Cervantes, El Quijote, el corazón

El Quijote, por Antonio Saura
El Quijote, por Antonio Saura

Publicado en Crónica el 25 de abril
Cuatro siglos después de la muerte de su autor El Quijote sigue vigente. ¿Por qué nos atrae y atrapa no sólo más de 400 años después de sido escrito sino incluso tiempo después de que lo leímos por primera ocasión? ¿Qué hay en esta obra que la distingue de tantísimas otras que no trascendieron como ella? Con estas preguntas quiero llegar a una esencial: ¿qué hace que un libro sea un clásico?
Un clásico, para serlo, acaso tendría que ser accesible y eso significa un lenguaje claro y la posibilidad de estar a la disposición de los lectores. Sin embargo hay “clásicos” difíciles de entender e incluso de conseguir. Si ese fuera el parámetro para evaluar la calidad clásica de un libro posiblemente el Ulises de Joyce no lo fuera, aunque sin duda es una novela indispensable. Seguir leyendo “Cervantes, El Quijote, el corazón”

El “periodismo moridor” de José Revueltas

Publicado en Zócalo, enero de 2015

revueltas

“Desde chiquillo yo hacía, por ejemplo, periódicos a mano y entrevistas a mi mamá y a Silvestre. Pero yo no sentía que eso fuera una vocación, lo hacía porque me gustaba mucho. Y luego ingresé al movimiento revolucionario y fui siempre redactor de periódicos nuestros. Hacíamos un periodiquito para los soldados que se llamaba El Máuser, se repartía en los cuarteles; y ése es el inicio de la carrera” [1]. Seguir leyendo “El “periodismo moridor” de José Revueltas”

Jorge Calvimontes. Poeta, periodista, boliviano, mexicano

Jorge Calvimontes y Calvimontes, poeta y periodista nacido en Oruro, Bolivia, llegó exiliado a México en 1971 y desde entonces enriqueció la docencia y la convivencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Murió  el viernes 20 de diciembre, a los 81 años.

CalvimontesVarias veces tuve la oportunidad de que Jorge Calvimontes, mi viejo profesor de periodismo, me invitara a presentar algunos de sus libros. Ahora que me entero de su fallecimiento,  encuentro algo de lo que dije (y que nunca publiqué) en abril de 2005, en alguna de aquellas presentaciones.

 Comentario al libro Un relámpago de siglos. Crónica de una efímera eternidad  de Jorge Calvimontes y Calvimonte. Editorial Constate, México, 2005.

   La pasión lírica de Jorge Calvimontes se desencadena en Un relámpago de siglos. La elegía al servicio de la memoria –es decir, de la historia y las lecciones que ofrece tal recuento– es el hilo conductor de las estampas, los relatos y los cantos que aparecen en este libro.

Con infatigable vehemencia, el profesor Calvimontes se prodiga en la narración para describir primero el paisaje de los Andes bolivianos y luego las vicisitudes de algunos de quienes lo han habitado. Las figuras que este autor construye son exuberantes tanto en cantidad como en intensidad. Seguir leyendo “Jorge Calvimontes. Poeta, periodista, boliviano, mexicano”

Pedagogía del plagio

Mostrador

Publicado en emeequis

El premio literario que la Universidad de Guadalajara y el Conaculta entregaron a un plagiario suscitó una amplia, sólida y aleccionadora reacción adversa entre escritores e intelectuales de muy variadas propensiones y adscripciones.

Ha sido una lástima –vaya, una auténtica vergüenza— que los otorgantes del premio al escritor

El “copy and paste” de Bryce fue documentado en varias publicaciones, entre ellas “La Razón” de México

Alfredo Bryce Echenique decidieran llevárselo hasta su casa en París. Pero en medio de ese carnaval de abusos y equivocaciones en el que se enredaron miembros del jurado, autoridades de la UdeG y el Conaculta y algunos amigos del escritor tan deshonrosamente premiado, se puede reconocer el mérito de una impugnación que incluyó numerosas voces.

Entre septiembre y octubre aparecieron docenas de artículos de prensa que fueron del asombro y el sarcasmo, a la exigencia intelectual, moral y política para que el premio no fuese entregado. Esa profusión de ideas hizo más escandalosa la decisión de las autoridades de la Universidad de Guadalajara y del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes para suspender la ceremonia en la Feria del Libro pero entregarle a Bryce, de todos modos, los casi 2 millones de pesos del premio.

Se trata de dinero público, en vista de que ese es el carácter que tienen las principales instituciones que convocaron al premio. Los plagios del novelista peruano se repitieron decenas de veces en artículos periodísticos que calcó de diversas fuentes. No se trató de un descuido, ni de un pifia ocasional. Al abuso con los derechos de autor de docenas de escritores, se añade el engaño a los lectores.

Esas faltas fueron señaladas en docenas de comentarios desde que se anunció el premio.

Recompensar a Bryce implicaría “que hay plagiarios buenos y plagiarios malos” (Gil Gamés, La Razón, 5 de septiembre). Seguir leyendo “Pedagogía del plagio”

La Jornada vs. Letras Libres: El derecho a la crítica

Columna Mostrador, en emeequis

La sentencia de la Suprema Corte que absolvió a la revista Letras Libres y al escritor Fernando García Ramírez defiende el derecho a la crítica y subraya que los medios de comunicación están inevitablemente expuestos al escrutinio de la sociedad.

Hace casi ocho años, el diario La Jornada presentó una demanda judicial para inconformarse con un artículo publicado en marzo de 2004. García Ramírez, a la sazón subdirector de Letras Libres, publicó en esa revista un breve cuan enjundioso texto para controvertir las simpatías de La Jornada con el grupo terrorista español ETA. García Ramírez cuestionaba el acuerdo de colaboración periodística que el diario mexicano había suscrito con el periódico vaco Gara, relacionado con ETA. Debido a las opiniones de La Jornada acerca de esa organización separatista, consideró que estaba “al servicio de un grupo de asesinos hipernacionalistas”.  Seguir leyendo “La Jornada vs. Letras Libres: El derecho a la crítica”

Monsiváis, hombre de ideas

Cada quien tiene sus propias reminiscencias con Carlos Monsiváis. Desde el 19 de junio, cuando falleció, han circulado centenares de historias personales que confirman la amplitud, así como la versatilidad, de las redes de relaciones amistosas que ese polifacético escritor supo construir en más de medio siglo de prolífica y constante vida pública.

Aunque me dan ganas no voy a narrar aquí varias anécdotas más, que aburrirían a los lectores en medio de la actual catarata de historias y experiencias en donde resulta que Monsiváis tenía más amigos de los que quizá nunca imaginó. Simplemente diré que siempre tuve con él un trato cordial, desde que lo conocí a comienzos de los años 70, con abundantes coincidencias pero también diferencias que nunca soslayamos y que en más de una ocasión fueron motivo de, para mí, gratificantes intercambios. Mi deuda intelectual y personal con Carlos será imperecedera.

Al pensamiento de ese abrumador y deslumbrante escritor, no se le puede entender sin dos principios: la tolerancia y el debate de ideas. La primera, solamente encontraba límites en su incansable cruzada contra los intolerantes: el pensamiento conservador de ayer y hoy, los fanatismos de derechas pero también de las izquierdas que aún suponen que el fin justifica los medios y las pretensiones de quienes se erigen como custodios de la moral pública exigiendo que todos compartan sus creencias, fueron diseccionados y denunciados por Monsiváis, a veces con puntilloso sarcasmo y en otras ocasiones en documentados ensayos.

Era un hombre de ideas, que siempre son antítesis de los dogmas. Monsiváis asumió su carácter de intelectual público como una manera no solamente de atestiguar las más variadas expresiones de la cultura social, sino además para expresar por todos los medios y en todos los foros posibles sus diagnósticos y opiniones. Muchas de tales ideas eran para el momento y en busca de interlocutores. Por eso prefería el espacio perecedero aunque de mayor alcance social que tiene la prensa, aunque luego reescribiera esos textos para nutrir sus numerosos libros. Esos volúmenes son mucho más que compilaciones de artículos originalmente aparecidos en periódicos y revistas; Monsiváis corregía de manera compulsiva sus propios textos, con un respeto diríase reverencial al formato del libro que trasciende la fugacidad de la prensa.

Lector omnívoro, era promotor generoso de muy variados espacios para que se expresaran las opiniones de otros. Suman centenares los editores de revistas que pueden dar fe de la solidaridad de Monsiváis que se las ingeniaba para entregarles un texto que, independientemente del tema, sería atractivo para impulsar o mantener publicaciones que precisaban notoriedad para obtener lectores e inserciones publicitarias. La firma de ese escritor siempre era interesante, incluso para pequeñas editoriales universitarias que publicaron las primeras ediciones de algunos de sus libros más tarde muy renombrados.

El debate de ideas, para Monsiváis, era componente imprescindible en la democracia. “Por mi madre, bohemios”, exhibió durante décadas dislates de los personajes públicos. Cierta parcialidad implícita, con frecuencia mantenía ausentes de esa columna a personajes considerados como de izquierdas, que así quedaban a salvo de los subrayados críticos de “la R.”. Eso no implica que sus simpatías políticas fueran incondicionales. Monsiváis fue entusiasta del zapatismo pero señaló abusos del subcomandante, de la misma manera que cuestionó errores garrafales de López Obrador a pesar de la querencia que tenía con el entusiasmo popular que llegó a suscitar ese movimiento.

En respaldo a la discusión así como a la elaboración intelectuales, Monsiváis animó durante 15 años (de 1972 a 1987) el suplemento “La Cultura en México” de la revista Siempre!, en cuyas páginas abundaron textos fundamentales en la formación cultural de varias generaciones. Ese mismo afán lo llevó a defender a la universidad pública, así como a preocuparse por la preparación habitualmente fragmentaria y exigua que ofrecen las escuelas universitarias de comunicación.

En 1988, con motivo de la muerte de su querido amigo Carlos Pereyra, Monsiváis escribió que un intelectual “es aquel que mantiene la voluntad de conocimiento y la autocrítica, no obstante los graves obstáculos”. Con una inagotable capacidad de asombro, respaldada en una mordaz pero antes que nada extraordinariamente sólida inteligencia, Carlos Monsiváis eludía constantemente esas dificultades.

Publicado en emeequis