Contra la barbarie

Minuto de silencio en la Place de la Republique

Publicado en Crónica el 16 de noviembre

Los viernes por la noche los jóvenes se apropian de París. Salen a tomar una copa, escuchan la música que les gusta, ratifican que es la ciudad de la luz y que siempre, pero sobre todo cuando es de ellos, es una fiesta. Allí se expresa una versión contemporánea de los principios esenciales que nacieron en esas calles hace dos siglos y cuarto: libertad, igualdad, fraternidad. Seguir leyendo “Contra la barbarie”

Redes, espionaje y ciudadanos

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Manifestaciones en defensa de Snowden

Publicado en Zócalo, julio de 2013

Gracias a la revolución digital sabemos mucho más de cada vez más cosas. Nuestra computadora conectada a la Red puede conducirnos a sitios y datos de la más variada índole. Pero nosotros mismos también somos más visibles.

Cada entrada que escribimos en las redes sociales tiene el propósito de ser conocida por otros. A veces lo olvidamos pero Twitter y Facebook son espacios públicos que, por definición, están abiertos al escrutinio de otras personas. Aunque decidamos bloquear o condicionar el acceso a nuestros contenidos, la información digital puede ser vista, reproducida y adulterada incluso sin nuestro conocimiento. Los textos e imágenes que colocamos en tales espacios pueden ser inspeccionados, antes que nada, por los administradores de esas redes. Seguir leyendo “Redes, espionaje y ciudadanos”

Populismos de derecha

Publicado en Eje Central

Otros tiempos

El populismo apela a las emociones, toma al pueblo como coartada mas no como actor de los cambios sociales, aspira a movilizar adhesiones elementales pero intensas a favor de un líder o una causa que se proponen como representantes, por lo general únicos, de las mayorías. La ausencia de matices refuerza la contundencia de las propuestas populistas: buenos contra malos, justicieros ante bribones, protectores frente a negligentes. El líder populista se muestra afable pero no suele ser condescendiente; el temperamento intransigente se presenta como salvaguarda de la sociedad. Para el líder populista los ciudadanos no son interlocutores, sino individuos desvalidos a los que es preciso proteger. Para eso están ellos.

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Breviario de Julian Assange

Publicado en emeequis

No pasará mucho tiempo antes de que alguien lleve al cine la biografía de Julian Assange. El creador de WikiLeaks asistió a seis universidades en donde tomó clases de física, matemáticas, filosofía y neurociencia;  a los 16 años hackeaba sitios de universidades australianas y de empresas canadienses. Nació en Australia el 3 de julio de 1971. Sus padres eran teatreros itinerantes y se divorciaron. El nuevo marido de su madre era miembro de un grupo New Age. Assange vivió más tarde en sitios tan disímiles como Tanzania e Islandia y en 2006 creó su hoy celebérrimo sitio de Internet destinado a recibir filtraciones políticas. Seguir leyendo “Breviario de Julian Assange”

Berlín, ciudad abierta

Estuve en Berlín a fines de septiembre de 1989. La crisis política en Alemania del Este no parecía resistir mucho más y era parte del desmoronamiento del llamado bloque socialista. A pocos días de mi regreso a México ocurrió la apertura del Muro. El 10 de noviembre escribí para El Nacional el artículo del cual extraigo los siguientes párrafos.

Treparon curiosos y exaltados, saludaron con una furia acumulada quizá durante toda su vida y conocieron el otro lado del muro; ya lo sabían colorido y antiautoritario, como lo han dejado, lleno de sarcasmos y dibujos, otros jóvenes, compatriotas suyos: fueron, por centenares, acaso miles, los muchachos y muchachas que la noche del jueves corrieron para brincar la valla de concreto que los había mantenido separados del resto de la ciudad. El Muro de Berlín, para efectos prácticos, dejó de existir este 9 de noviembre.

Berlin Wall Fall 1989

La decisión del nuevo gobierno de la República Democrática Alemana para, en un forzado pero al fin sensato sentido del realismo, abrir las puertas del muro, termina con toda una era. E inicia otra. Los habitantes de Berlín Oriental que acudieron la noche del jueves y sobre todo, a la mañana siguiente para, a la luz del día, celebrar y manifestar su estupor mostraron, con esa sola actitud, que el muro separaba a Berlín pero no había segregado a los alemanes. Rápido, al comienzo no sin miedo, varios centenares de berlineses se las arreglaron para trepar el muro como quizá nunca pensaron hacerlo: masiva, entusiasmadamente, sin la vigilancia de los vopos –muchos de los cuales, también, habrán querido compartir esa experiencia–; durante 28 años, rumbo al Occidente no han tenido más horizonte que la muralla de 45 kilómetros que divide a su ciudad (además de otros 120 kilómetros que separan a los sectores occidentales de Berlín del resto de la RDA). Muchos de los residentes de Berlín Oriental crecieron con el muro, no conocían más realidad que esa. Hace poco, un funcionario cuya familia había vivido hasta entonces en el lado oriental, nos contaba cómo una niña de diez años, que pudo viajar a Frankfurt, se asombraba ante una ciudad tan abierta y preguntaba “¿y aquí, dónde está el muro?”: pensaba que en todas las ciudades tenía que haber una barrera como la berlinesa, porque así era como ella había crecido.

Millares de jóvenes de Alemania Oriental, así crecieron. Pero a través del muro de concreto y enrejados, poco a poco, pudieron acceder, como visitantes, los alemanes de Occidente y sobre el muro mismo, de manera incontenible, volaron las señales de la radio y la televisión del lado Federal. Esos millares de jóvenes, muchos de los cuales acudieron, aunque fuera por elemental curiosidad, a ver el otro lado del muro que toda la vida han tenido delante suyo, ahora comenzarán a habitar en una ciudad abierta.

Por eso este jueves y este viernes en Berlín, la siempre intensa actividad nocturna del lado Occidental ha sido especialmente novedosa. Los azorados habitantes de Berlín Este han traspuesto la Puerta de Brandemburgo y han caminado por la Avenida del 17 de junio que recuerda el levantamiento civil de sus padres, o sus abuelos, en 1953 (cuando una huelga general constituyó una de las primeras demostraciones de las dificultades que comenzaban a resultar de las tensiones entre economía y sociedad en la RDA). Deben haber pasado ante la seguramente sorprendida guardia soviética, que se ha mantenido a unos metros del muro, pero del lado occidental, como recordatorio del estatuto de ocupación según el cual Berlín se encuentra bajo la supervisión de la URSS, Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos. Luego se internaron en el mullido Tiergarten, el laberíntico parque del que, acaso, solo avistaban, a distancia, las copas de los árboles.

Los jóvenes de Berlín Oriental que este fin de semana están reconociendo la otra mitad de su ciudad habrán pasado, así, frente a los enormes pórticos de inspiración chinesca que resguardan el Parque Zoológico y se habrán encontrado con la Iglesia Conmemorativa, la antigua Iglesia del Káiser Guillermo la cual, con su mitad destruida, recuerda las consecuencias de una Guerra Mundial que nadie, nunca, debiera olvidar. Habrán llegado entonces al principio de la vistosa Kurfürstendamm, la avenida de los escaparates millonarios y los cafés callejeros, repleta de luces y tentaciones, abundante en desórdenes y perversiones. Quizá entonces, algunos de sus compatriotas del lado Oeste les hayan convidado una cerveza a presión en alguno de los bares que por docenas o centenares, nadie ha podido llevar la cuenta, proliferan en el centro de Berlín Occidental.

Si la otra parte de su ciudad les ha resultado tan atractiva, ha sido por tan largamente prohibida. El gobierno, ahora renovado, de la RDA, cultivó una extensa, añeja inquietud entre sus conciudadanos que ante la prohibición, querían conocer las calles luminosas, las ofertas mercantiles, las posibilidades de disipación, en todos los sentidos, que prosperaban del inquieto y también contradictorio lado occidental. Por eso este jueves, apenas se conoció el lacónico e histórico anuncio de Günter Schabowski a nombre del buró político del Partido Comunista, revelando que las puertas del muro serían abiertas, una multitud de berlineses –significativa, mayoritariamente jóvenes– se precipitó sobre la valla de concreto.

En realidad los berlineses del Este han tenido hermosos panoramas urbanos para recrear su vocación estética. En el reparto de la ciudad, los soviéticos se quedaron con la zona histórica, que no sólo resulta de mayor majestuosidad, sino también de mayor significado. Apenas tras la puerta de Brandemburgo, por la Unter den Linden, se encuentran la Antigua Biblioteca de Prusia, la Universidad de Humboldt, los viejos edificios de la Ópera, el Museo del Arsenal y el de Pérgamo, hasta que se llega a la Plaza Marx y Engels, flanqueada por la majestuosa Catedral berlinesa y el adusto edificio del Consejo de Estado.

Tiene lo suyo, y mucho, el centro de Berlín Oriental, por donde con algo de voluntarismo es posible imaginar los tiempos en que, por esas calles, Georg W. Hegel discurría sus construcciones filosóficas o Karl Marx encontraba motivos para profetizar etapas que nunca llegaron; casi se escuchan los cascos de los caballos conduciendo carrozas militares y repiqueteando sobre el adoquín, en años de rigidez y ambición germana como los de Otto von Bismarck, el Canciller de Hierro… Pero la imagen de una ciudad más lenta que reposada, más hueca que respetada, acaba con las fantasías. Llena, rebosante de historia, la parte oriental de Berlín es, sin embargo, una ciudad vacía. Sus calles están colmadas de monumentalidad pero casi no hay gente en ellas. El Berlín histórico es para los funcionarios y para los turistas, pero los alemanes del Este prefirieron hacerse de un nuevo entorno en las enormes unidades habitacionales que hay en la periferia. Y ese es el contraste que ha llevado a muchos de ellos a incursionar, quizá por unas cuantas horas, en la otra mitad, que les había sido vedada, de su propia ciudad: la mitad occidental definida por la sociedad de consumo, por los letreros de neón, por las ofertas de relajo y abundancia.

Están viviendo un sueño, este fin de semana, los berlineses orientales que han cruzado el muro. Luego, en la nueva vigilia, habrán de tener tiempo para meditar sobre su nueva condición y sobre los nuevos retos de las dos Alemanias. La apertura del muro, que parecía inevitable, no se avizoraba tan pronto. La remoción de Eric Honecker fue precedida de un malestar inocultable en la RDA y la decisión de permitir el tránsito al área occidental estuvo precedida por movilizaciones hasta ahora, en varias décadas, desconocidas en esa Alemania. Dos funcionarios del Partido Comunista se suicidaron, antes de que se hiciera público el anuncio de este jueves. Muchos cambios más habrán de presenciarse, porque la apertura del muro, después de todo, no es más que una decisión simbólica, con todo y lo simbólico y ominoso que fue siempre ese valladar que cruza por todo Berlín.

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La luna y la noche que detuvimos los relojes

Aquellos días dormíamos poco, levantándonos de prisa y acostándonos tarde para no perder detalle del viaje más anunciado en la historia de la humanidad. Las fantasías de Julio Verne y George Meliés estaban por ser cumplidas y lo de menos era si la carrera espacial había sido acicateada por la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque la bandera que sería plantada en la áspera y fría superficie de nuestro satélite era la de las barras y las estrellas, había motivos suficientes para querer entender la misión del Apolo 11 como un logro de toda la humanidad.

Así lo dijo Neil Armstrong, en la famosa y precisa frase justo en el momento en que dejaba impresa la huella del pie izquierdo sobre la luna. En México eran las 20.56 del 20 de julio de 1969. Hasta donde recuerdo Jacobo Zabludovsky, en la transmisión televisiva, dijo algo así como detengan sus relojes porque este es un acontecimiento histórico. Y allí quedó ese episodio del reloj de la memoria, congelado cuando las imágenes borrosas y el audio quebradizo que llegaba de la Luna a Houston y de allí al planeta entero, nos indicaban que era un momento para recordar.

La sensación, a la vez, de comunidad y libertad que suscitó la llegada del primer hombre a la luna, trascendía banderías nacionales e ideologías políticas. Era una hazaña de la tecnología y la ciencia pero también de la imaginación y el arrojo. Por supuesto, se trataba de un logro teñido de implicaciones geopolíticas como le diríamos más tarde a la existencia de obvios intereses de variada índole en el plano de las relaciones internacionales. Pero ninguna de aquellas consecuencias le restaba espectacularidad al hecho de que un ser humano (dos, al cabo de unas cuantas horas) caminaba por la luna.

En la televisión de Estados Unidos la transmisión del alunizaje fue encabezada por Walter Cronkite, el veterano y prestigiado periodista que condujo entre abril de 1962 y marzo de 1981 el noticiero vespertino de la CBS. En esa tarea, Cronkite atestiguó y comunicó acontecimientos de toda índole, desde el asesinato de John Kennedy y la carrera espacial, hasta la guerra de Vietnam.

Cronkite murió el viernes pasado, a los 92 años, unos días antes de que se cumplieran cuatro décadas de una de sus transmisiones más memorables. En su libro autobiográfico A Reporter’s Life, Una vida de reportero (Knopf, New York, 1996) relata la espontánea cuan apresurada reacción que tuvo cuando estaba transmitiendo la llegada de Neil Armstrong a la luna:

“Cuando Neil salió del Eagle, yo casi había recuperado la compostura que perdí completamente cuando el Eagle había descendido delicadamente sobre la superficie de la luna. Me había preparado tanto como la NASA para ese momento y entonces, cuando llegó, me quedé estupefacto.

“¡Hombre!, ¡Caray! ¡Hombre! (Oh, boy!, Whew! Boy!). Esas fueron mis primeras palabras, de una profundidad que será registrada por todas las épocas. Eran todo lo que podía articular”.

Era muy posiblemente el periodista más relevante en Estados Unidos y sin duda uno de los que conquistó mayor credibilidad en el siglo XX. Pero confrontado ante aquel hecho histórico, Walter Cronkite reaccionó con esas exclamaciones.

Cronkite relata que en los años 80 abrigó la ilusión de participar en un viaje espacial, cuando los directivos de la NASA anunciaron que habría civiles entre los pasajeros de las siguientes tripulaciones. Específicamente,  se dijo, volarían un profesor y un periodista. Después de una preselección entre más de mil solicitantes, el conductor del noticiero de CBS quedó entre 40 finalistas. Pero luego sobrevino la tragedia del transbordador Challenger, que en enero de 1986 estalló poco después de haber despegado en Florida. Cronkite escribió acerca de esa fallida posibilidad:

“Con frecuencia me preguntaban si todavía quería ir al espacio después del Challenger. Mi respuesta era que sí, pero que temía que mis cañerías se irían antes de que la NASA arreglara las suyas. Realmente, todavía me gustaría ir. Sé, sin embargo, que vería el vaso más medio vacío que medio lleno. Un vuelo orbital sería la cosa más emocionante que puedo imaginar –excepto el vuelo que me gustaría hacer antes que otros: el viaje a la luna–. Sería grandioso ver el planeta Tierra desde esa enorme distancia, observar como han hecho nuestros afortunados astronautas esta gran esfera azul, esta mancha de color en la oscura extensión del espacio, regocijarnos en el misterio de nuestra existencia aquí.

“El primer descenso en la luna fue, sin duda, la más extraordinaria historia de nuestra época y casi tan destacada fue la proeza para la televisión como el mismo vuelo espacial. Ver a Neil Armstrong a 240 mil millas allá afuera, mientras daba el gigantesco paso para la humanidad en la superficie de la luna, fue una emoción más allá de todas las otras emociones de ese vuelo. Todas esas emociones derribadas una sobre otra tan rápidamente que pasábamos de la carne de gallina que nos causaba una de ellas a la que suscitaba la siguiente”.

Y en efecto, a la emoción que siempre suscitaba mirar (o, incluso antes, escuchar por la radio) el lanzamiento de aquellos cohetes que conducían fuera de la atmósfera terrestre a una de esas frágiles cápsulas Mercurio, Géminis o Apolo, en aquel verano de 1969 se añadían el recorrido a la luna, la entrada en la órbita del satélite, el descenso en la superficie lunar y el exitoso viaje de retorno. Eran otros tiempos, sí. Nosotros mismos éramos otros. Pero somos lo que somos y el mundo es lo que es gracias, en parte, a las certezas y las quimeras detonadas por aquellas proezas tecnológicas. Como decía Cronkite todas las tardes al terminar su noticiero, así es como son las cosas (and that’s the way it is).

ALACENA: Armstrong despide al periodista

Retirado de las actividades públicas desde hace años, este fin de semana Neil Armstrong dio a conocer el siguiente comunicado sobre la muerte de Walter Cronkite:

“Para que un analista de noticias y un reportero de los acontecimientos del día tengan éxito, él o ella necesitan tres cosas: precisión, oportunidad y la confianza de la audiencia. Muchos tienen la fortuna de contar con las dos primeras. La confianza de la audiencia, se debe ganar.

“Walter Cronkite pareció disfrutar de los más altos ratings. Tenía una pasión por la exploración humana del espacio, un entusiasmo que era contagioso y la confianza de su audiencia. Se le va a extrañar”.

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Disparate canadiense

La cancillería mexicana –una de cal– respondió con agudeza a la decisión del gobierno de Canadá que repentinamente comenzó a exigir visas a nuestros compatriotas que viajan a ese país. En vez de ignorar el asunto o de, en otro extremo, responder de la misma manera, nuestro gobierno anunció ayer que los diplomáticos canadienses que quieran venir a México deberán tramitar una visa.

Se trata de una medida simbólica y que tendrá efectos fundamentalmente en el litigio que ya se ha desatado sobre ese asunto en los medios de comunicación. Los turistas canadienses que vengan a México no tendrán que cumplir con ese requisito, con lo cual se evita ahuyentar al de por sí amedrentado y disminuido turismo. Lo mismo hizo el gobierno de la República Checa, a cuyos ciudadanos Canadá decidió imponer, junto a los mexicanos, el requisito de la visa.

Con esa decisión no se remedian las vicisitudes de millares de mexicanos que, fundamentalmente para hacer turismo, tenían previsto viajar en los próximos días a Canadá. Pero quizá, sumada con las protestas que ya se propagan entre los propios canadienses, esa decisión contribuirá a subrayar la enorme injusticia y la inadmisible tontería que ha cometido el gobierno de Ottawa en contra de todos esos mexicanos y sus familias.

El gobierno de Canadá explicó que, con la visa, pretende disminuir la gran cantidad de peticiones de asilo que son presentadas por mexicanos que buscan aprovechar las generosas disposiciones legales que hay en aquel país para acoger a ciudadanos que se consideran perseguidos en sus respectivas naciones.

Sin embargo no resulta claro por qué el hecho de llenar una compleja y exigente solicitud desalentará a quienes buscan acogerse a las normas canadienses en materia de asilo. No hay correspondencia alguna entre el problema que pretende atajar y la decisión del gobierno de Canadá para requerir visas a los mexicanos.

En ese país, efectivamente, desde hace tiempo hay numerosas peticiones de asilo. Se puede asegurar, incluso sin tener a la mano una relación detallada de quienes se han beneficiado del asilo canadiense, que la gran mayoría han sido personas que distan de ser perseguidas en México.

Y son muchos. Entre 2005 y 2008 la cantidad de mexicanos que pidieron asilo en Canadá aumentó de 3400 a 9400. De esta última cantidad, el 89% de las solicitudes fueron rechazadas. Eso deja más de mil solicitudes –1034– que sí fueron aceptadas.

¿A qué persecución política escapaban, de qué movimiento social formaban parte, en qué partido disidente concurrían esos mexicanos? Es posible que entre ellos haya unos cuantos ciudadanos cuya militancia política o social hubiera suscitado represalias de alguna fuerza política o algún poder fáctico en México. Pero la mayoría, son pícaros que se han valido de la manga ancha con que Canadá juzga las peticiones de asilo para encontrar una manera de vivir.

Si esas peticiones han sido aceptadas, se debe a la holgura de las disposiciones canadienses. Más aún: si la cantidad de mexicanos que busca ese cobijo legal se triplicó en los años recientes ha sido, precisamente, por el éxito que han tenido las solicitudes débilmente fundadas pero admitidas con ligereza por el gobierno de Canadá.

El asilo es una de las más nobles y fundamentales instituciones en las relaciones entre los países. No hace falta insistir en la importancia que tiene. Pero si Canadá acoge por esa vía a centenares de mexicanos cada año, no se debe a que en nuestro país haya una intensa persecución política sino a deficiencias o, para decirlo de manera menos drástica, a la flexibilidad con que se interpreta y aplica el derecho de asilo en aquella nación. Ahora, las víctimas de esa abundancia de asilados reconocidos como tales son los mexicanos que quieren viajar a Canadá.

La medida fue anunciada tan de improviso que, todavía ayer, en algunos sitios de ese país como “Canadá en español” se aseguraba que los mexicanos no necesitamos visas para viajar a ese país.

Ayer mismo el director ejecutivo de la Fundación Canadiense para las Américas, Carlo Dade, sostenía en un texto muy crítico que pedir asilo se vuelve atractivo debido a la tardanza de las autoridades de Canadá para resolver cada solicitud: “Abofetear con las restricciones de las visas a los países no sirve, y no servirá, para arreglar el asunto del sistema de refugiados. Si los requerimientos de asilo fueran procesados rápidamente, entonces los incentivos para abusar de ese sistema desaparecerían”.

Dade, también expresa preocupación por las reacciones que estas medidas puedan suscitar en países como México: “Podemos imaginar lo que está pensando América Latina. Por un lado, Canadá dice que quiere lazos más estrechos, más intercambios culturales y mejores relaciones. Por el otro, de manera unilateral y sin aviso, impone una medida precisamente para hacer lo contrario con sus aliados más cercanos y con quienes tiene relaciones más intensas en la región. Y todo por 9 mil solicitudes de asilo”.

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