Responsabilidad, valor extraviado

La Crónica, 8 y 9 de abril de 2004

Por ley y necesidad política los gobernantes son responsables ante la sociedad –es decir, tienen que responder sobre sus actos–. En esa obligación radica una de las claves de las democracias. Cuando una sociedad puede exigir a quienes la gobiernan que expliquen sus acciones y omisiones, las probabilidades de abuso del poder político son menores y los ciudadanos tienen más control sobre el régimen que los gobierna.

   Responsabilizarse de sus decisiones ha sido, históricamente, no solo obligación sino además privilegio de los gobernantes. Al responder por sus actos no sólo reconocen logros y errores para el balance que hagan de inmediato sus gobernados y para la historia.

   Además, al distinguir abiertamente sus méritos y fracasos los hombres –y mujeres– del poder aceptan que son tan falibles como otros seres humanos. Los informes de una administración en el gobierno cobran auténtico sentido cuando, más allá de la danza de cifras y autoelogios que suelen nutrirlos, ofrecen un diagnóstico autocrítico de haberes y deberes.

   Un gobernante íntegro en ambos sentidos del término –honesto, pero además completo– se comporta de manera responsable. Mientras mayores son los contrapesos delante del poder de quienes gobiernan, mejores son las posibilidades para que el ejercicio de la responsabilidad sea uno de los principales factores de confiabilidad en la administración pública.

   En algunas de las democracias más consolidadas, cuando cometen un error muy grave los gobernantes renuncian –no para evadir responsabilidades por sus faltas sino para asumir plenamente las consecuencias de ellas–.

   En regímenes parlamentarios, donde la gobernabilidad es determinada por la composición de las fuerzas políticas en el Congreso es frecuente que el líder del gobierno, cuando pierde mayoría, presente su dimisión. La responsabilidad llega entonces al punto de reconocer que los electores, o las fuerzas políticas al tomar acuerdos, le han regateado el consenso necesario para seguir al frente del gobierno.

   La Historia, con mayúscula, registra numerosos casos de gobernantes que han tenido que asumir su responsabilidad en momentos límite. No es este el sitio para intentar ese inventario. Lo que nos interesa subrayar es la tendencia inversa: la cada vez más frecuente reticencia de los dirigentes políticos para admitir la responsabilidad en decisiones o hechos que afectan notoriamente a sus sociedades.

   Lejos de admitir sus propios yerros, los personajes políticos suelen echarse la culpa unos a otros. Esa práctica contamina aun más el entendimiento –y la solución– de los problemas.

   Al estar más preocupados por desconocer errores que por asumir un comportamiento responsable, gobernantes y dirigentes envilecen la cultura cívica y entorpecen el esclarecimiento de los hechos públicos.

   Veamos hacia los vecinos, para luego contemplar nuestras propias desdichas políticas. En Estados Unidos la clase política ha perdido la costumbre de asumir abiertamente sus responsabilidades. En las últimas semanas, por ejemplo, el gobierno de George W. Bush hizo casi todo lo posible para eludir la investigación que está desarrollando el Congreso acerca de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.

   La Casa Blanca se negó, hasta que no pudo mantener esa posición, a que la consejera de seguridad nacional, Condolezza Rice, rindiera testimonio. Esa funcionaria, si quisiera, tendría mucho que relatar acerca de lo que sabía el gobierno sobre la posibilidad de un ataque terrorista de gran magnitud.

   Hoy en día lo más frecuente es que, ante una equivocación, casi cualquier gobierno intenta tender una cortina de humo con un artificioso manejo de medios e insistiendo, a pesar de las evidencias que haya, en que no es responsable de la dificultad o el error que se le señalan. El tema amerita que regresemos a él, especialmente en estos días que resultan propicios para mirar alrededor y reconocer algunos de los grandes déficit –que a veces son auténticas tragicomedias– de nuestra vida pública.

El juego de las culpas

Ayer, cuando Condoleezza Rice rendía en Washington su larga declaración ante la comisión bipartidista que investiga los atentados del 11 de septiembre de 2001, podía recordarse la costumbre de la rendición de cuentas que en Estados Unidos, como en México, se encuentra debilitada.

   La asesora nacional de seguridad no hizo revelaciones estruendosas. Como era de esperarse supo cuidarle las espaldas a su jefe, el presidente George W. Bush, y evitó ofrecer evidencias de que el gobierno estadounidense pudo haber impedido la destrucción de las Torres Gemelas y, así, la enorme cantidad de muertes que hubo en aquel atentado.

   Más que sus declaraciones, quizá lo importante era ver a la arrogante y poderosa asesora presidencial sentada en el banquillo de los interrogados. Las reticencias que inicialmente presentó la Casa Blanca a esa comparecencia fueron vencidas por los cuestionamientos que surgieron en la sociedad estadounidense. Rice, aunque Bush no quería, tuvo que ofrecer su testimonio sobre el conocimiento que el gobierno tenía acerca de posibles atentados como el que finalmente ocurrió al sur de Manhattan.

   Ese rechazo de la administración Bush a facilitar las investigaciones del comité bipartidista ha sido presentado como ejemplo de las crecientes resistencias de los políticos estadounidenses a admitir responsabilidades.

   En un  comentario el 28 de marzo en The New York Times, el analista Michael Orkenses comparó esa actitud con el comportamiento del presidente John F. Kennedy cuando, en abril de 1961, el descubrimiento de misiles soviéticos en Cuba desató una de las peores crisis en la política exterior de Estados Unidos. En aquella ocasión Kennedy se enfrentó a sus compatriotas y reconoció, en estos términos, que había tomado decisiones equivocadas: “Hay un viejo dicho que dice que la victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana… Soy el funcionario responsable del gobierno”.

   Los ciudadanos agradecieron la franqueza de su presidente. Por lo general, apunta el analista, la gente reconoce cuando los gobernantes admiten que se han equivocado. David Gergen, un antiguo asistente del también ex presidente Ronald Reagan, comenta en la misma nota que un gobernante que se comporta de manera responsable (es decir, cuando responde por sus actos) suele encontrar resultados favorables.

   Ahora, sin embargo, muchos políticos se resisten a reconocer que se equivocan porque consideran que les darían armas a sus contrincantes. Además la puntillosa atención de los medios, que de acuerdo con su naturaleza escandalosa le confieren mayor atención a los deslices que a los éxitos, puede multiplicar las consecuencias de un reconocimiento honesto.

   “La razón por la que ese comportamiento se ha vuelto tan poco frecuente –añade Gergen– se debe a la manera en que se desarrolla el juego de las culpas. Puede ser tan terrible que cuando se admite que se ha cometido un error, en cualquier momento puede ser explotado por el bando contrario”.

   De la misma manera que la administración Bush se esfuerza para cubrir cualquier flanco débil y se niega a admitir que pudo haber evitado la tragedia del 11-S, en muchas otras circunstancias políticas y nacionales asistimos a una progresiva pérdida del sentido de la responsabilidad.

   En México se ha vuelto habitual que, en vez de reconocer errores, numerosos personajes públicos ocultan evidencias, falsean declaraciones o de plano mienten con abierta desvergüenza. Las respuestas de varios de los funcionarios sobornados por el negociante Ahumada son tan ingeniosas como impúdicas. El país entero los ha visto llenar sus portafolios o las bolsas del supermercado con dólares mal habidos pero insisten en que se les tendió una trampa.

   El gobierno federal no se salva de la triste cultura de la irresponsabilidad. Aquel “¿Yo? ¿Por qué?” con que el presidente Fox quiso desentenderse del atraco que habían cometido sus amigos de TV Azteca contra el Canal 40 quedará como una de las frases emblemáticas del sexenio.

   El hecho de que entre nuestros vecinos cunda la cultura de la irresponsabilidad no debiera conducirnos a restarle importancia a la desenfadada manera como se practica también en México. Los estadounidenses están retrocediendo respecto de la práctica, afianzada en instituciones sólidas, que durante mucho tiempo ha obligado a sus gobernantes a responder por sus decisiones. Nosotros apenas estamos construyendo esa costumbre de la rendición de cuentas pero, frente a ella, se levanta una cada vez más extendida incultura del cinismo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Un comentario en “Responsabilidad, valor extraviado

  1. mira amigo mi nombre es nitram ponelo al revez si queres ahora escuchame sabes porque no tenes comentrios porque nose que es lo que publicaste yo solo quiero saber una: (comparacion de los manejos del poder de la sociedad egipcia y la actual asi que anda a acer eso trmendo pajero de 4º.

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