Profesor universitario, hombre de izquierda, dirigente sindical, constructor de partidos, protagonista y siempre lúcido crítico de la vida pública mexicana, Pablo Pascual Moncayo era, antes que nada, un hombre generoso y alegre. Murió el 21 de abril de 1997, hace dos décadas. Aquel día escribí los dos textos que reproduzco a continuación.

Mi hermano Pablo Pascual

Publicado en Crónica el 22 de abril de 1997

Es imposible resignarse ante la muerte de un amigo que nos enseñó y compartió tanto con nosotros, de manera tan intensa, el gusto por la vida. Pienso en Pablo Pascual Moncayo como el personaje vigorosamente vital que muchos tuvimos la suerte de conocer y querer y no consigo admitir que haya fallecido ayer lunes por la madrugada. Imagino las maneras despectivas con que hubiera desdeñado cualquier recordatorio fúnebre y no puedo sino sonreír, al recordar los desplantes verbales por los que era conocido entre sus amigos y en el mundo político en donde, más allá de partidos y siglas –aunque él tenía sus preferencias muy claras– era singularmente apreciado.

Pablo era un hombre con tan intensa pasión por la vida que por ello viajaba por doquier, devoraba películas, consumía novelas, degustaba vinos, quería a sus amigos y admiraba a las mujeres, con la misma vehemencia con que hacía política.

Participó muy destacadamente en la construcción del sindicalismo universitario, gracias al cual recorrió el país fundando y asesorando sindicatos y llegó a dar a la cárcel –afortunadamente muy pocos días– junto con otros compañeros nuestros después de la huelga que hicimos en 1977 en la Universidad Nacional. Luego formamos el MAP, el PSUM, el PMS.

Pablo fue diputado federal y en la Cámara desplegó la encantadora simpatía, entremezclada con devastadora crudeza, con que les decía las más terribles verdades a panistas y priístas –y desde luego a sus compañeros de partido– sin perder la expresión sarcástica. El estilo directo, aderezado con chascarrillos pero singularmente contundente cuando se trataba de dirimir discrepancias políticas, no le cancelaba amistades. Al contrario. Quienes compartieron con él circunstancias partidarias, legislativas o académicas, aprendieron a estimarlo y a buscar sus opiniones lúcidas.

Cuando, junto con otros amigos, renunció al PRD, Pablo quedó al margen de la política activa aunque luego fue puntal del Instituto de Estudios Para la Transición Democrática, del que fue presidente. Se afanó en la promoción del estudio de los nuevos cambios del país y destacó entre los organizadores de la observación electoral, pero lo suyo era la política real. Había abrevado en las lides estudiantiles en la Facultad de Economía, luego en el impulso a la organización social en colonias y más tarde en sindicatos. Aprendió, como varios de nosotros, de las crudezas e insuficiencias de la política mexicana junto a don Rafael Galván, el dirigente electricista del cual, sin lugar a dudas, era el preferido en el grupo de amigos que acudíamos a deliberar con él.

La democracia era método y, por lo pronto, meta en aquellos esfuerzos. Pablo hacía política por convicción y vocación. Inclusive ya fuera del circuito partidario, tenía una notable sensibilidad para observar y analizar. No era casual que amigos suyos de diversas banderías políticas, lo frecuentaran para gozar su humor chispeante, pero también para aprovechar su escrutinio sagaz e intuitivo.

Pablo Pascual era un hombre de izquierda. Lo era por convencimiento y con sentimiento. No de la izquierda ortodoxa de la que, en sus momentos, discrepó notablemente, sino de esa vertiente política comprometida con la justicia, la igualdad, la democracia. No ambicionó tales coordenadas en abstracto. Trabajó por ellas siendo ejemplo de cómo era posible pugnar por el desarrollo de la sociedad sin amargarse la vida ni dejar de disfrutarla.

Si hacía y quería a la política, era por los principios programáticos que compartió en su trayecto por organizaciones y partidos y sobre todo, porque era un hombre profundamente bueno. La vehemencia con que Pablo era capaz de arengar en un mitin o de responder sin medir consecuencias a una bravuconería, se derretía en ternura triste cuando veía a un niño pidiendo limosna en la calle. Incuestionablemente valiente, Pablo era un hombre de emociones hondas. Podía indignarse hasta vituperar con agudas mofas delante del adversario político más poderoso, lo mismo que compungirse con una película medianamente sentimental. Tenía una capacidad de entusiasmo que desde luego no se agotaba en la política y que manifestaba delante de un cuadro de Picasso, escuchando una pieza de buen jazz, ensayando unos nada desentonados pasos de rock, o caminando infatigable por las calles en donde cada esquina era un hallazgo.

En el velorio de Pablo, ayer lunes, habíamos numerosos amigos suyos, incluyendo muchas mujeres guapas. Lo digo, porque estoy seguro de que él lo hubiera reconocido y gozado así. Lo digo también porque se va en medio del cariño enorme de tantísima gente y porque si no lo digo, este recuerdo escrito quedaría deshecho en lágrimas. No es  metáfora el encabezado que hoy tiene esta columna. Pablo me dispensó el título de hermano y esa es una de las muchísimas cosas por las que le estoy agradecido. Para Gabriela y Ana Laura y para todos los enternecedores Pascual, un abrazo muy fuerte. Así estaremos menos solos.

 

Pablo Pascual

Pablo Pascual Moncayo

Publicado en Etcétera número 221, 24 de abril de 1997

Aunque era esperada porque hacía tiempo sabíamos del cáncer irremediable que lo consumía, la muerte de Pablo Pascual Moncayo ha sido como un mazazo impertinente y perturbador para los muchos que fuímos sus amigos. Cuando aparezcan estas líneas en etcétera, ya se habrán publicado elogios de la congruencia política, la vocación democrática, la inclinación a la izquierda, la simpatía personal, virtudes todas ellas que Pablo desparramaba con natural espontaneidad. Tenía una simpatía irresistible, que es difícil describir a quienes no lo hayan conocido. Junto con ella, la agudeza política que lo hizo célebre hacían de él un crítico permanente que nunca perdía el sentido del humor. Pablo suscitaba afectos entrañables, de los que son leve testimonio las numerosas condolencias que se han conocido a partir de su muerte, que tanto nos ha entristecido, la madrugada de este lunes 21 de abril.

Así que en esta casa que es etcétera, muchos de cuyos lectores ya saben quién fue e incluso conocieron y quisieron a Pablo, es difícil platicar algo nuevo sobre él. Y no sólo porque Pablo haya tenido muchos amigos, sino porque su medio natural era la actividad social, los asuntos públicos, la política.

En ella, en la política, es donde la mayoría conocimos a Pablo. Yo estudiaba todavía en Ciencias Políticas cuando, con curiosidad y reverencia, hacia 1972 me acerqué al grupo Punto Crítico en donde Pablo formaba parte del núcleo universitario. Formada por ex dirigentes del movimiento estudiantil del 68 aquella era, más que revista, un grupo político y quería ser el embrión de un nuevo partido. La mayoría de sus integrantes eran, al menos en las reuniones de discusión, solemnes y adustos, como si cada frase la sopesaran por sus consecuencias históricas. En medio de aquella formalidad de izquierda (que luego, ya más en confianza, se diluía en camaradería de alcances muy diversos) Pablo Pascual descollaba por la facilidad con que decía las cosas más terribles y más trascendentes, con inteligente mordacidad. Tanta que desesperaba a quienes, por pensar o para que pareciera que pensaban sólo en La Revolución, no soportaban las aparentes o reales trivialidades con que Pablo aderezaba aquellos debates tan serios.

Esos tiempos no eran precisamente fáciles. Sobre la izquierda, había amenazas y represiones, aparte de la confusión que cundía entre sus filas. Por aquellas épocas un grupo seudoizquierdista en Sinaloa con tan mala fama que les decían “Los Enfermos”, asesinó a dos universitarios en Culiacán. Mientras otros compañeros desempolvaban los tratados leninistas sobre la provocación para entender mejor la intimidante coyuntura, Pablo formó parte destacada de un grupo que, pertrechado con armas que ahora parecerían casi de juguete, se lanzó a la aventura no se sabía si vindicativa o política, para ajustar cuentas en la Universidad de Sinaloa. Por fortuna, en esa como en otras ocasiones los recursos que resultaron necesarios fueron los del debate político y la solidificación organizativa.

Así era Pablo. Capaz de jugarse la vida por una causa que creía justa, lo mismo que de reclamar en el tono que fuese necesario a quien él consideraba que había abusado de sus amigos o sus amigas. Pero ese talante de revoltoso que sabía mostrar tan bien, sólo era fachada de una sensibilidad siempre a flor de piel. Poco a poco fui aceptado en el grupo de amigos del que él formaba parte y participé en la renuncia colectiva a aquél proyecto de revista-partido. Para entonces, ya habíamos fundado el Sindicato del Personal Académico en 1974 y en 1977 haríamos el Sindicato de Trabajadores de la UNAM. El núcleo del activismo de los profesores (él trabajaba en la Facultad de Economía) era el Consejo Sindical del que ya José Woldenberg, en el capítulo 10 de su memoria de la izquierda escribió, el 4 de abril del año pasado en estas páginas: “era un espíritu, una idea, una forma de ser, impregnada de los anhelos y clichés, las convicciones y tics de la izquierda del post68. Básicamente antiautoritario, sus relaciones eran horizontales, igualitarias, entre ‘jefes’ y ‘base’, entre hombres y mujeres. Se mezclaba la adhesión y deslumbramiento por la revolución cubana con el gusto y la pasión por el rock, la compulsión por la política y por el reventón, la anti solemnidad en el trato y la adicción por el cine, los discos, los libros. Y un espíritu solidario con lo cercano y lo lejano, con la huelga de Spicer o contra los asesinatos por garrote vil decretados por el vil régimen franquista. Es decir, el Consejo fue además un estado de ánimo más allá de la política, una fiesta de amistad y sueños, de proyectos y esfuerzos que ofreció un aura romántica a la fría –vista desde fuera— actividad sindical”.

En ese contexto se intensificó la amistad con Pablo. La efeméride política es más o menos conocida. Al tiempo que participamos en el sindicalismo universitario (en donde él era uno de nuestros dirigentes sin lugar a dudas) en la segunda mitad de los años setenta nos acercamos a la Tendencia Democrática de los electricistas y a don Rafael Galván. Los ochenta, fueron de tránsito de y en los partidos de izquierda.

Todo ese tiempo, el trato con Pablo fue de una afable coincidencia. A mucha gente le sorprende que este grupo de amigos tenga convergencias tan naturales en las opiniones políticas. A veces, incluso creen que conspiramos o nos congregamos para ponernos de acuerdo en diversos asuntos. La verdad, es que ésa formación común nos dotó, de una u otra forma, de una experiencia y una óptica similares que, claro, cada quien pone en práctica como puede y cuando quiere.

Con Pablo, de la aventura política compartida pasé, lo mismo que otros amigos, a la amistad intensificada en cada experiencia común. Viajamos mucho. Dentro del país, gracias a la política sindical. Y más lejos. En los tiempos en que el salario de profesor universitario (en mi caso, en esas épocas aún de las categorías más modestas) permitía viajar al extranjero, hicimos recorridos que hoy parecerían de pachás. Así es como brindamos por la amistad imperecedera de los pueblos en una enorme cava bajo tierra en la capital de Armenia, aprovechamos las noches de plena luz en una cena interminable cuando Leningrado todavía se llamaba así, seguimos jubilosos una manifestación del PCI por los vericuetos de Venecia, contemplamos juntos el Guernica cuando estaba en Nueva York, compartimos en condiciones bastante maltrechas un amanecer navideño en la Plaza Real de Barcelona, nos enfadamos en una claustrofóbica tumba faraónica en Luxor, nos conmovimos frente a las Majas en El Prado, fatigamos kilómetros a pie y litros de vino para patrullar París, que tanto le gustaba. Con Pablo Pascual aprendí a mirar museos y monumentos más allá del simbolismo hierático. El cine, pasión común de este grupo de amigos, lo compartimos perplejos ante la pantalla o en las tertulias posteriores. Fue mi mejor cómplice en la lectura concurrente de novelas policiacas, que intercambiamos con gusto. Nos emocionamos juntos, aunque sea lugar común, con La Marsellesa en Casablanca, en la saga libertaria de 1900, en las canciones de la guerra civil española y en los corridos villistas que se repetían en las abundantes fiestas de cuando teníamos algunos años menos.

No sé para qué cuento todo esto. Son destellos que surgen ahora que miro una foto de Pablo, la sonrisa sarcástica, los ojos llenos de esa luz inconfundible, mientras pienso que si leyera estas líneas diría, contundente y displicente: “qué mamadas, pinche Trejo”.

Pablo se nos fue el lunes. Aunque esperábamos en desenlace, no ha sido un ápice menos doloroso. Es que lo queríamos mucho. El día que yo vaya a París –y ruego que esto no suene pedante— voy a bajar por la Rue Mouffetard hasta la Plaza de la Contraescarpe, que tanto le gustaba. Voy a buscar una mesa y allí, donde vimos pasar un pedacito de vida, voy a brindar con él.

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