El valor de las palabras

El macartismo trató como desleales y traidores a quienes eran señalados como comunistas. Al licenciado AMLO le inquieta sobremanera que lo cuestionen y se irrita incluso con el bullicio en Twitter.

Publicado en Crónica el lunes 31 de diciembre

Las palabras son los instrumentos de los sabios pero también la moneda de los necios, escribió Thomas Hobbes. En la vida pública, a las palabras con frecuencia se les utiliza a la ligera. El problema con ello no es semántico sino político. Cuando se habla sin mesura se pierde el significado de lo que se quiere decir y en vez de enfrentar problemas se les disimula con recursos retóricos.

   Tres siglos y medio después de Hobbes y su siempre aleccionador Leviatán, un autor que se ha puesto de moda por el sentido común con el que entiende los asuntos contemporáneos, Yuval Noah Harari, ha escrito en 21 lecciones para el siglo XXI: “La gente tilda de fascistas a todos aquellos que no le gustan. La palabra corre el riesgo de degenerar en un insulto que valga para cualquier cosa”.

   Quienes en las redes sociodigitales sugirieron que el gobierno podría tener alguna responsabilidad en la tragedia de Puebla actuaron con ligereza y sin sustento alguno. Pero cuando el presidente de la República llamó “neofascistas” a aquellos que especularon de esa manera, enrareció todavía más el ambiente público. Resulta preocupante que el titular del Ejecutivo no sepa qué es el fascismo, viejo o nuevo o, peor, que confunda las maledicencias en Twitter con el fundamentalismo militante y excluyente al que históricamente se le ha llamado de esa manera. 

   El presidente Andrés Manuel López Obrador, además, calificó como “mezquinos” a quienes, según él, crearon un ambiente adverso a su gobierno después de la tragedia en la que murieron la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, y el senador Rafael Moreno Valle. En sentido estricto la mezquindad fue del propio López Obrador quien, para no enfrentar los reproches que podría haber recibido, resolvió no asistir a la ceremonia fúnebre en Puebla. El temor a los abucheos pesó más en su ánimo que las responsabilidades como Presidente de la República. “Falto de generosidad y nobleza de espíritu” define la RAE al mezquino.

   La rectificación a ese calificativo fue peor. “A lo mejor debí decir que son tiempos también desgraciadamente de canallas”, sentenció el presidente. En varios espacios se ha recordado que ese es el título del intenso libro que Lillian Hellman escribió para dejar testimonio de las indignidades que ella y su pareja Dashiell Hammett padecieron, junto a muchos otros, cuando el senador Joseph McCarthy persiguió a los comunistas y a quienes eran considerados como tales. El macartismo, en los años cincuenta, exhibió la intolerancia que puede alcanzar el poder político cuando intenta imponer un pensamiento único.

   Posiblemente López Obrador no sepa que su alusión a Tiempo de canallas no sólo es históricamente errónea, sino además políticamente paradójica. El macartismo trató como desleales y traidores a quienes eran señalados como comunistas. Al licenciado AMLO le inquieta sobremanera que lo cuestionen y se irrita incluso con el bullicio en Twitter.

   López Obrador olvida, o soslaya, tres circunstancias. No ha comprendido que tenemos una sociedad diversa, intensamente proclive a la desconfianza y acostumbrada ahora a ejercer su libertad incluso con irritante desmesura. Aunque con frecuencia se refiere a la pluralidad y al respeto a los otros, sus dichos y hechos lo contradicen.

   Tampoco comprende que la responsabilidad de gobernar implica moderar y moderarse, incluso ante los inmoderados. El presidente no gobierna sólo para quienes votaron por él sino para todos los mexicanos.

   No toma en cuenta, en tercer término, que los gobernantes se encuentran sometidos a una mayor exposición a la crítica que el resto de los ciudadanos. Eso no implica que deban aceptar improperios o calumnias, pero sí que la manera idónea para enfrentar cualquier desavenencia es la explicación y la deliberación. Cuando replica con descalificaciones (por añadidura equivocadas) el presidente no sólo elude, sino además entorpece y contamina el debate público.

   López Obrador se equivocó cuando, disgustado ante la resolución del Tribunal Federal Electoral que avaló el triunfo de Martha Erika Alonso, advirtió que no visitaría Puebla. Cometió un segundo yerro al propiciar, o permitir, que Morena desconociera ese resultado en las urnas y la decisión judicial sobre aquella elección. Con el accidente del helicóptero en donde viajaban la gobernadora y su esposo, tales errores se revirtieron en contra del presidente.

   Cometió un nuevo error al negarse a estar en los funerales en Puebla, comportándose como jefe de una facción y no de las instituciones nacionales a las que encabeza. Se equivoca, además, al responder con improperios a quienes discrepan con lo que dice o hace.

   Esa lluvia de dicterios desplaza de la atención pública los asuntos que ameritan más difusión y discusión. El justísimo incremento a los salarios mínimos es un logro del gobierno, apuntalado en la perseverancia de especialistas y grupos sociales, que ha recibido insuficiente visibilidad. La exención fiscal en la frontera norte ayuda a las empresas en esa zona pero debilita la capacidad del Estado para impulsar proyectos sociales. El debate de esos y otros temas queda obnubilado por la cotidiana obsesión del presidente para escindir al país entre buenos y perversos, morenistas y neofascistas.

  Qué exceso machacar en estos temas, dirán ustedes, hasta en vísperas del año nuevo. ¿Qué le pasa a este columnista que se vuelve monotemático, una vez sí y otra también, señalando resbalones y desatinos que encuentra en el nuevo gobierno? La 4T me tiene en un estado de “depresión civil”, para emplear un término que le leí a Rogelio Villarreal. Quienes comparten ese estado de ánimo entenderán esta apuesta al examen crítico del poder político aunque resulte tan insistente. A quienes no, y a pesar de ello se asoman a esta columna, les agradezco especialmente su paciencia.

   Lilllian Hellman explicó que, en la inquisición macartista, “la verdad lo convertía a uno en traidor, como a menudo sucede en tiempos de canallas”. Apostemos a las palabras y las ideas, sin temor a discrepar. No permitamos que el desacuerdo sea convertido en traición. Con esa convicción, que tengan ustedes un venturoso 2019.

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