.

La intolerancia ante diagnósticos y concepciones que no se ajustan a los cartabones ceñidos por el interés del gobierno presuntamente legítimo, la denuncia de fraudes nunca fehacientemente comprobados, la sustitución del dato por la propaganda y de los hechos por las conjeturas, e incluso la imposición de costumbres y modos definidos por la corrección política, han convertido a estas corrientes y grupos en cofradías que defienden intereses pero que se encuentran muy, muy lejos de las izquierdas tal y como se les entendía en México y como se les conoce en otros sitios.

Aquellas izquierdas, en el tránsito hacia y en el pretendido realismo político, extraviaron la capacidad que tenían para diferenciarse de otras fuerzas y vertientes de la vida pública mexicana. Con la coartada de involucrarse en la política realmente existente, amplios segmentos de esas antiguas izquierdas, y sus sucedáneos, se zambulleron en los meandros de la política francamente indecente.

Es difícil sostener que esas, las que hicieron del PRD una organización reñida con la democracia, las que encabezan gobiernos que no reivindican sino que usufructúan el interés de los mexicanos más desventurados, o las que medran con banderas de presunta socialdemocracia pero con recursos de la política más primitiva, sean corrientes o personas de izquierda.

Será difícil que alguien que se identifique con las izquierdas rechace estos parámetros para reconocerlas: la reivindicación de la igualdad y la libertad, el compromiso con las reglas de la democracia, la lid por los derechos humanos. En esa tríada se encuentran elementos insoslayables para delimitar a las izquierdas. En ocasiones esos tres componentes pueden resultar demasiado amplios, sobre todo si se considera que hay otras posiciones del espectro ideológico que pueden compartir permanente o coyunturalmente algunos de ellos. En todo caso no parece excesivo considerar que si bien no todos aquellos que hagan suyos algunas de esas coordenadas son de izquierdas, en cambio sí se puede sostener que no hay izquierdas que no compartan por lo menos esos tres principios: el apremio incansable de igualdad y libertad, la identificación con la democracia y sus procedimientos, la salvaguardia de los

derechos humanos. Definir puntualmente a las izquierdas resultaría arduo y complejo, sobre todo por la variedad de posiciones y preferencias que hay entre ellas. Pero determinar algunos de los comportamientos que no son de izquierdas resulta ilustrativo.

No es de izquierda proferir grandilocuentes parrafadas colmadas de alusiones al pueblo, a los pobres y a los desamparados, para después oponerse a políticas de Estado que tienden a paliar algunas de las carencias de esos sectores.

No es de izquierda participar de acuerdo con las reglas que hemos creado para la competencia política y, cuando se pierde, mandar al diablo a las instituciones.

No es de izquierda pretender que un movimiento o un partido político queden supeditados al humor y los intereses de un caudillo, por dicharachero o voluntarista que pueda ser.

No es de izquierda bloquear la discusión parlamentaria, ni enfrentar solamente con desplantes retóricos la deliberación de los grandes temas nacionales. De hecho en una sociedad moderna, en donde la circulación tanto de ideas como de personas es básica en la construcción de entendimientos, no es de izquierda ningún tipo de bloqueo.

No es de izquierda medrar clientelarmente con la necesidad de los ancianos, las mujeres o de cualquier otro sector de la sociedad al que se le ofrezcan beneficios a cambio de su adhesión política.

No es de izquierda pretender que el adversario político es un enemigo al que resulta preciso exterminar.

No es de izquierda (jamás lo ha sido, jamás lo será) contratar golpeadores para desvirtuar el resultado de una asamblea ni beneficiarse de prácticas de esa índole.

No es de izquierda encargarse durante varios años de la seguridad pública de la ciudad más grande del país, sin renovar a los cuadros ni a las prácticas policiacos conocidos por sus amafiamientos corruptos y su antagonismo con la justicia.

No es de izquierda cuestionar los errores y abusos de los gobiernos de otro signo pero soslayar los que cometen gobiernos que son supuestamente de izquierdas.

No es de izquierda condenar el corporativismo en los sindicatos tradicionales pero sustraerse al cuestionamiento de las arbitrariedades que hay en sindicatos que se reclaman de izquierda.

No es de izquierda preconizar los derechos humanos pero callar cuando son violentados por funcionarios que se dicen de izquierda.

No es de izquierda reivindicar los derechos de las mujeres pero disimular y callar cuando varias jovencitas son maltratadas, marcadas, exhibidas y zaheridas por la policía de un gobierno al que hay quienes consideran de izquierda.

No es de izquierda traficar con banderas de la izquierda sin ser congruente con sus más elementales postulados.

No es de izquierda quien nada más lo es a medias, a veces sí pero de repente mejor no. Los principios de izquierda –es decir, la reivindicación de libertad e igualdad, el compromiso con la democracia, la defensa de los derechos humanos– forman una tríada que es consistente o simplemente no es.

Una izquierda moderna tendría que reconocer las tradiciones que le anteceden sin estancarse en ellas. Habría de mirar autocríticamente la historia de las izquierdas mexicanas, que por lo general estuvieron más interesadas en aniquilar a sus adversarios internos que en construir opciones capaces de hacer política hacia el exterior de esos grupos. Sería preciso recuperar los dos atributos virtuosos de aquellas izquierdas históricas: el empeño con y por las ideas y la autoridad ética.

Para ello las izquierdas tendrían que apostar antes que nada a la igualdad (económica, social, cultural) en todas sus vertientes y no únicamente en algunas de ellas. Interiorizarse de las convicciones igualitarias, hacerlas parte de su actitud vital y real, apostar al cambio no de todos sino con todos, serían componentes de una izquierda deseable.

Esa izquierda tendría que interesarse en el crecimiento económico como sustrato del bienestar social, habría de apostar a las reformas tangibles y eficaces entendidas dentro de un proceso de cambios quizá nunca tan sólidos como la voluntad exigiría pero siempre capaces de atender una necesidad tras otra.

Una izquierda con vocación de futuro tendría que entender a la globalización como un contexto de oportunidades al que es preciso ceñir con un orden jurídico equitativo.

La izquierda necesaria debería apostar a la eficacia de la política, a la reforma de la legalidad y a suscitar el interés de la sociedad, pero siempre a partir de ideas. El del debate intelectual tiene que ser terreno propicio de las izquierdas. Una izquierda sin ideas es, simplemente, otra cosa.

Esa izquierda deseable tiene que respetar irrestrictamente a los demás como requisito para ser la más respetable de las opciones políticas. Respetar no significa condescender, ni transigir, ni mucho menos callar en aras de la placidez política. Al contrario, el de las izquierdas tendría que ser el talante más consistentemente crítico y, para ello, también autocrítico.

Una izquierda plena tiene que ser abanderada y paradigma de la tolerancia. Estaría en capacidad de serlo si tuviera convicciones firmes. Pero no se podría dar el lujo de ser tolerante con los intolerantes. Rehuir el dogmatismo, minar con una permanente crítica los resabios del fundamentalismo, enfrentar al aventurerismo, son requerimientos para una izquierda que quiera honrar y no solo usufructuar ese nombre.

Hace tres semanas el grupo de Patricia Mercado en el Partido Alternativa organizó una jornada de discusiones sobre las izquierdas en México. Este texto es parte de lo que dije en aquella reunión.

Correo electrónico: trejoraul@gmail.com

Blog: https://sociedad.wordpress.com

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Written by Raúl Trejo Delarbre

julio 24, 2008 at 11:00 am

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Indispensable Pereyra

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La granja

Nexos, junio de 2008

Sus amigos más antiguos le decían filósofo y lo era en el sentido más pleno: amigo de la sabiduría, entendida no como conocimiento escolástico sino como avidez constante para observar y, así, entender la realidad. Carlos Pereyra estudió y enseñó Filosofía, campo en el que se le reconocía por su interés crítico en el marxismo y más tarde en la reflexión sobre la democracia. Pero la búsqueda de la verdad lo llevó a interesarse, cada vez con más agudeza, en las fuerzas de la sociedad.

Tensiones en el sindicalismo, vicisitudes políticas en los estados, corrientes renovadoras en la iglesia, fundamentalismos de las derechas y desde luego extravíos de las izquierdas y antes que nada arbitrariedades del régimen priista, formaron parte del pertinente elenco de preocupaciones que Pereyra documentaba, con ostensible rigor crítico, en sus abundantes colaboraciones en diarios y revistas.

Hijo de emigrados argentinos, Carlos Alberto Pereyra Boldrini –Tuti, le apodaron desde niño– nació México en agosto de 1940. Murió el 4 de junio de 1988. Estudió en el Colegio Alemán. Todavía no entraba a la Universidad cuando presencia las movilizaciones de los ferrocarrileros y maestros que pugnaban por la autonomía sindical. Inicialmente se inscribe en la Facultad de Economía de la UNAM pero luego cambia, en 1961, a la de Filosofía y Letras. El vallejismo y la revolución cubana animan y condicionan la política de izquierdas en aquellos años. Pereyra participa en la Juventud Comunista, a la vez que en grupos de solidaridad con luchas latinoamericanas.

Pereyra pasa por el entonces perseguido Partido Comunista y luego por la heterodoxa Liga Comunista Espartaco. En esos y otros espacios constata cuán resistentes a la autocrítica y al cuestionamiento de los grandes dogmas llegan a ser simpatizantes y militantes de izquierdas cuando se consideran amparados por una coartada histórica.

En aquellos años de transición cultural al tiempo que de cerrazón política, afianza la convicción en la democracia que más tarde sería eje de su pensamiento teórico y político. A diferencia del marxismo dogmático que proponía la inevitabilidad de la Revolución siempre y cuando hubiera contradicciones suficientemente recrudecidas entre las clases antagónicas de la sociedad, Pereyra supo entender que el cambio social y político era resultado de la conjugación de circunstancias complejas. No hay un agente capaz de, providencialmente, determinar el rumbo de la historia. Ese reconocimiento, que ahora puede resultar elemental, no lo era tanto en épocas en las que la izquierda, atomizada en sectas tan voluntaristas como mutuamente enemistadas, creía disputar la conducción de la clase obrera como vía infalible a la transformación socialista.

Pereyra aborrecía ese clima de autocomplacencia pero trataba de entenderlo como parte de una cultura política que las izquierdas no superaban. Desde entonces, como relataría más tarde su camarada de toda la vida Adolfo Sánchez Rebolledo, “critica cuantas veces puede esa paulatina degradación del fondo ético e ideológico de quienes se autocalifican representantes de una vanguardia esclarecida, cuyo radicalismo tampoco será vacuna infalible contra el oportunismo más vulgar, si la hora se ajusta”.

La alternativa a esas limitaciones Pereyra las encuentra en el sindicalismo democrático. A mediados de los años 60 comienza a escribir en la revista Solidaridad, del entonces Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana. No dejaba de ser algo extraño encontrar, entre reseñas de movilizaciones y discursos de líderes sindicales, textos sobre el concepto de hegemonía en Gramsci o acerca de la idea de sociedad civil. Pereyra escribía esos artículos con el seudónimo “Manuel Gálvez”.

Desde entonces cultiva una relación de afecto y respeto mutuos con Rafael Galván, el dirigente de aquel sindicato que años más tarde sería la columna vertebral de la Tendencia Democrática de los electricistas. Su relación con ese movimiento le daba aire frente al enrarecimiento de las izquierdas. En 1972 participa en la creación de Punto Crítico, revista y a la vez grupo político con el que se identificaban los dirigentes no comunistas del movimiento de 1968, varios de los cuales acababan de ser excarcelados. Sin embargo se aparta de esa publicación, aunque no de la amistad con varios de sus promotores, cuando la revista difunde comunicados de la guerrilla que surgía en algunos sitios del país.

Años más tarde “Tuti” Pereyra contribuye a la reflexión que daría lugar al Movimiento de Acción Popular, efímero grupo que reunía a dirigentes sindicales y de los movimientos universitarios, entre otros. Si el MAP tuvo notoriedad fue porque apostaba al debate de ideas, terreno en donde las aportaciones de Pereyra eran fundamentales pero muy pronto desapareció para, en 1981, formar parte del nuevo Partido Socialista Unificado de México.

Pereyra decidió que su contribución al PSUM consistiría fundamentalmente en colaborar con el órgano de prensa del partido, llamado Así Es, nombre reveladoramente imperioso. Cada semana lo veíamos llegar puntualísimo a las oficinas del periódico en donde elegía un rincón en la mesa de redacción, sacaba algunos recortes de prensa, encendía uno de sus infaltables cigarrillos y se ponía a escribir a lápiz columnas de incomprensibles símbolos taquigráficos. El texto así pergeñado, él mismo lo mecanografiaba en impecables cuartillas. Sus temas eran los de actualidad nacional: movimientos sociales, el debate político, las grandes asignaturas en la educación, la economía, los medios.

A Pereyra no le interesaba especialmente influir en las discusiones dentro de la izquierda sino contribuir a crear un contexto de mayor amplitud, capaz de ensanchar las miras del quehacer político. Sin embargo, como describió José Woldenberg, seguía las vicisitudes partidarias con entereza más que franciscana: “Recuerdo a Carlos Pereyra en las reuniones del Consejo Nacional del PSUM. Escuchaba las interminables listas de oradores con atención y, de vez en vez, emitía un comentario sarcástico sobre el nudo de la discusión. Era, si no mal recuerdo, el único que sin formar parte del Consejo Nacional acudía, casi sin falta, a esas dilatadas sesiones en donde se procesaba aquel original proyecto de unificación de la izquierda mexicana”.

Aunque las había conocido hasta el hartazgo, a Pereyra quería entender las pulsiones y contradicciones de esas izquierdas que en aquellos años, por lo demás, parecían capaces de construir una alternativa dentro del escenario político mexicano. Ese apego, lejos de cancelar, nutría su cuestionamiento crítico entre otros motivos debido a la miopía que las izquierdas mexicanas habían decidido tener respecto del llamado bloque socialista. Carlos Monsiváis lo explicó de manera tan clara que pareciera que no se refería solamente al Tuti sino a muchos pensadores más, frecuentemente encajonados entre la solidaridad y la realidad: “A Pereyra ciertamente le resultó costoso, anímica y políticamente, trabajar dentro de una izquierda que asimiló con tal lentitud la monstruosidad del socialismo real. Se distanció del sovietismo de los comunistas… se opuso a la consigna sacra del proletariado, ‘única clase revolucionaria’, y fue muy crítico del marxismo oficial y las represiones a su nombre, pero no obstante eso debió cargar con una limitación severa, no culpa suya sino de la izquierda, que al no criticar frontalmente el universo totalitario en Moscú o La Habana, desbarataba su vertiente humanista, algo central en el pensamiento de Pereyra”.

Cuatro libros condensan las claves del pensamiento de Pereyra. Política y violencia (FCE, 1974) polemiza con las concepciones instrumentales del Estado y con las posiciones fatales acerca del cambio social. Configuraciones. Teoría e historia (Edicol, 1979) entiende a la historia como un proceso ajeno a determinismos y sometido a múltiples influencias. El sujeto de la historia Alianza Editorial, Madrid, 1984, profundiza esa discusión contra las concepciones teleológicas de la historia. Sobre la democracia (Cal y Arena, 1990) reúne, póstumamente, una selección de sus ensayos teóricos y políticos.

En el campo académico Pereyra coordinó, en los años 80, el Colegio de Filosofía de su Facultad. Además de autor riguroso, era profesor diligente. Uno de sus alumnos, Carlos Castillo Peraza, escribió hace dos décadas: “Pereyra era cumplido y puntual. Jamás aprovechó la cátedra para otra cosa que no fuera la entrega seria, serena y magistral de las lecciones que le estaban encomendadas”.

Pero el mejor testimonio de esa retroalimentación que buscaba en la realidad cotidiana para nutrir su reflexión teórica, se encuentra en sus artículos de prensa. Pereyra encontró en el periodismo la holgura que le negaba la política. Adolfo Sánchez Rebolledo lo ha dicho de manera puntual: “la claridad de Carlos es el resultado de un paciente trabajo, acompasado al ritmo de un razonamiento instruido y lógico. Pero es también expresión de una necesidad interior igualmente temprana y auténtica: Carlos aspira a insertarse en el mundo de las ideas, en este caso de la palabra escrita, para intervenir directamente en el movimiento real de las cosas” (subrayado en el original).

La pasión de Pereyra por el periodismo comenzó a mediados de los 60, cuando hizo reseñas cinematográficas para la revista Política que dirigía Manuel Marcué Pardiñas. Muchas de sus colaboraciones aparecían sin firma, pero en los ejemplares de 1965 y 1966 es posible encontrar algunas notas suscritas con las iniciales CP. A la película “El día y la hora” de René Clement –acerca de una mujer adinerada que se ve involucrada en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra– aquel comentarista la consideró demasiado distante del argumento: “La mera estructuración coherente de un relato, por más escenas bien logradas que tenga, no es suficiente para conseguir que sea acertada la narración de una anécdota. La peculiar forma con que el arte capta la realidad exige cierta totalización, una capacidad del artista para hacer trascender su relato y aprehender alguna dimensión humana”.

Desde fines de los años 60 Pereyra había colaborado, con reseñas de libros, en “La cultura en México” de la revista Siempre!. En marzo de 1972, cuando Carlos Monsiváis se hace cargo de ese suplemento, Pereyra se integra al consejo de redacción en donde permanece casi 10 años. Entre agosto de 1972 y marzo de 1975 colabora semanalmente en Novedades, de donde sale para incorporarse a Excélsior hasta los acontecimientos que desplazan de ese diario a Julio Scherer. Pereyra escribe para el semanario Proceso entre noviembre de 1976 y fines de 1981, primero cada semana y luego con ensayos que aparecían cada mes y en los cuales dejaba de padecer las limitaciones de espacio del artículo estrictamente periodístico.

En 1974 aparece Cuadernos Políticos, revista trimestral de Editorial Era en donde Pereyra, tanto en el comité editorial como en ensayos polémicos y pioneros, aporta notables dosis de amplitud e inteligencia. En 1978 participa en la fundación de Nexos en donde “miembro del consejo editorial, autor, promotor, crítico, nos acompañó siempre con una cercanía entrañable que nunca dejó de lado el rigor intelectual” según rezaba la presentación a una selección de contribuciones suyas a la revista, publicada a la muerte del filósofo (Nexos 127, julio de 1988).

También en 1978 surge unomásuno en donde Pereyra escribe hasta 1983, cuando junto con otros periodistas y colaboradores sale de ese diario para fundar La Jornada un año más tarde. En esos diarios, así como en el semanario Punto en donde escribió entre 83 y 84, Pereyra despliega la crítica rotunda que harían a sus textos indispensables para entender rutinas y rezagos del cambio político.

Pereyra no transigía con demagogias ni dogmatismos de ninguna índole. Lo mismo cuestionaba las prácticas corporativas del priismo que de algunos movimientos pretendidamente populares; le inquietaban los autoritarismos de las derechas confesionales y mediáticas tanto como los que encontraba en partidos y agrupaciones de izquierdas. Su último artículo en La Jornada apareció el 4 de mayo de 1988.

Polemista inclemente en las discusiones políticas y académicas, Pereyra sabía entender a las circunstancias en sus contextos, sin estridencias y con una serenidad que en los momentos más difíciles contrastaba con la costumbre, tanto de la política como del periodismo, a exagerar los conflictos. Sus textos tenían la contundencia del dato duro y la argumentación ordenada. Tanto que, según relata Sánchez Rebolledo, el poeta Efraín Huerta alguna vez le encareció: “un adjetivo, Tuti, un adjetivo de vez en cuando”.

Seguramente Pereyra, igual que acostumbró años más tarde, habrá contemplado a su interlocutor con una mirada juguetona, le habrá dado una reposada bocanada al Raleigh, se habrá encogido de hombros y habrá proseguido su discusión, que cuando se trataba de asuntos políticos era severa pero que en cuestión de deportes –era un filósofo con inteligencia suficiente para interesarse en el futbol– resultaba implacable.

Referencias

-Carlos Castillo Peraza, “Carlos Pereyra: In Memoriam”. La Jornada, 7 de junio de 1988.

-C.P., “El día y la hora”. Política, número 124, 15 de junio de 1965.

-Carlos Monsiváis, “Carlos Pereyra: ‘compañero, gracias por el ejemplo’ ”. Masiosare, suplemento de La Jornada, 21 de junio de 1998.

-Adolfo Sánchez Rebolledo, “Carlos Pereyra. Trazos desde la utopía”. Economía informa. Números 174 y 175, Facultad de Economía de la UNAM, mayo y junio de 1989.

-José Woldenberg, “Carlos Pereyra”. etcétera, número 279, 4 de junio de 1998.

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 30, 2008 at 1:13 am

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