Sociedad y poder

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Jorge Calvimontes. Poeta, periodista, boliviano, mexicano

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Jorge Calvimontes y Calvimontes, poeta y periodista nacido en Oruro, Bolivia, llegó exiliado a México en 1971 y desde entonces enriqueció la docencia y la convivencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Murió  el viernes 20 de diciembre, a los 81 años.

CalvimontesVarias veces tuve la oportunidad de que Jorge Calvimontes, mi viejo profesor de periodismo, me invitara a presentar algunos de sus libros. Ahora que me entero de su fallecimiento,  encuentro algo de lo que dije (y que nunca publiqué) en abril de 2005, en alguna de aquellas presentaciones.

 Comentario al libro Un relámpago de siglos. Crónica de una efímera eternidad  de Jorge Calvimontes y Calvimonte. Editorial Constate, México, 2005.

   La pasión lírica de Jorge Calvimontes se desencadena en Un relámpago de siglos. La elegía al servicio de la memoria –es decir, de la historia y las lecciones que ofrece tal recuento– es el hilo conductor de las estampas, los relatos y los cantos que aparecen en este libro.

Con infatigable vehemencia, el profesor Calvimontes se prodiga en la narración para describir primero el paisaje de los Andes bolivianos y luego las vicisitudes de algunos de quienes lo han habitado. Las figuras que este autor construye son exuberantes tanto en cantidad como en intensidad. Leer el resto de esta entrada »

Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 21, 2013 at 2:53 pm

Pedagogía del plagio

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Mostrador

Publicado en emeequis

El premio literario que la Universidad de Guadalajara y el Conaculta entregaron a un plagiario suscitó una amplia, sólida y aleccionadora reacción adversa entre escritores e intelectuales de muy variadas propensiones y adscripciones.

Ha sido una lástima –vaya, una auténtica vergüenza— que los otorgantes del premio al escritor

El “copy and paste” de Bryce fue documentado en varias publicaciones, entre ellas “La Razón” de México

Alfredo Bryce Echenique decidieran llevárselo hasta su casa en París. Pero en medio de ese carnaval de abusos y equivocaciones en el que se enredaron miembros del jurado, autoridades de la UdeG y el Conaculta y algunos amigos del escritor tan deshonrosamente premiado, se puede reconocer el mérito de una impugnación que incluyó numerosas voces.

Entre septiembre y octubre aparecieron docenas de artículos de prensa que fueron del asombro y el sarcasmo, a la exigencia intelectual, moral y política para que el premio no fuese entregado. Esa profusión de ideas hizo más escandalosa la decisión de las autoridades de la Universidad de Guadalajara y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes para suspender la ceremonia en la Feria del Libro pero entregarle a Bryce, de todos modos, los casi 2 millones de pesos del premio.

Se trata de dinero público, en vista de que ese es el carácter que tienen las principales instituciones que convocaron al premio. Los plagios del novelista peruano se repitieron decenas de veces en artículos periodísticos que calcó de diversas fuentes. No se trató de un descuido, ni de un pifia ocasional. Al abuso con los derechos de autor de docenas de escritores, se añade el engaño a los lectores.

Esas faltas fueron señaladas en docenas de comentarios desde que se anunció el premio.

Recompensar a Bryce implicaría “que hay plagiarios buenos y plagiarios malos” (Gil Gamés, La Razón, 5 de septiembre). Leer el resto de esta entrada »

Written by Raúl Trejo Delarbre

noviembre 4, 2012 at 2:43 pm

Publicado en Letras

La Jornada vs. Letras Libres: El derecho a la crítica

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Columna Mostrador, en emeequis

La sentencia de la Suprema Corte que absolvió a la revista Letras Libres y al escritor Fernando García Ramírez defiende el derecho a la crítica y subraya que los medios de comunicación están inevitablemente expuestos al escrutinio de la sociedad.

Hace casi ocho años, el diario La Jornada presentó una demanda judicial para inconformarse con un artículo publicado en marzo de 2004. García Ramírez, a la sazón subdirector de Letras Libres, publicó en esa revista un breve cuan enjundioso texto para controvertir las simpatías de La Jornada con el grupo terrorista español ETA. García Ramírez cuestionaba el acuerdo de colaboración periodística que el diario mexicano había suscrito con el periódico vaco Gara, relacionado con ETA. Debido a las opiniones de La Jornada acerca de esa organización separatista, consideró que estaba “al servicio de un grupo de asesinos hipernacionalistas”.  Leer el resto de esta entrada »

Written by Raúl Trejo Delarbre

noviembre 28, 2011 at 9:23 am

Monsiváis, hombre de ideas

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Cada quien tiene sus propias reminiscencias con Carlos Monsiváis. Desde el 19 de junio, cuando falleció, han circulado centenares de historias personales que confirman la amplitud, así como la versatilidad, de las redes de relaciones amistosas que ese polifacético escritor supo construir en más de medio siglo de prolífica y constante vida pública.

Aunque me dan ganas no voy a narrar aquí varias anécdotas más, que aburrirían a los lectores en medio de la actual catarata de historias y experiencias en donde resulta que Monsiváis tenía más amigos de los que quizá nunca imaginó. Simplemente diré que siempre tuve con él un trato cordial, desde que lo conocí a comienzos de los años 70, con abundantes coincidencias pero también diferencias que nunca soslayamos y que en más de una ocasión fueron motivo de, para mí, gratificantes intercambios. Mi deuda intelectual y personal con Carlos será imperecedera.

Al pensamiento de ese abrumador y deslumbrante escritor, no se le puede entender sin dos principios: la tolerancia y el debate de ideas. La primera, solamente encontraba límites en su incansable cruzada contra los intolerantes: el pensamiento conservador de ayer y hoy, los fanatismos de derechas pero también de las izquierdas que aún suponen que el fin justifica los medios y las pretensiones de quienes se erigen como custodios de la moral pública exigiendo que todos compartan sus creencias, fueron diseccionados y denunciados por Monsiváis, a veces con puntilloso sarcasmo y en otras ocasiones en documentados ensayos.

Era un hombre de ideas, que siempre son antítesis de los dogmas. Monsiváis asumió su carácter de intelectual público como una manera no solamente de atestiguar las más variadas expresiones de la cultura social, sino además para expresar por todos los medios y en todos los foros posibles sus diagnósticos y opiniones. Muchas de tales ideas eran para el momento y en busca de interlocutores. Por eso prefería el espacio perecedero aunque de mayor alcance social que tiene la prensa, aunque luego reescribiera esos textos para nutrir sus numerosos libros. Esos volúmenes son mucho más que compilaciones de artículos originalmente aparecidos en periódicos y revistas; Monsiváis corregía de manera compulsiva sus propios textos, con un respeto diríase reverencial al formato del libro que trasciende la fugacidad de la prensa.

Lector omnívoro, era promotor generoso de muy variados espacios para que se expresaran las opiniones de otros. Suman centenares los editores de revistas que pueden dar fe de la solidaridad de Monsiváis que se las ingeniaba para entregarles un texto que, independientemente del tema, sería atractivo para impulsar o mantener publicaciones que precisaban notoriedad para obtener lectores e inserciones publicitarias. La firma de ese escritor siempre era interesante, incluso para pequeñas editoriales universitarias que publicaron las primeras ediciones de algunos de sus libros más tarde muy renombrados.

El debate de ideas, para Monsiváis, era componente imprescindible en la democracia. “Por mi madre, bohemios”, exhibió durante décadas dislates de los personajes públicos. Cierta parcialidad implícita, con frecuencia mantenía ausentes de esa columna a personajes considerados como de izquierdas, que así quedaban a salvo de los subrayados críticos de “la R.”. Eso no implica que sus simpatías políticas fueran incondicionales. Monsiváis fue entusiasta del zapatismo pero señaló abusos del subcomandante, de la misma manera que cuestionó errores garrafales de López Obrador a pesar de la querencia que tenía con el entusiasmo popular que llegó a suscitar ese movimiento.

En respaldo a la discusión así como a la elaboración intelectuales, Monsiváis animó durante 15 años (de 1972 a 1987) el suplemento “La Cultura en México” de la revista Siempre!, en cuyas páginas abundaron textos fundamentales en la formación cultural de varias generaciones. Ese mismo afán lo llevó a defender a la universidad pública, así como a preocuparse por la preparación habitualmente fragmentaria y exigua que ofrecen las escuelas universitarias de comunicación.

En 1988, con motivo de la muerte de su querido amigo Carlos Pereyra, Monsiváis escribió que un intelectual “es aquel que mantiene la voluntad de conocimiento y la autocrítica, no obstante los graves obstáculos”. Con una inagotable capacidad de asombro, respaldada en una mordaz pero antes que nada extraordinariamente sólida inteligencia, Carlos Monsiváis eludía constantemente esas dificultades.

Publicado en emeequis

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 27, 2010 at 10:25 am

Publicado en Cultura, Letras

MONSIVÁIS

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Fotografía tomada de la revista Zócalo

Pedagogo, periodista

Monsiváis y la cultura en México

Written by Raúl Trejo Delarbre

junio 19, 2010 at 2:36 pm

Reversa del TRIFE a la reforma electoral (y elogio a Benedetti)

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Con una resolución embustera y cantinflesca, los magistrados del Tribunal Federal Electoral anularon la reforma constitucional que impide la contratación de espacios de propaganda política en televisión y radio. Al revocar una resolución del IFE que sancionaba al Partido Verde y a los diputados que contrataron anuncios en televisión para promoverse con el pretexto de difundir una de sus iniciativas de ley, el Tribunal Electoral estableció un precedente de extrema gravedad.

Los partidos no han querido darse cuenta de esa decisión, que niega la reforma constitucional que impulsaron hace año y medio. Las televisoras han disimulado maliciosamente el regocijo que les suscita esa decisión de los magistrados electorales y que muy posiblemente se debe al tenaz cabildeo que los personeros de Televisa y Televisión Azteca han sostenido para acosar, y por lo visto persuadir, a los magistrados del Trife. En el terreno del análisis crítico casi nadie se ha querido dar cuenta de esa decisión, excepto comentaristas puntuales como Miguel Ángel Granados Chapa y Ciro Murayama.

El 29 de marzo pasado, el consejo general del IFE consideró que los anuncios de los diputados del Partido Verde que habían sido difundidos durante ese mes en varios canales de televisión violaban la legislación electoral y le impuso a ese partido una multa de 9 millones y medio de pesos. La nueva ley electoral, y la Constitución misma, prohíben la contratación de mensajes políticos y establecen que los partidos podrán anunciarse en radio y televisión únicamente a través de los espacios gestionados y administrados por la autoridad electoral. Ambos ordenamientos prohíben, por otra parte, la contratación de propaganda oficial que haga promoción personalizada de los funcionarios públicos.

El IFE consideró que esos spots eran mensajes de proselitismo electoral difundidos en fechas durante las cuales estaban prohibidas las campañas de los partidos. Para respaldar ese argumento, reprodujo el contenido del mensaje del PartidoVerde. Esta es la transcripción.

Voz de Mujer:

– Bueno (imagen mujer contesta el teléfono)

Voz Hombre:

– O consigues la lana o ya sabes que le espera a tu hija (imagen hombre con un cigarro)

Voz Mujer:

– Por… no le hagan nada (imagen hombre cierra teléfono celular)

Voz Mujer:

– Ten hija (imagen mujer entregando dinero a otra mujer)

Voz Hombre:

– Diles que ya saben lo que tienen que hacer con la chava (imagen hombre hablando por teléfono celular).

– ¿Qué le habrán hecho a mi hija? ¿En dónde estará? (imagen de dos mujeres junto a un teléfono)

Voz Mujer:

– Tenemos que darle al país las armas necesarias para acabar con esta plaga por eso diputadas y diputados del Partido Verde presentamos una iniciativa de ley que castiga con pena de muerte a secuestradores y asesinos (imagen mujer de pie dos hombres sentados a la izquierda y a la derecha, al fondo bandera nacional).

Texto en pantalla. En la parte inferior a la última imagen descrita, aparece la siguiente leyenda:

Diputada Gloria Lavara

Informe de labores — Diputados plurinominales del Partido Verde.

Segundos después, en la parte superior a la misma imagen, aparece un cintillo con diversos nombres identificados de Diputados del Partido Verde Ecologista de México.

Voz en off:

– Partido Verde (Imagen a la derecha emblema Cámara de Diputados LX Legislatura; a la izquierda emblema Partido Verde Ecologista de México).

Evidentemente, ese mensaje era una pieza de propaganda política y no el informe de labores de la diputada Lavara y el resto de sus correligionarios en San Lázaro. El spot está a destinado a persuadir a favor de ese partido y no a dar cuenta de la actividad de sus diputados. Allí no se menciona ninguna otra iniciativa, ni la situación de esa propuesta dentro del proceso legislativo.

Sin embargo, movido a revisar la resolución de la autoridad electoral a partir de las quejas que presentaron tanto el PVEM como esos diputados, el Tribunal Federal consideró que el spot es parte de la información que esos legisladores hacen acerca de sus actividades y no se trata de propaganda electoral.

El TRIFE sostuvo, en su sesión del 8 de mayo pasado: 1) Que ese mensaje es de los diputados federales y no del partido Verde. 2) Que se trata de un anuncio para dar a conocer una postura de tales legisladores y no de su partido. 3) Que se difundió fuera de las fechas de campañas. 4) Que en ese mensaje no hay contenido electoral.

El anuncio es, en efecto, de los diputados. Pero su finalidad no es promocionar a los legisladores sino al Partido Verde; tanto así que la voz al final del mensaje enfatiza el nombre de esa organización política. Al asunto de las fechas, el Tribunal lo utiliza para restarle gravedad a la difusión del mensaje cuando debiera implicar todo lo contrario. Según las cuentas del mismo Trife, el anuncio fue difundido 206 veces entre el 18 y el 25 de marzo en canales de televisión nacionales. En esos días estaba prohibida la propaganda electoral. Al transmitirlo durante esos días, el PVEM infringió los plazos de dicha propaganda. Sin embargo para los magistrados tal circunstancia es causa de indulgencia: como no fueron transmitidos durante la temporada electoral, sugieren, esos anuncios no pudieron haber sido propaganda electoral.

Igual de equívoca es la maroma retórica que los magistrados del TRIFE emprenden para alegar que el spot no tiene contenido electoral: “de ninguna de las aseveraciones contenidas en el promocional, ni del contexto visual que se presenta, se advierte que los legisladores inciten de manera directa o indirecta a la obtención del voto a favor del Partido Verde Ecologista de México o en contra de cualquier otra opción política”.

O sea que para que haya propaganda electoral es indispensable que expresamente se invite a votar. Con esa tesis, el Tribunal Federal Electoral podría exculpar muchas conductas y mensajes a favor o en contra de los partidos y sus candidatos.

Para los magistrados del TRIFE, el uso del emblema de ese partido en los anuncios de televisión se justifica porque los diputados forman parte del PVEM: “ello tiene su explicación en que el elemento en común que identifica a los integrantes del grupo parlamentario es el partido político que los propuso para ejercer el encargo, el cual sólo es identificable mediante su denominación y el emblema o logotipo que lo caracteriza”. Para apuntalar ese argumento muestran el sitio de Internet de la Cámara de Diputados en donde junto a los legisladores del PVEM aparece el emblema de dicho partido.

A partir de esa resolución y amparado en los mismos argumentos, el gobernador Peña Nieto podría incorporar el logotipo del PRI a los costosos anuncios en donde se ufana de los avances de su administración. El gobernador de Veracruz, Fidel Herrera, ya no tendría que disfrazar de rojo la propaganda que despliega aun en la más trivial acción de su gobierno y podría vestirla simplemente de tricolor. Los secretarios del gabinete presidencial podrían ofrecer conferencias de prensa con el emblema azul del PAN predominando en esas alocuciones ya que si se encuentran en el gobierno es porque son miembros de dicho partido. En la ciudad de México, Marcelo Ebrard podrá hacer propaganda abiertamente a favor del PRD puesto que forma filas en ese partido.

Y con la misma lógica que imponen los magistrados del TRIFE, cualquier diputado o senador, cualquier presidente municipal o cualquier gobernador, podrán comprar propaganda en televisión y radio para promover a sus partidos políticos con el pretexto de que se trata de informes de las tareas que han realizado.

La irresponsabilidad de los magistrados del TRIFE resulta sorprendente. No sólo vulneran en una sola votación los cimientos de la reforma electoral y abren la puerta para que de nuevo impere el poder de la mediocracia sobre los procesos electorales. Además alientan la compra de espacios para difundir sellos partidarios con el subterfugio de que así se mantiene informados a los ciudadanos. En su resolución del 8 de mayo, el TRIFE tuvo la desfachatez de apuntar:

“… lo considerado por el Consejo General del Instituto Federal Electoral en el sentido de que el mensaje transmitido se hizo con el fin de influir en los ciudadanos, para que éstos adoptaran una determinada conducta sobre un tema de interés social, como lo es el tema de ‘la pena de muerte’, no constituye una infracción a la normativa electoral, sino por el contrario, su difusión contribuye a la formación de una opinión pública bien informada y presenta resultados a la ciudadanía de las gestiones que una determinada corriente política lleva a cabo en el seno del Congreso de la Unión”.

Al considerar que con un spot como ése la opinión de los ciudadanos queda bien informada, los magistrados del TRIFE confirman su avasallamiento al modelo comunicacional que han querido imponer las televisoras. ¿Qué información hay en el spot antes transcrito? ¿Qué reflexión, cuál deliberación se favorece con ese anuncio? Además de las infracciones que hemos señalado, con mensajes de esa índole el PVEM y otros partidos de ninguna manera promueven la discusión pública. Lo que impulsan es la confusión y las apreciaciones maniqueas –más allá del carácter sumamente controvertido que tiene la pena de muerte–.

ALACENA: Mario Benedetti

Durante algunos años, hace demasiados, lo leímos con una intensidad que tenía algo de certezas ya previstas pero que siempre encontraba en él la frase exacta, la fórmula directa para describir emociones entreveradas con ilusiones.

Luego lo desplazaron lecturas más complejas, quizá menos axiomáticas. Pero a los libros de Mario Benedetti regresamos siempre con la sonrisa espontánea con que encontramos a un amigo al que no veíamos hace rato. Su manera franca de decir esas cosas sencillas que no siempre lo resultan tanto (el amor, la nostalgia, la amistad, el miedo, la lejanía, la libertad) nos llevó a encontrar en Benedetti un escritor fundamental y entrañable.

La reivindicación de ese valor antaño tan consistente pero ahora tan políticamente incorrecto al que antes se denominaba compromiso político, hizo de él un escritor a menudo más ideologizado por sus panegiristas que en sus propias obras. El Benedetti encarnación del espíritu uruguayo que llevó a cuestas en obras como La casa y el ladrillo y Montevideanos, el de la prosa tersa de Quién de nosotros, el de la inasible Laura Avellaneda de La Tregua, murió ayer en su Montevideo a los 88 años.

A veces se nos ha querido olvidar pero, dentro de su elemental obviedad y a pesar de la afectación con que llegamos a reiterarlo, nunca deja de ser cierto que en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos.

Publicado en eje central.

Written by Raúl Trejo Delarbre

mayo 18, 2009 at 4:35 am

Publicado en Elecciones, Letras, Partidos

Pottermanía

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La Crónica de Hoy, jueves 2 de agosto de 2007

Déjenme confesarles, con la condición de que no se lo digan a nadie, que no resistí la tentación de asomarme al final de Harry Potter antes de leer el séptimo libro de la célebre saga. Unos días antes de la aparición de Harry Potter and the Deathly Hallows encontré en Internet varias versiones sobre el esperado desenlace. Ahora que, una vez publicado el libro, doña J.K. Rowling se ha referido en público al final y ha explicado por qué no dejó morir al joven mago que gracias a esa indulgencia crece, tiene familia y ve a sus hijos acudir al Colegio Howarts, no hago revelación ni traición alguna a los lectores si menciono ese episodio. Es precisamente el que leí en varios sitios en la Red, gracias a la indiscreción de alguno de los muchos impresores, intermediarios y libreros que manejaron centenares de miles de ejemplares antes de que pudieran salir a la venta con el primer minuto del sábado 21 de julio.

Aunque la versión que encontré parecía verosímil, nunca dejé de tener cierta suspicacia y contaba las horas que faltaban para confirmar si ese era, en verdad, el final de Harry Potter. Después de haber leído los seis volúmenes anteriores con una fidelidad alimentada por la trama perspicaz que mantuvo en vilo la curiosidad de varias generaciones de lectores, no éramos pocos los que queríamos saber si el enfrentamiento último entre los paradigmas del mal y el bien, cuya evolución conocimos libro tras libro, favorecería al abusivo Lord Voldemort o al simpático aunque cada vez más angustiado Potter.

Así que el sábado 21 por la mañana mi hijo Rafael y yo, que hemos leído juntos la serie de Potter durante varios años, fuimos a un Sanborns a comprar el nuevo libro. A ese establecimiento habían llevado 100 copias y cuando llegamos quedaban solamente 20. Aunque se trata de un libro en inglés en México vendió, en un solo día, más ejemplares que la gran mayoría de los libros editados en nuestro país.

De inmediato puede comprobar que el capítulo que había leído días antes era el que ocupaba las últimas páginas –de la 753 a la 759– del libro postrero de esa dilatada serie. Pero conocer el final no le quitó un ápice al interés por leer el séptimo volumen. Aunque ya no hay partidos de quiditch –el deporte que practican los jóvenes magos trepados en escobas para darle caza a una pelotita escurridiza– y la vida en la escuela de hechicería deja de ser importante porque todo el mundo mágico está por colapsarse ante el progresivo poder del-que-no-debe-ser-nombrado, los ingredientes más arrebatadores de la serie Potter aparecen con una intensidad que resulta de especial eficacia gracias a las numerosas referencias que toma de la vida contemporánea.

La disputa por el poder en el gobierno de los magos, que ya se había manifestado desde tres volúmenes antes y fue tomada como el eje de la película más reciente (Harry Potter y la Orden del Fénix) recuerda mucho las que presenciamos a diario en el escenario público de cualquiera de nuestros países. La tirantez entre las normas que los funcionarios más rígidos aplican con espíritu burocrático y la gana de innovación y libertad, existen lo mismo en nuestras instituciones políticas que en el venerable Colegio Hogwarts.

El allanamiento de mayorías mentecatas a versiones disparatadas pero que están de moda o son políticamente correctas, se aprecia en la historia de Rowling con tanta claridad como en circunstancias que nos resultan mucho más cercanas. A Harry Potter, en la novela, lo hacen víctima de la incredulidad indocumentada de muchos e incluso lo calumnian y difaman con tanta alevosía como les ocurre en la vida fuera de la literatura a no pocos personajes públicos. En el séptimo volumen la periodista Rita Skeeter, cuyo cinismo ya ha padecido el joven mago y que se refocila en inventar versiones sensacionalistas que son exitosas en el diario donde escribe, anuncia que ahora publicará un libro que tiene todo un capítulo, desde luego repleto de falsedades, acerca de Potter.

Si las historias de Rowling son tan entrañables se debe, en buena medida, a que están plenamente asentadas en la realidad. Los hechizos, las varitas, el sombrero seleccionador, las escaleras movedizas, el espejo de los deseos, los viajes de una chimenea a otra y tantos otros recursos, son parte del universo mágico que constituye el contexto para que la creadora de Harry Potter ofrezca, con las coartadas de esa fantasía, una intuitiva sátira de los nada mágicos defectos y problemas de esta humanidad.

Rowling erigió un mundo quimérico con tantos detalles que resulta plenamente aprehensible para sus seguidores. Pero en él, recrea críticamente compasiones, ambiciones, sevicias, incurias, apetencias –virtudes, defectos, pasiones en fin– que forman parte de la vida misma. Gracias a los pormenores que nutren la narración, los aficionados de Harry Potter cuentan con pródigos asideros para sentirse parte de una cofradía que no por multitudinaria es menos excepcional. Gran parte de éxito de la saga radica en el entusiasmo con que sus admiradores han compartido y ostentado sus símbolos (bufandas, escudos, anteojos, capas, entre la parafernalia que nutre libros y películas de Potter).

La otra parte del triunfo editorial y cultural se debe a la familiaridad que los lectores, fundamental pero no exclusivamente jóvenes, encuentran en la serie de Rowling. No se trata de una simple historia de buenos y malos (aunque, como en la vida real y en las buenas novelas, hay unos y otros). Las personalidades allí descritas suelen ser complejas. Quizá no haya un solo protagonista relevante que se ciña al estereotipo con el que aparentemente quería comprometerlo la autora. El bondadoso Dumbledore es capaz de tener arranques de rabia, la cerebral Hermione incurre en torpezas elementales, el generoso Ron tiene acometidas de envidia contra su amigo Harry, el detestable Snape se revela como uno de los personajes más complejos. El mismo Potter parece condenado, más que favorecido, a tener una heroicidad que nunca busca porque lo que él quisiera es vivir en la serenidad de los desconocidos.

Nada de eso basta para explicar la peculiaridad cultural, que descansa en méritos literarios pero también mediáticos y mercadológicos, que para asombro generalizado ha tenido la serie Potter. Se han escrito toneladas de líneas ágata acerca de los millones de ejemplares, las multitudes en las librerías y la fascinación insospechada por la letra escrita que suscitan las vicisitudes del joven mago. La elección de decenas de millones de muchachos que, más allá de sus respectivos contextos sociales y culturales le roban tiempo y entusiasmo al chat, la tele y el videojuego para zambullirse en la semblanza de Potter, ha despertado perplejidades y esperanzas muy variadas. Si el éxito de Potter y su autora pudiera explicarse con una escueta fórmula el fenómeno de lectura y consumo cultural que significan estos libros no sería tan insólito. Nada garantiza que, después de Potter, los muchachos que han dedicado centenares de horas a leer estos siete volúmenes hayan brincado a otras novelas. Pero sin duda muchos de ellos lo hicieron. Y en cualquier caso, lo leído nadie se los quita.

El de Potter es, incluso a pesar de Ms. Rowling, un fenómeno que pasa por los medios y que en Internet alcanza expresiones de afición, compromiso y enardecimiento que pocas figuras o expresiones contemporáneas despiertan. Debido a la parsimonia que suele padecer la edición de libros pero quizá también a causa de inciertos cálculos mercantiles, después de la aparición de las novelas de Potter en inglés pasan varios meses para que se publiquen traducciones en otros idiomas. La editorial encargada de las versiones en español, Salamandra, anunció poco antes de que comenzara a circular The Deathly Hallows que no tenía fecha para la publicación en nuestro idioma, con la consiguiente desilusión de muchos lectores.

A esa editorial, la semana pasada se le adelantaron varios anónimos y generosos apasionados de Potter que dos días después de la publicación en inglés ya habían traducido, y colocado en la Red, los primeros capítulos. Eso había sucedido en otras ocasiones pero los libros de la serie Potter son tan voluminosos que los desconocidos traductores suspendían esa tarea por cansancio, o presionados por los abogados que defienden los derechos de autor de la señora Rowling.

Ahora sin embargo, cuatro días después de que comenzó a circular en inglés ya había en Internet una versión completa, compaginada a la manera del libro, incluso con las ilustraciones de la edición original y grabada en formato PDF, de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Más que transgresión a los derechos de autor, en ese esfuerzo podemos encontrar una profunda admiración por el trabajo de Rowling y por los personajes y el mundo mágicos que creó en sus novelas. ¡Qué enorme esfuerzo, por añadidura solidario y desinteresado, realizaron esos propagadores de Potter al traducir en unos cuantos días las 896 páginas que alcanzó la versión en español!

Me enteré de ella la semana pasada, cuando encontré en un foro de Internet una escueta referencia que decía: “Aquí Está !!! Tengo todos los libros originales. Tengo todas las películas originales y en edición de 2 dvd’s. De modo que no creo afectar a la economía de JK Rowling si paso este link”.

Con esa convincente coartada por delante, el autor del mensaje apuntaba a uno de los rasgos más sobresalientes del fenómeno Potter: por mucho que la conozcan anticipada en Internet, la gran mayoría de los admiradores de la novela seguramente comprarán el ejemplar cuando aparezca en español. Con dicha certeza, aunque con el temor de que haya sido retirado para cuando esta nota sea publicada, les informo que la versión electrónica del nuevo libro de Potter en español fue colocada en: http://spanishhallows.blogspot.com/

No se lo digan a nadie.


Written by Raúl Trejo Delarbre

agosto 2, 2007 at 1:54 pm

Publicado en Cultura, Letras

El Código Da Vinci

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La Crónica, 24 de marzo de 2005

Gracias al Vaticano, El Código Da Vinci seguirá siendo uno de los libros más vendidos en todo el mundo. De esa novela del estadounidense Dan Brown se han impreso 25 millones de ejemplares –2 millones de ellos en español– desde que apareció en marzo de 2003. Ha sido traducida a 44 idiomas. En México se han vendido entre 300 mil y 500 mil ejemplares.

Con ese éxito, al ex profesor de literatura que ha escrito otras tres novelas no le hacía falta publicidad. Pero hace unos días el cardenal Tarcisio Bertone, arzobispo de Génova, les advirtió imperiosamente a sus fieles: “No compren ni lean El Código Da Vinci

El cardenal, que tiene 70 años, podría ser él mismo personaje de alguna novela de Brown. Aficionado a las armas, es cronista de futbol en la televisión local. Pero en materia religiosa es célebre por su ortodoxia. Forma parte de la extremadamente conservadora Congregación para la Doctrina de la Fe. Y sus advertencias las hizo en los micrófonos de Radio Vaticano.

El cardenal encontró que el best seller de Brown está plagado de incorrecciones históricas y teológicas. Por eso proclama que el libro “es comida podrida, hace daño… es un costal repleto de mentiras contra la Iglesia, contra la auténtica historia del Cristianismo y contra Cristo”, según le dijo a la agencia Reuters.

Si El Código no tuviera el éxito editorial que ha alcanzado, al cardenal Bertone y al Vaticano les tendría sin cuidado. Pero no solo ha sido leído con interés por millones de personas. Además a partir de ese libro se han desempolvado añejas y por lo general desacreditadas especulaciones acerca de la historia de Jesucristo y de la iglesia católica.

Allí se encuentra la singularidad de la muy publicitada y mejor vendida novela de Brown. La enorme circulación que ha alcanzado no tiene relación alguna con su calidad. El escritor argentino Rodrigo Fresán ha dicho contundentemente: “El Código Da Vinci está tan pero tan mal escrita que produce escalofríos. Sus personajes tienen el espesor de la madera balsa, sus diálogos son de una artificiosidad pocas veces leída y oída… y su sentido del vértigo (la trama de estos libros siempre está saltando de un país a otro y ese jet-lag no es fácil de contar) por momentos recuerda a esas cámaras rápidas de El Show de Benny Hill. Y lo más importante, lo más imperdonable en estas lides: su argumento no tiene sentido alguno”.

El Código mezcla algunas referencias históricas con abundantes especulaciones. Comienza con el asesinato en el Museo del Louvre de un miembro de la secta secreta de los Templarios. Su sobrina y un detective tratarán de descifrar las claves que ese personaje dejó sembradas en los sitios más incómodos, incluyendo algunos cuadros de Leonardo Da Vinci que, por supuesto, había sido Templario. De una huella a otra, encuentran que Jesucristo tuvo por mujer a María Magdalena y que el hijo de ambos inició una dinastía que la Iglesia Católica ha tratado de ocultar. La leyenda del Santo Grial –personificada por la mismísima María Magdalena a quien Brown identifica como uno de los personajes en la célebre representación de La Última Cena– y el hermetismo del Opus Dei, congregación a la cual en el libro de atribuye la maquinación para ocultar la vida secreta de Cristo, forman parte de ese relato.

Debo aclarar que no he leído el libro de Brown pero no es difícil conocer su argumento. Como novela quizá resulte entretenida. Lo sorprendente es la gran cantidad de lectores que la han tomado como si presentase hechos verdaderos. Tantos, que El Vaticano le respondió con las torpes declaraciones del cardenal Bertone que no harán mas que aumentar las regalías de Mr. Brown.

¿Por qué tanta gente se entusiasma con ese libro y lo toma en serio olvidando que se trata, ni más ni menos, de una novela? Quizá El código ofrece un acercamiento nuevo que no pocos fieles quieren encontrar en una iglesia envejecida. Posiblemente aporta las dosis de misterio que la fe institucionalizada por esa iglesia ha dejado de tener para muchos de sus creyentes. Acaso, la obra sea tan envolvente que entre sus lectores hay quienes no advierten las fronteras entre ficción y realidad.

El Código Da Vinci ha sido tomado con tanta credulidad que ya han aparecido docenas de libros que lo refutan como si fuera un tratado de historia o que respaldan sus presunciones. En París, hay recorridos turísticos por los sitios que se mencionan en la novela como si los episodios allí relatados hubieran sido verdaderos. Los seguidores de El Código están constituyendo, así sea temporalmente, una nueva cofradía que se conmueve, fundamentalmente, debido a sus ganas de creer.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 15, 2005 at 1:02 am

Publicado en Letras

La propuesta de Letras Libres

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La Crónica, 10 al 13 de mayo de 2004

A partir de un escrupuloso diagnóstico del estancamiento político que padece el país, la revista Letras Libres y su director, Enrique Krauze, han convocado a crear un comité que estaría encargado de organizar debates sobre los grandes problemas nacionales.

   Esa iniciativa parte de una convicción documentada en el estruendo y los escándalos que nos han entretenido tan superfluamente durante los meses recientes: si lo que falta en la democracia mexicana es elevar la calidad del debate, un grupo plural y con autoridad intelectual podría promover discusiones, para las cuales se buscaría amplia difusión en televisión y radio, acerca de los asuntos sustantivos que el país debería tener entre sus prioridades.

   La iniciativa de Letras Libres resulta sugerente. La posibilidad de llevar a los medios un auténtico debate de ideas, capaz de contrastar los contenidos habitualmente vanos o demasiado coyunturales que suelen difundirse en radio y televisión, contrasta con la ausencia de propuestas que angustia hoy al espacio público mexicano.

   Ese ánimo propositivo es, antes que nada, saludable. A diferencia de la mayoría de las revistas y diarios que habitualmente se pertrechan en temas y autores cercanos a sus intereses y simpatías y que no suelen reconocerse como interlocutores mutuos, la iniciativa de Krauze y su publicación no tendría sentido si no interesa en otros circuitos editoriales, sociales y políticos. Entenderse como parte de una sociedad en la que hay distintos puntos de vista sobre cualquier asunto de importancia, es un primer paso hacia la tolerancia y el ánimo deliberativo que Letras Libres se propone reivindicar en su edición de este mes.

   Krauze considera, con razón, que “nos urge salir de la Babel de confusión en la que vivimos”. El examen que hace del guirigay político mexicano es impecable. La conclusión en cambio, resulta un tanto discutible. Suponer que los antagonismos y la frivolidad en el discurso político serán remontados por el contraste que significarían varios debates de gran calidad y densidad, propalados ampliamente, puede implicar cierto desconocimiento del atraso que prevalece en nuestra cultura política y, al mismo tiempo, una sobrestimación de la capacidad de los intelectuales para solucionar ese rezago.

   Sobre todo confiar en la capacidad de los medios electrónicos, especialmente la televisión, para ser escenarios de una discusión racional, puede ser altamente riesgoso. Ningún asunto respecto del cual haya posiciones antagónicas, en ningún país, se ha resuelto a partir de su exhibición televisiva. Los medios electrónicos son espacios propicios para mostrar los grandes trazos de una discusión. Pero la deliberación capaz de propiciar acuerdos requiere de la holgura para expresar argumentos que puede permitir la prensa, o de la confianza para externar pros y contras que solo ofrece la reunión privada.

   Krauze reconoce a la política mexicana de nuestros días como un teatro (“mitad farándula, mitad reality show”) en donde intereses y desatinos de cada actor desplazan al guión común que debería prevalecer. El presidente Vicente Fox no ha tenido ideas capaces de dar cuerpo a su propuesta de cambios. Congreso y partidos han sido irresponsables. El Poder Judicial comienza a ganar legitimidad pero no cuenta con recursos para ser eficiente. La prensa está repleta de declaraciones y casi no tenemos periodismo de investigación. La televisión sigue “atada a su costumbre de ofrecer violencia y, ahora, vistazos a la intimidad de personajes ‘famosos’ que sólo lo son porque consienten en exhibirse”. Los empresarios, en su mayoría, no muestran compromiso alguno y transitan “por las páginas de sociales como una nueva y patética aristocracia, indiferente al país dramático en el que vive”. La Iglesia permanece anclada en la defensa de sus privilegios. Las universidades suelen enclaustrarse “en una endogamia cómoda pero estéril” (Krauze no lo dice, pero ese comportamiento resulta especialmente gravoso cuando se trata de universidades públicas, como la UNAM, en donde la autocomplacencia y la inercia mantienen un estancamiento inexcusable). Los intelectuales, suelen aferrarse a dogmas que no les permiten entender y menos aún hacer propuestas acerca de los asuntos nacionales.

   A partir de ese diagnóstico, Krauze intenta una salida racional a la confusión que domina al escenario público mexicano. Su propuesta es discutible. De eso se trata. A ella dedicaremos las próximas entregas de esta columna.

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Lo que falla es la política 

 

El Comité de Opinión Pública que propone la revista Letras Libres para organizar los debates que sus editores consideran necesarios a fin de airear la vida política mexicana, es discutible desde el nombre. Esa denominación se parece demasiado al Comité de Salud Pública que Robespierre creó a fines del siglo XVIII para perseguir a los enemigos de la revolución francesa o a otros que, con el mismo nombre, fueron creados en distintos momentos de la historia mexicana.

   Ese no es mas que un detalle pero resulta útil para enfatizar una de las debilidades en la propuesta de Letras Libres. La sola idea de constituir un comité de notables que se consideren fiduciarios de la verdad, resulta un tanto antipática.

   Desde luego el problema que señala esa revista es muy vigente. El nivel de nuestra discusión pública es ínfimo. A México le urge transitar del pantano de los chismorreos a la deliberación constructiva. “La democracia es palabra hueca si no se sustancia” dice, en su edición de mayo, la publicación que dirige Enrique Krauze.

   Pero aunque el retrato que hace de la confusión mexicana resulta escrupuloso, la conclusión que ofrecen ese escritor y su revista puede estar equivocada. El problema político central en México no es la falta de discusión, sino la ausencia de acuerdos. Lo que más necesitamos no son ideas, sino capacidad para convertirlas en decisiones.

   En otras palabras, la carencia nacional no es de carácter intelectual sino político.

   Ideas para emprender cambios, las hay prácticamente para cualquier aspecto de la vida nacional. Los mexicanos –al menos quienes tenemos la angustiosa costumbre de atender a lo que dicen gobernantes, legisladores y dirigentes en los medios de comunicación– ya sabemos cuáles son las opciones para impulsar la industria eléctrica, emprender la reforma fiscal, admitir o no el voto en el extranjero o actualizar las leyes laborales, entre muchos otros temas.

   En cada uno de esos rubros, llevamos años conociendo y considerando propuestas. En todos ellos, igual que en otros temas de igual o similar importancia, los interesados han ofrecido sus puntos de vista, quienes discrepan con ellos los han rebatido y la sociedad –o al menos los ciudadanos interesados– se han formado, cuando han querido, una opinión.

   Aunque no siempre ha sido ordenada, ni los argumentos y la información pertinentes se han expresado con claridad, en todos esos temas se han registrado extensas discusiones. Los foros y plazos para ellas no siempre han sido los que habrían resultado deseables. A veces las propuestas han estado matizadas por el estruendo que desatan esos y otros asuntos. Pero presentación de iniciativas e intercambio en torno a ellas, hemos tenido en todos los casos.

   Lo que no ha existido es capacidad para dialogar y, gracias a ello, alcanzar acuerdos. El mismo Krauze, con razón, apunta: “no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”. Allí, Cantinflas dixit, está el detalle.

   La ausencia de ese acuerdo no se origina en la pobreza o la inexistencia de discusión. Cada una de las fuerzas políticas del país sabe lo que quiere y lo que otros partidos o grupos buscan en cada uno de los temas cardinales. Si no alcanzan decisiones conjuntas es porque no quieren.

   Ese problema es, quizá, más grave que el que ha diagnosticado Letras Libres. El atasco mexicano no se debe a la pobreza deliberativa, sino a la ineficacia de la política tal y como la practican nuestras elites.

   Desde luego un debate ordenado, despejado y respetuoso, no nos vendría mal. Sería un auténtico lujo tener en los medios de comunicación –aunque había limitaciones como las que comentaremos mañana– a los mejores especialistas en cada uno de los temas nacionales que durante años hemos dejado sin resolver.

   Pero más allá de la oportunidad que significaría presenciar exposiciones razonadas y rigurosas sobre lo que tenemos que hacer con los energéticos, el campo, la legislación electoral o la política exterior, tales exhibiciones no conducirían a ningún lado si no estuvieran acompañadas de la voluntad política que tanto se ha echado de menos respecto de esos mismos y otros temas.

Subrayar los detalles 

 

En búsqueda de notoriedad, los debates cuya organización ha sido propuesta por Letras Libres podrían convertirse en un espectáculo mediático más que en el ejercicio inteligente y creativo que pretenden los editores de esa revista.

   El “Comité de Opinión Pública” sugerido por el escritor Enrique Krauze y que estaría integrado por “reconocidos intelectuales, académicos y periodistas” organizaría cada mes un debate al que invitaría a “dos o más participantes, actores centrales del tema por debatir”. A esas sesiones se les daría amplia difusión en los medios electrónicos.

   Ayer comentábamos uno de los reparos más notorios que encontramos en esa propuesta: lo que México necesita no es más discusión (aunque el debate inteligente siempre es bienvenido) sino aptitud y voluntad de las fuerzas políticas para entablar acuerdos.

   El tipo de discusión que plantean Krauze y su revista también es problemático porque, al hipotecar su eficacia a la capacidad de propagación de los medios, subordina el fondo a la forma que impondría la televisión.

   Las reglas sugeridas para esos debates podrían empobrecer las ideas en juego, en lugar de darles contexto y aliento. Se trata de encuentros concebidos como confrontaciones finales de propuestas acabadas y no como etapas de un proceso deliberativo.

   Más que de una discusión en donde pueda desarrollarse el intercambio que resulta necesario para lograr acuerdos se propone, como indica ese procedimiento, una “puesta en escena”. Cada debatiente contaría con 10 minutos iniciales, otros tres para criticar a los demás y tres minutos adicionales para responder. Se prevé un intercambio de preguntas con respuestas de dos minutos.

   Ese esquema resulta más propio de un debate de campaña política –en donde más que las ideas importan los slogans– que de una discusión que aspire a constituir “un aprendizaje práctico de la democracia” como propone Krauze. En 10 minutos (es decir, en unas cuatro cuartillas si la intervención estuviera escrita) es imposible compendiar ni siquiera los trazos más amplios de la iniciativa para resolver un problema complejo. Mucho menos se pueden aclarar dudas acerca de ella en los tiempos sugeridos para respuestas en esos debates.

   Pensemos en cualquiera de los temas posibles en la agenda que diseñaría el Comité que plantea Letras Libres. ¿Qué reforma fiscal, cuál esbozo de industria petrolera, qué concepción de política cultural o de política social podrían compendiarse en 10 minutos? Con ese corsé los expositores tendrían que eludir los pormenores de cada iniciativa y, de esa manera, prescindir de la riqueza de enfoques, las medidas específicas o las consecuencias puntuales que podría tener.

   Hoy en día las diferencias sobre los asuntos más importantes no tienden a ser tanto de fondo, como en sus particularidades. En nuestro país por ejemplo, todo el mundo dice que está de acuerdo en que haya reforma fiscal; las discrepancias surgen acerca de los impuestos y montos que cada quien propone incrementar.

   Las fuerzas políticas, en México igual que en casi todo el mundo, tienden a ubicarse en el centro del espectro ideológico y no en sus márgenes como sucedía en épocas anteriores. Las diferencias en ocasiones son de matiz y no debido a la adscripción de partidos y grupos en las derechas o las izquierdas. En los detalles no solamente está el diablo sino las distinciones entre políticas específicas. Una discusión en los términos que proyecta Letras Libres dejaría a un lado los matices que hoy en día constituyen la distinción entre las visiones de país que tienen no solo las fuerzas políticas sino, también, los ciudadanos interesados en los asuntos públicos.

   Más que propiciar acuerdos, un debate en televisión tiende a polarizar las posiciones en conflicto. Además parece inevitable que el estilo de ese medio se sobreponga a la discusión de ideas. En la misma edición de Letras Libres en donde aparece la propuesta que comentamos se publica un artículo de Sergio Sarmiento, cuya experiencia en TV Azteca le permite asegurar: “la televisión es un pésimo vehículo para la discusión de los temas importantes de la sociedad”. Más adelante abunda: “en un medio visual y emocional como la televisión, la imagen vale mucho más que los argumentos racionales”. Eso no implica que “el ejercicio de la razón pública”, como lo llama el pensador hindú Amartya Sen en un espléndido ensayo que también aparece en Letras Libres, tenga que ser imposible.  

Babel política y mediática

    Si lo que queremos es salir de Babel, como apunta Enrique Krauze en Letras Libres, lo que hace falta antes que nada es preguntarnos por qué nuestra vida pública ha llegado a este desbarajuste. Cada uno de los principales actores políticos pareciera tener códigos, proyectos y hasta normas diferentes para el intercambio de puntos de vista. Lo que necesitamos son reglas y principios comunes, no para debatir sino para tomar acuerdos que le urgen al país.

   Debatir más no empobrecerá nuestro escenario político, pero no necesariamente remediará los antagonismos que lo mantienen estancado. Para salir de Babel es preciso construir –o recuperar– una lengua y una colección de entendimientos comunes, capaces de ser compartidos por las principales fuerzas políticas y la sociedad.

   El espacio idóneo para procesar cualquier acuerdo es el de las instituciones políticas. Por muy aborrecible que nos resulte su desempeño, el Congreso es el crisol indispensable para hacer política y construir consensos. Y los partidos, con todo y su desesperante inoperancia, son los protagonistas ineludibles de esos acuerdos.

   El problema central radica, entonces, en cómo logramos que esa institucionalidad y sus organismos funcionen plenamente. Hay quienes por eso, entre otras motivaciones, hacen política y se incorporan a los partidos existentes o construyen otros. Para los intelectuales y, de manera más amplia, para los ciudadanos que no quieren hacer política activa, se presenta el eterno dilema entre presenciar los acontecimientos o hacer lo posible por intervenir en ellos.

   En los años recientes la sociedad mexicana, a pesar de las muchas limitaciones de nuestra cultura ciudadana, ha logrado influir exitosamente para ampliar condiciones y opciones de la competencia política. Los cambios que conseguimos –especialmente en la normatividad electoral– se debieron a la exigencia, tácita o explícita, que la sociedad le planteó al sistema político.

   Hoy sin embargo, por fatiga, desilusión, hartazgo o descuido, la sociedad se ha retraído de la mayoría de los asuntos públicos. El video panorama de corrupción, rencillas y cinismo que se ha conocido desde hace varias semanas, en el menos peor de los escenarios aleja aun más a los ciudadanos de esos asuntos públicos. También puede ocurrir que, tales sucesos, entretengan y confundan tanto que la sociedad deje de distinguir entre la escoria y los comportamientos reivindicables en el quehacer político.

   Una tarea cardinal para los intelectuales, en ese panorama, es contribuir a esclarecer los acontecimientos. Ofrecer elementos de juicio que permitan distinguir entre lo trivial y lo esencial, entre las codicias y los proyectos, entre la cháchara y las ideas, sería quizá la aportación más valiosa de quienes, desde el campo de la reflexión, quieren contribuir a superar este empantanamiento.   

   Krauze, en el artículo que hemos comentado en el transcurso de la semana, apunta con claridad acerca del papel de los intelectuales: “Necesitamos mucho más: solidez crítica, datos duros, imaginación editorial, incisiones limitadas pero profundas en la realidad”.

   Hoy en día el ejercicio de la crítica política es sumamente limitado. Numerosas inconsecuencias y contradicciones de los actores políticos pasan desapercibidas o, cuando mucho, alcanzamos a hacer la crítica de sus dichos. Pocas veces contamos con elementos para analizar los hechos verdaderamente relevantes. Esa es una tarea en la cual sería conveniente el ojo analítico de escritores y pensadores que reservan sus esfuerzos para temas menos coyunturales.

   La crítica del poder es escasa y habitualmente débil. Pocas veces llega al fondo de los acontecimientos. Suele cuestionar a los emblemas y responsables del poder, pero no a los poderes reales que han crecido y ganan enorme impunidad.

   Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han ofrecido un gran servicio a la sociedad al dar a conocer excesos y barbaridades de algunos personajes públicos. Pero al mismo tiempo los medios más influyentes, al mostrar esos hechos sin contexto y preocupándose más por el escándalo que por las explicaciones, han sido corresponsables del deterioro cívico y político que padecemos.

   Una hora de debate al mes sería preferible a “La jaula” o “La hora pico” pero es altamente probable que se confundiera con los contenidos que los televidentes suelen presenciar, todos los días, en la televisión nacional. Peor todavía, un espacio así les serviría a las televisoras para legitimarse y aliviar la mala conciencia que pese a todos sus operadores siempre tienen. Luego seguirían transmitiendo la programación habitual.

   El solo hecho de que Letras Libres presente su iniciativa, junto con el eco que ha tenido en pocos días, es indicativo de la preocupación que existe ante el deterioro de la vida pública mexicana. Es inexcusable, como apunta Krauze, que nuestra política se haya teatralizado de esa manera. Más que construir un nuevo escenario como el que sugiere esa revista, sería preciso exigir que la vida pública y sus protagonistas superen el juego de apariencias y palabrería que nos ha traído a esta Babel política –y mediática–.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 14, 2005 at 10:43 pm

Henrique González Casanova

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La Crónica, 28 de diciembre de 2004

Desde su fallecimiento, el viernes 17 de diciembre, se han publicado docenas de agradecidos testimonios acerca de la bonhomía y la generosidad del maestro Henrique González Casanova. Este es uno más de esos reconocimientos ante el deceso de uno de los profesores más queridos y respetados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La de don Henrique, que hace poco cumplió 80 años, fue una vida consagrada a la Universidad Nacional pero de ninguna manera encerrada dentro de ella. Entendió que el aislamiento de esa institución y sus integrantes era uno de sus riesgos más grandes. Profesor siempre, se dio tiempo para cumplir con responsabilidades en el servicio público y opinar en la prensa.

Fue embajador en Yugoslavia y Portugal y colaborador, desde fines de los años 30, en diarios y suplementos culturales. Fundó hace medio siglo la Gaceta de la UNAM y en esa institución fue director de Información y de Publicaciones, entre otras tareas.

No son pocos los periodistas y escritores que deben a la insistencia de don Henrique la publicación de sus primeros textos. Además contribuyó a la formación de docenas de generaciones de periodistas. A comienzos de los años setenta estuvo a cargo de la carrera de Periodismo y Comunicación.

El magisterio de González Casanova (“Enrique con hache” le decían en alguna época para subrayar la singularidad de su nombre propio) fue notable en las aulas y constante fuera de ellas. Quienes lo tuvieron como profesor en alguna asignatura recuerdan la explicación, siempre antecedida de ejemplos históricos, que solía dedicar a sus estudiantes. Nunca llevé clase con él pero puedo decir que en varios sentidos fue uno de mis maestros más apreciados.

A don Henrique le debo la oportunidad de trabajar como profesor de carrera en la Universidad Nacional. Ya era ayudante de investigación pero con una situación laboral precaria cuando en 1975, poco después de que presenté mi tesis de licenciatura, el maestro González Casanova se interesó en ella y gestionó la apertura de un concurso de oposición con ese tema. Gracias a ello gané mi primera plaza de tiempo completo.

En numerosos momentos de la vida de la Universidad coincidí –muy ocasionalmente para intercambiar discrepancias– con el maestro González Casanova. Lector atento pero además amable, de cuando en cuando tenía la generosidad de comentarme alguno de mis textos. Hace como tres años tuve el privilegio de coincidir con él en una mesa redonda. Repleto el auditorio principal de Ciencias Políticas, para referirse a la influencia de las nuevas tecnologías y la enseñanza de la comunicación don Henrique dio un enorme e intensamente pedagógico rodeo que lo llevó hasta las épocas de Sierra, Vasconcelos y otros momentos sobresalientes en la historia de la Universidad.

A don Henrique los méritos de la Universidad le enorgullecían y sus pesadumbres lo afligían profundamente. Entendió a tiempo los apuros que implicaba la prolongada huelga que un grupo impuso en 1999 y participó de los esfuerzos para resolverla.

Un año después del término de aquel conflicto, en febrero de 2001, varios profesores de la Facultad fueron vejados por algunos de los antiguos huelguistas. En solidaridad con esos académicos y para demostrar que la comunidad de Ciencias Políticas repudiaba el atentado se organizó un mitin al que cada asistente debía acudir con un libro en la mano. Aquella concentración estuvo encabezada por don Henrique. La transcripción de su discurso en esa ocasión comienza:

“¡Universitarias y universitarios! Quiero votar por la palabra como fundamento de la democracia. Quiero afirmar que la mayoría de los votos decide dentro de la ley la designación de representantes públicos, pero no resuelve los problemas que competen al conocimiento y a la razón. Por mayoría de votos se llevó a cabo la condenación de Galileo (permítanme recordar su nombre); por mayoría de votos llegó Mussolini y el fascismo a Italia; por mayoría de votos llegó Hitler y el nazismo a Alemania; por mayoría de votos, armados, llegó Francisco Franco con la Falange a España”.

Interrumpido por gritos de miembros del CGH y aplausos de alumnos y profesores el discurso continuaba: “Voto por la comunicación como medio indispensable para el aprendizaje como adquisición del saber, como aplicación y extensión del saber… Voto por el diálogo y la conversación; voto por la concordia entre los universitarios y el respeto mutuo. Estoy con Justo Sierra cuando afirma: ‘la palabra es el fundamento de la democracia’… Admito el derecho a equivocarse de todos los aquí presentes, incluyéndome a mí mismo. Pero no admito que se use la libertad de la Universidad para violarla en su derecho social, en su derecho individual y como institución nacional, a ser una institución pública a la que tenga acceso todo el que quiera ejercer la libertad dentro de las libertades universitarias”.

A esa concentración don Henrique no llevó uno sino tres libros que mostraba con orgullo: los Escritos sobre educación de José Martí, el México social y político de Justo Sierra y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Written by Raúl Trejo Delarbre

diciembre 14, 2005 at 10:33 pm

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